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¿La cultura como vacuna contra el mal?

Sin una conciencia ética, actividades como leer, pintar o tocar música no crean automáticamente buenas personas

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Además de dejar un gran legado musical, Phil Spector asesinó a una actriz.

La retórica voluntarista de la promoción y el fomento de la lectura y, más ampliamente, de la cultura y el arte, se ha tornado en exceso previsible. Personas inteligentes e informadas llegan a afirmar que si alguien, desde temprana edad, lee ciertos libros (preferentemente los que ha escrito o leído quien hace la afirmación) queda automáticamente vacunado contra la comisión de crímenes y asesinatos. Este facilismo optimista, de retórica sentimental, evita el análisis serio y, en el mejor de los casos, desemboca en creencias bienintencionadas. Romantizar los poderes de la cultura, el arte y la literatura lleva, casi invariablemente, a la frustración.

Es tanto como afirmar que los que pasan por las aulas universitarias quedan inmunizados contra el virus de la corrupción. Sabemos que esto no es cierto, pues en la política, en la administración pública y en la empresa privada (en todo el mundo y no nada más en los países pobres), la mayor parte de los llamados delincuentes de cuello blanco es profesionista: pasó por la universidad y, en algunos casos, con notas meritorias y menciones honoríficas. Kenneth Lay y Jeffrey Skilling, artífices del sonado fraude de la empresa Enron, en 2001, eran egresados de la Universidad de Houston, el primero, y de la Universidad de Harvard, el segundo. En el caso particular de México, muchos gobernantes, diputados y altos funcionarios públicos de los que se presume o se tienen evidencias de enriquecimiento ilícito, y nexos con la delincuencia organizada, pasaron también por la educación superior.

Las generalizaciones suelen llevar a conclusiones inexactas. Es necesario situar las cosas en su justa dimensión, pero sobre todo valorarlas dentro de la realidad y lejos de la mentira política que hoy parece contaminarlo todo. En alguna ocasión un funcionario en México afirmó que “el niño que toca un instrumento musical nunca toma un arma”. La frase no es nueva. La dijo en Colombia Álvaro Uribe (con efectismo político) cuando fue presidente de esa nación. Afirmó: “Un niño que empuña un instrumento [musical] es un niño que jamás empuñará un arma”. Pero el mismo gobierno de Uribe, contradictoriamente, desapareció en 2002 la Orquesta Sinfónica de Colombia y la Banda Nacional de ese país con el argumento de carencias económicas en la administración pública, lo cual demuestra que, para los políticos, lo importante es el discurso, no las acciones, y que suelen echar mano del tema de la cultura justamente cuando las cosas políticas se les complican. El tema de la cultura tiene tanta nobleza que no puede sino concitar simpatías y aglutinar elogios.

Es deseable que la formación de orquestas consiga alejar, de las garras del crimen organizado, a los niños y a los jóvenes siempre en riesgo de ser reclutados por los capos; aunque se pasa por alto la realidad: la forma de reclutar del crimen organizado no es opcional, es violenta, y ante ello es inútil un violín o una flauta. Es loable también desear que un niño que empuña un instrumento musical sea incapaz de empuñar un arma, pero la simplificación del discurso político hace que las cosas serias se banalicen. Un violín no blinda, por sí mismo, a nadie respecto del mal, y ni siquiera el virtuosismo que se alcance con dicho instrumento resulta un blindaje infalible que proteja a alguien de cometer barbaridades. Ni siquiera es suficiente la inteligencia ni bastan los libros. Hace falta algo más: la conciencia ética y el apoyo de la fuerza legítima del Estado contra los delincuentes organizados.

En su Invitación a la filosofía, André Comte-Sponville dice lo pertinente: “¡Cuánta inteligencia hay en las ciencias, en la economía, en la filosofía! Y cuanta estupidez suele haber en la vida de los científicos, de los hombres de negocios, de los filósofos… La inteligencia sólo se aproxima a la sabiduría en la medida en que transforma nuestra existencia, la ilumina, la guía. No se trata de inventar sistemas filosóficos. No basta con saber manejar conceptos; estos son solamente medios. El fin, el único fin, es pensar y vivir un poco mejor, o no tan mal”.

