García Téllez: ideólogo de la autonomía/ I
Volvamos a 1929, en aquellos días de la huelga de la Universidad Nacional y la idea del Presidente Portes Gil, expresada en sus memorias: “conceder la autonomía no era el problema”. La idea, tal como la describe Luis Medina (el autor del libro), se refería a lo siguiente: el problema consistía en” ¿a quién poner al frente de la institución en situación tan complicada? ¿qué persona gozaba del prestigio, conocimiento y sobre todo frialdad política suficientes para tripular la decisión y sacar adelante a la Universidad sin una confrontación con el Estado”?
Se vivían ya los tiempos del Maximato y del Partido Nacional Revolucionario, y el Presidente de la República estaba ya en su séptimo mes de mandato, faltando seis para la próxima elección presidencial. La decisión sobre la Rectoría recayó en Ignacio García Téllez; no obstante su juventud (32 años), gozaba, precisamente, de prestigio, reconocimiento y la neutralidad política que le permitiría el diálogo directo con los jóvenes huelguistas, aquellos que pronto fueron conocidos, por su lucidez, como la Generación del 29 (entre ellos Adolfo López Mateos).
El rector que resuelve la huelga estrena la autonomía. Designado conforme a esta por el Consejo Universitario, cumple con su mandato de tres años, una semana después de la renuncia del Presidente Ortiz Rubio y la llegada de Abelardo Rodríguez. Durante la gestión rectoral, García Téllez está plenamente consciente, como lo destaca Medina, “que los primeros años de experiencia de la autonomía universitaria serían decisivos para el futuro de la institución, y que a esta solo se podría darle forma y encauzarla si contaba con la participación colectiva vía la representación”. De allí posiblemente, su concepción del papel que la Universidad debía jugar en la sociedad mexicana y frente al Estado.
Frente a la sociedad, sus estudiantes y egresados tienen deberes respecto a aquella y, sobre todo, “con el pueblo humilde… por su emancipación espiritual y su bienestar económico”. Por eso la insistencia, durante su mandato, en que el Consejo y las Academias de escuelas y facultades revisaran los planes de estudio (lo que antes hacía la SEP). Una divisa: no al enciclopedismo, sino “el conocimiento exacto de nuestro ambiente” y el “contacto frecuente” con los problemas que confrontan los trabajadores del país: del campesino al industrial, pasando por el obrero y el comerciante.
Respecto al Estado, la Universidad significa una oportunidad para que aquel tenga “un campo de experimentación… (que) le permita tomar el pulso de los tiempos sin peligro de ser sorprendido por retrocesos anacrónicos u órdenes impremeditadas”. Esa oración esotérica para los tiempos actuales significaba, según Medina, que la Universidad que adquiría el régimen de autonomía lo hacía en una coyuntura internacional compleja: un fascismo en ascenso en Europa y “los bolcheviques bien asentados en la URSS”. El Estado mexicano, incluyendo a la Universidad, debía “redefinir” el rumbo de la Revolución”. ¿Una tercera vía? Se pregunta Medina. Todo esto (diciembre de 1932) cuando Abelardo Rodríguez cumplía tres meses como presidente.
En 1932 la Universidad llegaba ya a una matrícula de nueve mil alumnos. Aparte del asunto de planes y programas de estudio, el rector atiende o apunta muchos otros, entre los que sobresalen los siguientes:
• El problema del subsidio. Con tres secretarios de Hacienda y cinco de la SEP durante su gestión, García Téllez tuvo que batallar por conseguir los recursos previstos en la Ley de Autonomía y todo esto, dice Medina, recibiendo menos dinero que cuando la Universidad pertenecía a la SEP, de tal modo que el rector tuvo que “cabildear” con todos ellos para conseguir recursos.
• El problema de instalaciones. “Construidas para llenar necesidades educativas de tiempos ya remotos” (San Ildefonso, Palacio de Minería, Mascarones), resultaban ya inapropiadas. De allí su llamado, en octubre de 1929, “para la inmediata erección de la Ciudad Universitaria”.
• UNAM e IPN. Desde los días de la Rectoría, García Téllez planteó lo necesario que resultaba que esa universidad del humanismo, la fundada por Justo Sierra, fuese también la de la ciencia y la técnica. Se requería una ampliación del horizonte profesional. Empero, cuando fue titular de la SEP, replanteó la necesidad de una institución de carácter técnico, aquella que venía de la época de Vasconcelos, cobijada por Juan de Dios Bátiz, y que en 1936 se convirtió en el Instituto Politécnico Nacional.
(El libro de Luis Medina Peña, Ignacio García Téllez, Ideólogo desconocido del Cardenismo, está disponible, en versión electrónica, en el Portal de la Cámara de Diputados).

Carlos Pallán
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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