Tal vez por mera coincidencia temporal, en estos días la Universidad Nacional Autónoma de México celebra un doble aniversario: el de la expedición de la Real Cédula que decretó su creación en Nueva España (21 de septiembre de 1551) y la inauguración formal de la Universidad Nacional de México al ocaso del régimen de Porfirio Díaz (22 de septiembre de 1910). Del primer evento han transcurrido 474 años, del segundo 115.
A nombre del rey de España Carlos I, el príncipe Felipe II emitió, en la fecha indicada, la cédula en que se instruye a Luis de Velasco, segundo virrey de Nueva España, a que proceda a la creación de una universidad en la ciudad de México, que será auspiciada por fondos de la hacienda virreinal con un monto de mil pesos de oro cada un año. La cédula concluye con el siguiente ordenamiento: “Por ende yo os mando que luego que ésta recibáis proveáis como la dicha universidad se funde en esa dicha ciudad de México, y se pongan en ella personas en todas facultades, para que desde luego lean lecciones, e se ordenen e instituyan sus cátedras como allá pareciere convenir a vos y a los oidores de esa Audiencia, y se gasten en ello los dichos mil pesos, que ansí mandamos dar, y lo que rentaren las estancias que el dicho don Antonio de Mendoza (primer virrey) ha dado para ello, y que es bien que los que se graduaren en la dicha universidad, y estudiaren en ella gocen de las libertades que goza el estudio y universidad de Salamanca.”
Dos años después, la Real Universidad de México fue inaugurada e inició actividades (21 de julio de 1553). Durante casi toda la etapa virreinal, la institución gozó de un monopolio para la emisión de títulos universitarios. Casi, porque en 1791 Carlos IV, segundo de los monarcas borbones, autorizó la creación de la Universidad Real de Guadalajara.
En 1595 la Universidad fue confirmada como pontificia por Clemente VIII. Transcurrida la independencia, la institución fue clausurada, por primera vez, en 1833 por decisión del presidente liberal Valentín Gómez Farías, aunque reinstalada por Antonio López de Santa Anna el año siguiente, con el nombre de Nacional y Pontificia Universidad de México. Tras otros cierres y reaperturas, al calor de los vaivenes liberales y conservadores de la época, fue finalmente cancelada por decreto de Maximiliano de Habsburgo el 11 de julio de 1865.
A partir de entonces y hasta la refundación de la universidad mexicana en el siglo XX los estudios universitarios fueron impartidos en escuelas profesionales, varias de ellas instituidas en la restauración republicana. La segunda universidad del país, la de Guadalajara, fue asimismo clausurada desde 1826 y corrió una suerte paralela a la de México: cierres por los liberales, reapertura por los conservadores. Su lugar fue ocupado por el Instituto de Ciencias de Jalisco, fundado el mismo año en reemplazo de la casa universitaria. Ambas instituciones, la universidad y el instituto, fueron finalmente clausurados en 1861, y al igual que en la ciudad de México los estudios superiores se impartieron en escuelas profesionales. La Universidad de Guadalajara fue refundada en 1925.
La opción de reponer una casa universitaria en la capital del país se abrió en la coyuntura del primer centenario de la independencia. Previamente el historiador y político Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Porfirio Díaz preparó con esmero el proyecto correspondiente. En 1903 encargó a Ezequiel A. Chávez, auxiliado por algunos becarios, que visitara universidades estadunidenses y europeas para acopiar información sobre modelos educativos y estructuras de organización. El ministro tomó la responsabilidad de la operación política interna: sumar al proyecto a los directivos y comunidades de las escuelas nacionales de Medicina, Jurisprudencia, Ingeniería, Bellas Artes y la Nacional Preparatoria. En el seno del Consejo Superior de Educación Pública, órgano consultivo de la Secretaría, establecido en 1902, varias veces se ventiló la idea de reestablecer la universidad mexicana, así como la propuesta de fundar la Escuela Nacional de Altos Estudios, dedicada a coordinar la investigación científica del país e iniciar la formación del posgrado.
En enero de 1910, entregó Sierra al Consejo un proyecto de ley constitutiva para que una comisión especial, integrada por los directores de las escuelas profesionales involucradas, lo dictaminara. Pocas de las recomendaciones del Consejo harían mella en el proyecto, ninguna de fondo. Su deliberación en esa instancia cumplió el propósito de legitimar la propuesta con los directivos y autoridades del ramo. La iniciativa pasó también el tamiz de la Presidencia y de la Secretaría de Gobernación, cuyo titular, el controvertido vicepresidente Ramón Corral, emitió algunas observaciones.
La Escuela Nacional de Altos Estudios (ENAE) se instituyó por decreto presidencial el 7 de abril de 1910. Poco después, el 24 de mayo de 1910, se publicó el decreto de Ley Constitutiva de la Universidad Nacional de México, en ambos casos previa aprobación del Congreso. El 22 de septiembre del mismo año procedió la inauguración formal de la institución, mediante una fastuosa ceremonia encabezada por el presidente Díaz. Justo Sierra se encargó del discurso inaugural.
La célebre y multicitada alocución de Sierra enfatiza que la institución no debía ser vista como continuidad de la universidad colonial, porque se trataba de una nueva universidad, cuya misión principal radicaría en el propósito de “nacionalizar la ciencia y mexicanizar el saber”, es decir adoptar los saberes científicos universales y proyectar los propios al mundo, algo así. Terminaba su discurso agradeciendo a Díaz su intercesión y apoyo al proyecto, con palabras que tienen, en algún sentido, una resonancia contemporánea:
“Como si mucho habéis hecho por la patria, ella, que os ha seguido siempre, que os ha apoyado siempre, que os ha creído siempre, ha hecho por vuestro prestigio y por vos más de lo que habéis hecho por ella; ella aplaude hoy esta soberana obra vuestra, segura de que será fecunda, porque fía en que todos los árboles que sembráis crecen frondosos, porque conocen el secreto del éxito constante de vuestras empresas: vuestro amor íntimo y profundo al pueblo, vuestro padre, y vuestra fe genuina e irreductible en el progreso humano.”