¿Tiene sentido prohibir un género musical bajo el argumento de que nos lleva a la violencia?
En su ya clásico tratado Sobre la libertad (1859), el filósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873) sentenció: “La única finalidad por la cual el poder se ejerce, con pleno derecho, sobre un miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser obligado a realizar o no determinados actos, porque eso fuera mejor para él, porque le haría feliz o porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o justo. […] En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano”. Y a esto se le llama “libertad”; la libertad que, en todo tiempo y lugar, sobrevive amenazada por la prohibición.
“Prohibir”, “vedar” y “vetar” son verbos sinónimos. En el tomo quinto (1737) del Diccionario de Autoridades se recoge “prohibir” con la siguiente definición: “Vedar y impedir el uso o execución de alguna cosa”. Salvo por la grafía hoy anacrónica, la definición se mantiene prácticamente igual, casi tres siglos después, en el Diccionario de la lengua, de la Real Academia Española (DRAE). Proviene del latín prohibere y vetare. Es término legal y verbo coercitivo, pues la prohibición se opone (llegando hasta a la anulación) a la libertad, siendo ésta, a decir de Moliner (Diccionario de uso del español), la facultad de la persona “para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable”.
Permanentemente, la libertad es combatida y puede conducir a la muerte. Sócrates murió envenenado por la “justicia” ateniense, pues no quiso retractarse de la verdad. Ejerció (con la peor consecuencia) su “libertad de ser él”, y después han muerto muchos más… a causa de ejercer también su libertad individual. Por ello, la libertad, anulada por la prohibición, llevó a decir a Benjamin Franklin esta gran verdad: “Los que cambian su libertad por su seguridad no merecen ni libertad ni seguridad”. Sócrates se negó a cambiarla, aunque le ofrecieron más de una oportunidad para retractarse. Montaigne es terminante: “La verdadera libertad consiste en el pleno dominio de uno mismo”.
Para John Stuart Mill, el individuo es tan dueño de sí mismo que, si lo quiere, puede dañarse o matarse, a condición de no imponerles a otros sus gustos y su finalidad. Ésta es la libertad, sólo sujeta a las leyes del contrato social. Pero, cuando el Estado se excede en coartar la libertad del individuo, esto sólo conduce a la opresión y al despotismo. Tal como lo expresó Herbert Spencer, el Estado autoritario busca someter al individuo. A decir de Mill, queda claro que “todos los esfuerzos del Estado para influir en las conclusiones de sus ciudadanos sobre cuestiones discutibles son un mal”.
Cuestión discutible es, por ejemplo, que los corridos y narcocorridos contribuyan a la ruptura del tejido social o a prohijar personas violentas. Sin embargo, para la todavía alcaldesa de la ciudad de Tijuana, Montserrat Caballero Ramírez, esto no es discutible, simplemente porque no acepta que alguien se lo discuta. Cuando prohibió la interpretación púbica de los narcocorridos en la ciudad que preside, echó por delante sus convicciones, sus tabúes, sus prejuicios y, por supuesto, sus dogmas. Impuso sus creencias, no aportó evidencias. Creer no es saber, y la creencia no es ciencia.
Para el poder, la salida siempre es la misma: ¡ante la incapacidad, la prohibición! o, en palabras de Franklin, cancelar la libertad bajo el pretexto de la seguridad. Un ejemplo reciente es el asesinato del cantante y compositor Jesús Nolberto Cárdenas Velázquez, mejor conocido como “Chuy Montana”. Jovencísimo. Tenía 19 años y fue asesinado en febrero de este año en la carretera Playas de Rosarito-Tijuana. Y, tan pronto como se dio a conocer el caso, la alcaldesa salió a decir lo siguiente ante los medios (palabras textuales): “Pues yo sigo insistiendo: ese tipo de música [los narcocorridos, los corridos tumbados] genera mucha violencia. Probablemente, el muchacho no tiene nada que ver en ello, pero las letras incitan a la violencia”. De esta declaración tan irresponsable, que revela una enorme ignorancia, destaco los verbos “generar” e “incitar”, aplicados al sustantivo “violencia”.