Es necesario que en la cultura pongamos menos retórica y más verdad. La hipérbole sólo abona algo al discurso cuando se trata de creación artística y poética, pero no cuando se trata de política (así sea cultural): en política la hipérbole está más cerca de la mentira que de los tropos y las figuras de dicción. ¿De veras un niño que abraza un libro (como dijo un escritor y funcionario de muy mencionado apellido) o un instrumento musical queda impedido con ello de empuñar un arma? La historia tiene mucho que decirnos al respecto.

Hitler y su ministro de propaganda Joseph Goebbels (el mismo que dijo “cuando oigo la palabra cultura, me llevo la mano a la pistola”) fueron melómanos. Ambos tocaban el piano, y especialmente el Führer se extasiaba cuando interpretaba a Wagner. Reinhard Heydrich, la “Bestia Rubia”, el jefe de la Gestapo, fue hijo de un compositor y cantante de ópera, tuvo una esmerada educación musical y tocaba excelentemente el violín, según se sabe. Heinrich Himmler, a quien Hitler encargó la matanza metódica de seres humanos en los campos de concentración, estudió filosofía y filología, fue un excelente alumno y también gustaba de la música culta. Y Stalin tenía especial debilidad por la ópera.

¿Música de ángeles?
Si nos remitimos a la música popular o comercial, al rock especialmente, pero también al jazz y al blues, nos encontraremos con varios músicos que no sólo han empuñado un arma, sino que la han disparado contra otras personas o bien han instigado el asesinato como en el famoso caso de Charles Manson. Unos pocos ejemplos nada más: el metalero noruego Varg Vikernes, creador de la banda Burzum, cumplió una condena por matar a puñaladas al guitarrista de otra banda musical y en 2013 fue detenido en Francia por estar vinculado al movimiento neonazi. Y, en Estados Unidos, el guitarrista y cantante Pat Hare, el compositor Phil Spector, el también compositor Jim Gordon (coautor con Eric Clapton de “Layla”) y el trombonista y cantante de jazz Frank Rosolino mataron el primero a su novia, el segundo a una actriz, el tercero a su madre y el último a su hijo. Y ello a despecho de que su música pueda resultarnos sublime.

¿Por qué insistir en esto? Porque hay que recordarles a las personas que, más allá de sus profesiones y sus dominios incluso estéticos, nada ni nadie los puede blindar contra el mal, sino la conciencia de una ética aparejada a la estética. Pensar que por el hecho de que las personas se dediquen a la cultura y al arte ya con ello han salvado su alma es estar muy equivocados. Decirles a las personas que la educación, la cultura, el arte, la lectura, la música, la pintura, etcétera, las salvarán invariablemente de empuñar un arma es pura retórica, no una verdad cultural, y menos aún una certidumbre inteligente. Nada nos salva del mal, sino la ética y el comportamiento racional y el control de las emociones, más allá de nuestra alta educación o nuestra profesión cultural y artística. Propagar lo contrario es por lo común un autoengaño de quienes están seguros de que “el infierno son los otros”.

Octavio Paz lo supo ver muy bien cuando escribió que las pasiones generosas no siempre están alejadas del fanatismo criminal, que no otra cosa han sido las ideologías totalitarias. Por ejemplo, advirtió que la llamada “educación socialista lesionó el sistema educativo” porque inhibió la libertad de creación y pensamiento, de crítica y cuestionamiento y, además, “prohijado por el gobierno, prosperó un arte burocrático, ramplón y demagógico”.

Dejemos, por favor, de romantizar la cultura, las artes y la lectura como un seguro blindaje contra el mal. En estos ámbitos hasta la mala educación y el egoísmo son vilezas menores, practicadas por personas que, evidentemente, se sienten superiores a los “malos”.

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones | Web |  + posts

Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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