¿Podría mejorarse la ansiada pero todavía distante integración del Sistema de Educación Superior para beneficiar a alumnos en riesgo académico?
Me instalé en México hace casi siete sexenios. Mis recuerdos se vuelven borrosos conforme se alejan del presente inmediato. Sin embargo, creo acordarme de que, a lo largo del periodo, los políticos y los investigadores señalaron constantemente la importancia de reconfigurar el sistema educativo. La idea cobró mayor relieve cuando sucesivas reformas ampliaron la escolaridad obligatoria. En paralelo, los académicos, afiliados como investigadores o docentes al Sistema de
Educación Superior (SES), deploraban discretamente y, luego, abiertamente que los estudiantes carecían de habilidades suficientes en expresión oral o escrita y en competencias matemáticas para desempeñarse adecuadamente en el nivel.
De allí surgió la oferta de cursos propedéuticos, de diferente naturaleza, que proponen actualmente las Instituciones de Educación Superior (IES). Esos se extienden desde unos días hasta un semestre completo. Han sido diseñados por académicos o comprados a proveedores comerciales especializados para remediar las carencias detectadas entre los aspirantes al primer ingreso, al momento de revisar sus calificaciones.
Las notas obtenidas por los alumnos mexicanos de diferentes edades en los exámenes estandarizados de conocimientos y en las pruebas de opción múltiple, diseñadas por el Centro Nacional de Evaluación (Ceneval) para filtrar el acceso al SES corroboran la validez de las denuncias. La decisión de que estudiantes académicamente en riesgo se tomen un tiempo adicional para aprender conocimientos o habilidades imprescindibles y sortear el riesgo del fracaso escolar no es inocua. Tiene lados positivos y otros que no lo son tanto. Permite aumentar las tasas de egreso o titulación y disminuir las de suspensión de estudios en programas con fama de difíciles. A la par, reduce las horas consagradas a los aprendizajes disciplinarios o alarga las mallas curriculares, de por sí excesivamente dilatadas si se comparan con las de otros países.
Pese a esos esfuerzos puntuales, la desintegración de los distintos ciclos del SES perdura y tensiona las relaciones entre la educación superior, la media superior e, incluso, los niveles anteriores. Obstaculiza que cada uno alcance los objetivos asignados para suministrar a todos una enseñanza de calidad.
Avanzar en la resolución de la situación supondría intervenciones variables por parte de los establecimientos involucrados. Hasta ahora, las principales contribuciones del SES al resto del sistema han consistido en incorporar las escuelas normales al nivel y a autorizar la apertura de más y más programas de licenciatura y posgrado en ciencias de la educación, con elevada matrícula y mediana o reducida calidad. No han sido suficientes. ¿Qué supondría entonces mejorar la ansiada pero todavía distante integración orgánica del sistema?
Supondría primero una definición común de los aprendizajes, definidos como centrales, en todas las áreas y un diagnóstico de las condiciones en las que las escuelas los proveen a los estudiantes. Leer y escribir no significa solo deletrear o confeccionar un texto, “a según” Dios nos da a entender. Implica conocer y aplicar las reglas de la gramática y de la retórica, entender lo que es argumentar y desarrollar lógicamente una línea analítica sobre las temáticas indagadas. Las matemáticas no se reducen a la recitación de las tablas de multiplicar o a ejercicios de sumas y restas. En ambos casos, avanzar en su aprendizaje supone acumular conocimientos a lo largo del recorrido escolar. Pero es difícil adquirirlos en ausencia de un piso básico, al igual que, para construir un edificio, se debe colar primero las fundaciones, no los techos. En esa perspectiva, lo que se aprende en la educación básica determina lo que será factible aprender en la superior.
Segundo, se debe discutir con los maestros, en todos los niveles, para examinar cómo definen los aprendizajes significativos en lecto-escritura y en matemáticas. Aunque utilizan las mismas designaciones, atribuyen sentidos diferentes a los conceptos. Las diferencias en los referenciales dificultan planear pautas cognitivas evolutivas.
Tercero, se requiere garantizar la pertinencia de las didácticas especializadas en otras materias (por ejemplo, historia), así como documentar prácticas de interés mutuo y controlar resultados. La actualización de capacidades y saberes de los docentes no sólo es una inversión a futuro a escala individual. Es un recurso imprescindible para mejorar los procedimientos de atención a los niños y adolescentes inscritos en el sistema escolar.
Por último, articular el SES implicaría que las IES sean solidarias con los establecimientos de los niveles anteriores para compartir sus políticas, en dimensiones en donde todos acumularon conocimientos y capacidades, por ejemplo, sobre la atención a poblaciones vulnerables o la internacionalización. Sólo volteando la mirada hacia los otros, se avanzará en la consecución de ese viejo anhelo de integrar el sistema escolar y articularlo con el universitario, para enseñar, racional y progresivamente, competencias más y más complejas.

Sylvie Didou Aupetit
- Sylvie Didou Aupetit
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