El verbo transitivo “generar” significa, de acuerdo con el DRAE, “producir, causar algo”; en tanto que el verbo transitivo “incitar” significa (también en el DRAE), “inducir con fuerza a alguien a una acción”. Según la alcaldesa de Tijuana, al morro “Chuy Montana” lo asesinaron porque la música y las letras de los narcocorridos producen mucha violencia e inducen con fuerza a ella. Negó (desde el poder) que este género musical formase parte de la tradición cultural de México y, por ello, prohibió la interpretación pública de los narcocorridos en Tijuana (en bares, antros, plazas), a pesar de que éstos son escuchados, sobre todo, en la radio y en internet, hasta por menores de edad que posean un teléfono celular. De este modo, impuso sus prejuicios sobre los gustos soberanos de las personas adultas.
Ciencia versus creencia
Si aplicáramos la “lógica” de la alcaldesa de Tijuana, deberían prohibirse las películas de Quentin Tarantino, las series Los Borgia, Los Soprano, Breaking Bad y todas las producciones televisivas y cinematográficas sobre la Iglesia y sus luchas de poder, la mafia y el narcotráfico. Y, ya de paso, hasta las caricaturas del Coyote y el Correcaminos, pues en esta serie estadounidense de dibujos animados toda la narrativa se centra en la violencia. Pero queda claro que en la “lógica” de la alcaldesa de Tijuana no hay ciencia, sino creencia, a pesar de que en la página oficial de la municipalidad se destaque, dentro de su formación académica, su licenciatura en Derecho, y, como parte de su experiencia laboral, su trabajo en las áreas de criminalística, servicios periciales, grafoscopía y estudios sobre casos latentes de suicidios. (Hay que añadir, ahora, su tarea de guardia personal del ascensor municipal VIP.)
Cuando, en relación con el asesinato del cantante y compositor “Chuy Montana”, dijo (vuelvo a citar) que “ese tipo de música genera mucha violencia” y que “las letras [de los narcocorridos] incitan a la violencia”, lo que hizo fue revictimizar al cantante, pues de sus palabras se infiere que “Chuy Montana” fue asesinado por el efecto de las propias letras de sus canciones que inducen a la violencia. Siendo así, otra vez por inferencia, el muchacho se lo buscó (aunque “probablemente, no tiene nada que ver en ello”) por estar, en ese medio musical, interpretando canciones que generan mucha violencia.
Pero, muy pronto, “pagó su boca”, como dicen en mi pueblo, pues de acuerdo con las indagatorias, la versión oficial de la fiscalía general del estado de Baja California concluyó que el muchacho fue asesinado (al igual que su amigo, conductor de un taxi por aplicación) por un sujeto (ya detenido) que enfureció porque el cantautor interpretó “melodías románticas” o “canciones de amor”… en lugar de narcocorridos. Sostiene también la versión oficial que los agresores y el asesino le exigieron a “Chuy Montana” que cambiara el repertorio, pero que él no hizo caso. Entonces, lo golpearon, lo torturaron, lo esposaron, lo subieron a un auto y se lo llevaron a la carretera donde lo mataron.
Dicho de otro modo, el autor e intérprete de “Porte de Scarface”, “¡Qué bendición!”, “Ramos buchones” y “Polvos de Chanel” no fue asesinado por cantar narcocorridos, ¡sino por interpretar canciones de amor! De lo cual se deduce (de acuerdo con la “lógica” de la alcaldesa de Tijuana) que ¡las canciones de amor generan mucha violencia! El mayor estudioso del género de los narcocorridos, el doctor Juan Carlos Ramírez-Pimienta, sintetiza este caso en seis palabras: “Lo mataron por NO cantar corridos”. Así fue.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
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