La élite que controlaba al organismo busca conservar sus espacios de poder refugiándose en las juntas de gobierno de las universidades
La vieja guardia que controló el Conacyt por décadas no se ha rendido frente al cambio de régimen político y desarrolla una guerra de posiciones para conservar sus espacios de poder en las universidades.
Estos espacios los dotan de un poder específico, un poder burocrático, que resulta valioso en el mundo de la ciencia y de la educación. También los dotan de un conjuto de privilegios, tanto económicos como simbólicos, que les permiten seguir detentando posiciones de poder en el campo científico y de la educación superior.
Se trata de una élite acostumbrada a viajar en primera clase, a comer bien y disfrutar de buenos hoteles; a tener choferes y camionetas a su servicio; todo financiado por las instituciones. También están acostumbrados a disponer de los recursos institucionales para reforzar su prestigio académico, pues participan en conferencias magistrales, se les brindan servicios editoriales y se publican sus obras, se les ofrecen cátedras, se les abren programas y apoyan proyectos de investigación y divulgación académica en condiciones de privilegio.
Esta vieja guardia es profundamente neoliberal y sostiene una visión pro empresarial para el desarrollo de la ciencia. Desde la arrogancia de una buena cuna, promueven el capitalismo académico, sostienen una perspectiva meritocrática extrema, una posición de adoración acrítica de los núcleos de producción científica norteamericanos y europeos. Han sido los responsables de favorecer una visión productivista y utilitaria del conocimiento sin observar sus impactos sociales y ambientales.
En su estrategia de supervivencia, esta vieja guardia se está refugiando en las juntas de gobierno de las universidades, por lo menos es el caso de la UNAM y ahora de la Universidad Veracruzana. Aunque su participación es honorífica, tienen claros intereses personales y de grupo, pues garantizan que sus opiniones estén siendo centrales para determinar quiénes serán los rectores universitarios, lo que no sólo les permite garantizar la reproducción de sus grupos (como sucede en el caso de la UNAM), sino estar en condiciones de negociar con los rectores que designan para mantener sus condiciones de privilegio.
La participación de estos personajes en las juntas de gobierno de la UNAM y ahora de la UV se da gracias a la intervención política de las autoridades universitarias y al voto de los sectores más reaccionarios de los consejos universitarios. Sin embargo, en lugar de oxigenar la vida de las instituciones con opiniones constructivas, participan en las juntas de gobierno desde su propia agenda y de conformidad a los intereses políticos de sus grupos de referencia; y eso no es positivo para las universidades. En su guerra de posiciones contra el gobierno, esta vieja guardia, no contribuye al fortalecimiento de la autonomía universitaria; por el contario, contamina con su agenda la vida institucional, y coloca a las universidades en automático en una situación problemática y tensa en el campo político nacional.

Miguel Casillas
Es licenciado en Sociología por la FCPyS de la UNAM, Maestro en Ciencias por el DIE-CINVESTAV-IPN, y doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de Paris. Es socio del Consejo Mexicano de Investigación Educativa A.C., se interesa por temas como la educación superior, historia institucional, políticas educativas y agentes educativos y profesores, estudiantes y TIC.
Es investigador en la Universidad Veracruzana y Coordinador del Doctorado en Innovación en Educación Superior del Centro de Investigación e Innovación en Educación Superior de la Universidad Veracruzana (CIIES-UV) del 10 de febrero del 2020 a la fecha.
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