Podcast CAMPUS
Al aire

La película que quiso ser: Sonora, de Alejandro Springall

Con varios elementos para constituir un buen filme, nos demuestra de nuevo que las buenas intenciones en el arte no suelen ser suficientes

Presentada en el Festival de Cine de Morelia, el drama Western Sonora (México, 2018), el cuarto largometraje del realizador Alejandro Springall, pintaba para mucho más, pues la premisa y el arranque resultan sumamente atractivos. A partir de la no menos reciente novela La ruta de los caídos, del también guionista sonorense Guillermo Munro, del 2012, desempolva con criterio y buen juicio un vergonzoso hecho de nuestra historia contemporánea: los brutales asedio y expulsion ––en la década de los treinta–– de los inmigrantes chinos en el estado de Sonora. He ahí quizá su mayor atributo, que desencadena una siempre saludable reflexión en torno a una compleja problemática de la que todavía adolecemos y nos deja mal parados como sociedad: el racismo y la xenofobia.

En medio de un engañoso movimiento chovinista desatado sobre todo en el norte de nuestro país tras la compleja depresión estadounidense de l929, como espejo de la segregación que igual se violentó allá para con los mexicanos y otros grupos de inmigrantes minoritarios, Sonora centra su atención en este extremo hecho ignominioso que igual coincidió en el tiempo con el arribo al poder del Nacional Socialismo en Alemania. Haciendo hincapié en que ningun acontecimiento sucede solo y al azar ––el personaje prejuicioso y represor trae en sus  manos nada más y nada menos que el retorcido manifiesto Mi lucha, de Adolfo Hitler––, la película empieza a perder el rumbo conforme se ocupa de muchos otros temas colaterales (desestabilidad postrevolucionaria, resonancias extremas de la Guerra Cristera todavía reciente, xenofobia, marginación, multiculturalidad, etcétera) e involucra un exceso de subtramas y personajes que me parece terminan distrayendo del que parecía era su principal foco de atención.

 También una visualmente impactante road movie, que sabemos implicó una auténtica odisea por su complicado rodaje en circunstancias climáticas y topográficas extremas para todo su equipo de filmación, Springall consigue ––por su belleza visual–– un auténtico documental de National Geographic en el desierto sonorense, con impecables fotografía de Serguei Saldívar, dirección de arte de Carlos Lagunas y montaje de Valentina Leduc. Pero al paralelo corre un discurso narrativo complicado y hasta por momentos ingenuo, sobrecargado, errático y dislocado, escrito por el propio realizador y el norteamericano John Sayles, porque estas historias particulares son más bien débiles y los igualmente leves estereotipos no acaban por agarrar sustancia y se van desdibujando en el trayecto.

Esta nómina en su mayoría de probados actores tiene que nadar contra corriente, teniendo que dar cuerpo y alma a personajes tan inconsistentes como toda la estructura dramática. Uno de ellos es, por ejemplo, a quien da vida el extraordinario y siempre confiable Joaquín Cosío, entre nativo místico, ex alcohólico remiso, sabio marginado; o el propio entre agitador o supremacista racial que encarna el no menos formidable o experimentado Juan Manuel Bernal con mejor fortuna; o la trágica abuela desterrada que interpreta la primera actriz Dolores Heredia; o incluso la accidentada pareja de transportistas que proponen con talento y no menor voluntad Giovanna Zacarías ––protagonista que sabemos contribuyó a impulsar el proyecto–– y Flavio Medina. Se nota que por ellos no ha quedado, arriesgando incluso su integridad en circunstancias tan adversas, pero dicha fragilidad es otra prueba fehaciente de que el libro cinematográfico nació endeble y no terminó por desarrollarse, como un pequeño con problemas de crecimiento. En sentido estricto, ninguno acaba por elevarse y tomar vuelo propio. 

Experiencia extraña, porque sería injusto hablar en este caso propiamente de un fracaso absoluto, me quedo más bien con un mal sabor de boca, porque tan grande esfuerzo ––incluso en lo económico–– merecía mucho mejores resultados. Y tengo esta sensación porque Sonora es, como dije, una de esas películas honestas y bien intencionadas que pintan para más, pero se quedan en el intento. Es indudable que Springall muestra oficio, buen gusto y ojo clínico, pero la cinta se pierde y va diluyendo conforme se empieza a ocupar superficialmente de todo y no ahonda en nada, con la inclusión de muchos personajes y subtramas innecesarios que acaban por distraernos a todos ––incluido el propio realizador, por supuesto–– del que parecía era el foco central de atención.

Sin embargo, repito, hay que reconocerle tanto al guionista como al director poner el acento de fondo en un asunto que siempre ha parecido tabú en México, porque aquí tampoco cantamos mal las rancheras con respecto a vergonzosas prácticas xenófobas y segregacionistas, a toda clase de prejuicios que surgen y se acrecientan con la ignorancia. Esa intención permea por fortuna a lo largo de todo el filme, incluso durante la sufrida ruta hacia Mexicali donde todos coinciden y se detona el raudal de conflictos personales en cadena, promoviendo una constructiva reflexión que parte precisamente de ese vergonzoso y pareciera hasta vedado hecho contra grupos de inmigrantes chinos en el mismo estado norteño de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles donde la Guerra Cristera había tenido su epicentro, si bien sus peores efectos harían mella en otras entidades más del centro como Jalisco, San Luis Potosí, Michoacán y Guanajuato.

Este Sonora, de Alejandro Springall, vuelve a hacernos evidente que en materia artística ––como en otras manifestaciones de la vida humana–– las buenas intenciones no suelen ser suficientes, incluso cuando aquí hay además otros mencionados atributos que no alcanzan a salvar el todo. De haber contado con un mejor y más sólido documento atrás, en torno a este ríspido asunto que ha sido tabú, estoy convencido de que este arriesgado cineasta y su profesional equipo tanto artístico como técnico hubieran obtenido mucho mejores resultados, si bien tampoco el “hubiera” resulta ser propiamente una garantía en la vida. ¡Y como una golondrina no hace verano, ni modo, será para la próxima!

Acerca del autor

logo suplemento campus
Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

Deja un comentario


newsletter
campus

Recibe directamente en tu correo electrónico la edición semanal de Campus con los artículos de opinión más destacados sobre el sector educativo y los temas de coyuntura nacional e internacional.

Bienvenido

Contenido exclusivo para suscriptores

CAMPUS

Ingresa a tu cuenta

Regístrate a Campus

Contenido exclusivo suscriptores

Modalidad en línea

  • Examen de Habilidades y Conocimientos Básicos

ESTAMOS PARA SERVIRTE

Mándanos un mensaje para atender cualquier apoyo que necesites sobre el sitio Campus, el suplemento semanal, nuestros productos y servicios.

25 años de experiencia realizando evaluaciones computarizadas

Nuevo examen de inglés: Excoba/I
Nivel B1

Basado en el Marco Común Europeo de Referencia de las lenguas

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on pinterest
A %d blogueros les gusta esto: