En el mundo digital persiste la búsqueda de exposición; se realiza cualquier cosa susceptible de ser viral
Más allá del evidente fanatismo efímero por la seducción del chisme, del espectáculo y del entretenimiento ramplón, las redes sociales han convertido al sujeto en un ente cautivo del conocimiento superficial y la sobreexposición reiterativa, sostiene el doctor Edgar Miguel Juárez Salazar, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
En el artículo Las pasiones mundanas en las redes sociales. Entre la imagen, el odio y lo efímero. Parte III y última, explica que éstas han conseguido, en lo general, la benévola posibilidad de expresar lo que moralmente se considera adecuado o correcto, pues hay poca reflexión autocrítica.
Para el académico del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa, “en el mundillo digital persiste la búsqueda de exposición y admiración capturada por la grandilocuencia de unos cuantos minutos de fama realizando cualquier cosa susceptible de ser viral”.
De nuevo “chismes, habladurías o certezas gozan del placer de quien observa al otro exhibido, pero poco importa si es certero o equívoco el juicio sobre el tercero, lo relevante es lo efímero de la exhibición”.
En el “nauseabundo habitáculo de las redes sociales, el imperio de la regularidad apresurada de los criterios estéticos y de la sumatoria de imágenes e ideas consecuentes con la normalidad queda amasado en el vicio frívolo de husmear de manera rauda”.
Por tanto, no es ninguna casualidad que aplicaciones como TikTok o los reels de Instagram lleven la batuta de la velocidad expositiva. “Aquí la exacción de la velocidad, en un sistema que acelera todas las vivencias, provoca que lo efímero sea la punta de lanza de la ostentación kitsch en primera persona”.
Por otro lado, “los mensajes transmitidos con imagen y con su particular prontitud y evanescencia incitan a la tensión comercial de la elección apresurada de consumo y aceptación del envío, donde el internauta debe optar entre comprar o desechar”.
En definitiva, considera que “estamos tan fascinados por la supuesta libertad de decisión que la vida, con su condición momentánea”, está agotada entre los dispositivos; en consecuencia, “la vida real no puede prescindir de la digital, pues ya estamos inmersos en la premura”.
Sin embargo, “la dependencia y soporte de los dispositivos cambian nuestra capacidad reflexiva y crítica para afianzarla en forma certera en medio de las determinantes funcionales y consumistas del sistema económico de las redes sociales”.
Aquellas que utilizan la sobreexposición de la imagen –llenas de tanta repetición de contenidos que todo resulta seductoramente vulgar y transitorio– “nos llevan a preguntar si resulta atractivo que un gran número de personas suba una fotografía de la comida que consume o del lugar que visita y lo efímero de ello”, puntualiza el egresado del Doctorado en Psicología Social de la Unidad Iztapalapa.
Ana María Lozada Xochicale







