Lucía Picarella abordó el tema en el Seminario internacional Populismo y democracia en América y Europa
El populismo es un fenómeno caracterizado por contornos indefinidos cuyo significado se utiliza en general con una connotación negativa para deslegitimar posiciones políticas, y que es aprovechado por el discurso de los medios de comunicación o durante las campañas electorales para descalificar al adversario, señaló la doctora Lucía Picarella.
Durante el Seminario internacional Populismo y democracia en América y Europa, organizado por la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), sostuvo que el concepto es complejo, porque no existe una definición formal, sino una heterogeneidad de nociones que se conectan con los contextos propios de cada lugar o región. Por tanto, es un término polisémico, ambivalente; según algunos teóricos, se trata de una ideología desestructurada, mientras que otros lo consideran un síndrome más que una doctrina.
No obstante, en los últimos decenios los esfuerzos académicos han orientado sus estudios en identificar los diferentes matices de este fenómeno con el objetivo de abordarlo a través de un análisis crítico y sistematizar sus distintas visiones para permitir una comprensión más allá de los enfoques instrumentales que proporcionen las bases para indagaciones empíricas más sólidas, dijo la profesora de la Universidad Católica de Colombia.
Si se toman en cuenta las intersecciones teóricas más relevantes corroboradas en la praxis investigativa, podría clasificarse el populismo como una actitud demagógica que se utiliza de manera oportunista para lograr consensos. Hay también otras descripciones, como la que plantea que es una forma que pertenece al discurso político, o la que sostiene que es una reacción que se pone en marcha, sobre todo en determinados periodos de crisis política.
Otra definición sustenta que es un momento de rebelión en contra del statu quo; otra más lo describe como un estilo de comunicación; otros estudiosos afirman que es una verdadera ideología, indicó la doctora en Teoría e Historia de las Instituciones Políticas Comparadas de la Universidad de Salerno.
Desde el punto de vista ontológico y fenomenológico, el populismo tiene en sus raíces dos actores conceptuales fundamentales: por un lado, el pueblo y, por otro, el enemigo. Una de las causas principales de la incapacidad de conseguir una dilucidación certera del fenómeno radica en la polisemia del propio término de pueblo, que es uno de sus cimientos.
En los años 80 del siglo XX se identificaron dos categorías para explicar el populismo: el agrario y el político, que se refiere sobre todo a la efervescencia política de las masas; de ahí derivan el resto de posibles acepciones que aluden a él. En todo caso, su definición cobra sentido de acuerdo con el contexto histórico de cada país, considerando variables geográficas, socio-estructurales, históricas, culturales y sistémicas.
Picarella afirmó que se ha alcanzado a identificar partidos o ideologías que conllevan a igualar sus tendencias, ya sea de derecha o de izquierda, y sus formas, ya sea nacional o autoritario, autónomo o regionalista. En la ciencia política esto ha hecho preguntarse a los estudiosos si vale la pena hacer la distinción entre uno y otro.
En un populismo de derecha las masas se expresan en contra de las élites en el poder, así como de los enemigos externos o de subgrupos culturales o étnicos. En el de izquierda el pueblo opina casi por lo general en contra de una élite cuyas banderas se refieren a las desigualdades, la discriminación y la justicia social.
Otros autores han afirmado que no conviene hacer una clasificación rígida, porque no se trata de una ideología verdadera, “y tampoco estamos frente a una categoría analítica, por lo cual estos intentos por definir al populismo no llevarían a ningún lado”.
Más allá de clasificaciones y categorizaciones, lo cierto es que tiene esta carga peyorativa, casi siempre referida en contra del liderazgo de un movimiento, de un partido o de algunas medidas como estrategias políticas.
Este fenómeno nació en el contexto histórico ruso a mediados del siglo XIX, y su significado distaba mucho de ser algo negativo, pues el término estaba ligado a las nociones de pueblo, nación, linaje o plebe, y era una palabra que se utilizaba para referirse a un conjunto de teorías según las cuales se podría transitar al socialismo sin pasar por el capitalismo, a través de la praxis de una organización rural anclada a los mecanismos de una democracia directa.
Esto hablaba de una organización social y política propia del mundo ruso, que se distanciaba y diferenciaba del resto de occidente. Si bien a mediados del siglo XIX Rusia ya tenía un proletariado urbano incipiente, las causas populares de los sectores oprimidos se encontraban en el trabajo agrícola con los campesinos.
El populismo ruso representó una parte significativa de la historia de la corriente socialista europea, aunque con sus respectivas discrepancias, pues para él el sujeto hegemónico es el campesino, mientras que para los marxistas europeos es la clase obrera.
En Rusia, fue un fenómeno que involucró principalmente a intelectuales y estudiantes de las grandes ciudades que se desplazaban hacia el campo para forjar movimientos de masas; sin embargo, nunca tuvo un liderazgo carismático, como ha sucedido en diversos países de América Latina.
Casi simultáneamente al populismo ruso, se desarrolló uno propio en Norteamérica, donde también se encontraba como actor eje el campesinado, pero que exaltaba el patriotismo, la productividad y las reivindicaciones de independencia frente al nuevo mundo. Destacó por la ausencia de la crítica al sistema capitalista y el concepto de masas como un todo heterogéneo.
Cecilia Perezgasga Ciscomani