Desde los grandes experimentos del CERN hasta las aulas universitarias, Cristina Oropeza Barrera, física de partículas y Coordinadora Institucional de Investigación de la Universidad Iberoamericana, sostiene que la clave para que más niñas y jóvenes lleguen a las áreas STEM no es convencerlas, sino normalizar su presencia a través de la experiencia, el acompañamientoy la visibilidad.
En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se conmemora cada 11 de febrero, la física de partículas subraya que ver a mujeres haciendo ciencia de forma cotidiana transforma los imaginarios y rompe estereotipos sin necesidad de discursos explícitos.
“No se trata solo de decir ‘sí se puede’, sino de verlo: mujeres liderando proyectos, dando clases, encabezando colaboraciones internacionales”, señala.
En su trayectoria, ha encontrado referentes tanto históricos como contemporáneos: desde Marie Curie, única mujer retratada en la emblemática Conferencia Solvay, y la astrónoma Jocelyn Bell Burnell, hasta científicas cercanas a su propio campo, como Fabiola Gianotti, exdirectora general del CERN, y colegas con liderazgo visible dentro de las colaboraciones internacionales.
En este contexto, Oropeza destaca el papel de nuestra universidad como un ecosistema de investigación vivo.
La IBERO es la única institución privada en México que participa formalmente en grandes experimentos del CERN, lo que abre oportunidades únicas para su comunidad estudiantil.
Desde licenciatura, las y los estudiantes pueden integrarse a proyectos reales de investigación, estancias académicas, colaboraciones internacionales y mentorías cercanas. “Eso en la IBERO se da de manera muy orgánica”, afirma.
Actualmente, la académica participa en el experimento Compact Muon Solenoid (CMS) del Gran Colisionador de Hadrones, donde también funge como team leader de la universidad.
Desde su propia trayectoria, Oropeza destaca que las vocaciones científicas no nacen de mensajes abstractos, sino de experiencias reales. Participar en proyectos, convivir con personas investigadoras y “meter las manos” en la ciencia permite a las y los estudiantes decidir con conocimiento de causa si ese camino es para ellas y ellos.
“Cuando la ciencia se vive, deja de ser una idea lejana o idealizada y se convierte en una posibilidad concreta”, explica. Este enfoque, apunta, es especialmente relevante para niñas y jóvenes que aún no se imaginan a sí mismas en entornos científicos.
Divulgación científica, una responsabilidad
Cristina Oropeza cuenta que ver Cosmos, la serie documental de divulgación científica de Carl Sagan, cuando era niña fue clave para despertar su curiosidad científica, y subraya el papel fundamental del acompañamiento de su papá, quien nunca desalentó ese interés y la apoyó para seguir preguntando, aprendiendo y explorando.
Para la investigadora, la divulgación científica no es un complemento, sino una responsabilidad social. Compartir lo que se investiga fortalece la cultura científica, forma ciudadanía crítica y abre horizontes para nuevas generaciones. En ese proceso, la presencia de mujeres científicas tiene un peso simbólico y práctico fundamental.
“La mera presencia de mujeres en estos espacios ya comunica un mensaje poderoso”, sostiene. “Verlas enseñar, investigar y liderar crea referentes cercanos que normalizan su lugar en la ciencia”.