Desde Kant hemos advertido cómo la realidad no es lo que es, sino lo que nos parece ser. La forma en que percibimos el mundo le da orden y sentido. En este contexto, los medios de comunicación y, hoy, las redes sociodigitales juegan un papel preponderante.
«La prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero sí lo tiene en decir a sus lectores sobre qué tienen que pensar», dice el especialista en medios y opinión pública Bernard Cohen. Para muestra, un botón: el mes de febrero estuvo marcado, semana a semana, por un tema divulgado y amplificado por todos los medios; de los archivos de Epstein a los Therians, la atención social fue direccionada.
Tal como menciona Cohen, en los medios encontramos una diversidad de posturas, sí, pero siempre recargadas sobre el mismo tema: la “agenda setting”, tal como se le conoce en el estudio de la comunicación. Ahora bien, además de esta agenda —tengan éxito en posicionarla o no— los medios masivos de comunicación siempre tendrán un sesgo; a ese sesgo se le conoce como framing o encuadre.
Evidentemente, las redes sociales no son ajenas a este sesgo ni a la agenda; todo lo contrario: se han convertido en herramientas con un mayor nivel de precisión para buscar influir en sus audiencias.
Cuando las etiquetas o hashtag (HT) se vuelven tendencia alrededor de los temas de la agenda setting, el sistema ya ha ganado: logró configurar la atención social. No importa tanto qué se opine, sino que se opine sobre lo que se quiere posicionar.
El escritor irlandés Oscar Wilde decía: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen mal de ti, y es que no hablen de ti”. Que la discusión pública se centre en un evento o un personaje no es inocuo; en sistemas como la democracia representa capital político.
En la película mexicana Casi el paraíso, el ambicioso político Alonso Rondia quiere buscar la candidatura a la presidencia de la República, hasta que Ignacio Garduño, un colaborador muy cercano al actual presidente, interpretado por el actor Alberto Estrella, le dice a Rondia:
—El problema, compadre, es cómo te percibe la opinión pública.
—¿Y cómo me percibe la opinión pública?, cuestiona Rondia.
—Ese es el problema: que no te percibe —remata Garduño—.
En la escena anterior se cumple lo que postula Wilde. En tiempos de superabundancia informativa, con la posverdad instalada y la manipulación mediante inteligencia artificial cada vez más accesible, resulta imprescindible cuestionarnos, como planteó el filósofo español Ignacio Ramonet: “¿Cómo nos venden la moto?”.
Cuando una persona toma —digamos— un libro, suelta en ese momento todas las demás cosas del mundo. Lo mismo sucede con la agenda, toda vez que esta funciona como un filtro que organiza el caos informativo y define qué merece debate; es decir, mientras debatimos como sociedad los temas que se imponen, dejamos a un lado los demás temas; ese es su propósito.
Direccionar la atención es una de las herramientas más útiles y redituables para quienes buscan manipular, mentir impunemente o esconder información. La propia IA calcula: “No es casual que gobiernos y actores políticos inviertan enormes recursos en influir sobre ese filtro, pues controlar la agenda equivale, en gran medida, a delimitar el campo de lo discutible”.
Ahora bien, supongamos que la teoría de la agenda setting instala el tema de la migración en el centro del debate público. En un segundo nivel comunicativo, ya no sólo importa que el asunto esté presente en la conversación, sino cómo se presenta: ¿como un problema de seguridad?, ¿como una crisis humanitaria?, ¿como un fenómeno económico? En este punto, la agenda setting se aproxima a nociones como el framing, pues no sólo jerarquiza temas, sino que también influye en el ángulo desde el cual se interpretan, aunque su énfasis principal siga siendo la relevancia temática.
Dicho de otro modo, imaginemos un río caudaloso. Si vemos un documental sobre los salmones que remontan ese río para desovar, pero la historia está contada desde la perspectiva de los osos que habitan la región, los salmones aparecerán como parte de la rutina alimenticia y de la lucha por la supervivencia del oso. En cambio, si el documental se centra en los salmones, emocionalmente tenderemos a percibir al oso como el villano. El hecho es el mismo; lo que cambia es el encuadre.
Eso es precisamente lo que ocurre en la comunicación pública: la perspectiva desde la cual observamos los acontecimientos construye una narrativa y nos aproxima a un posicionamiento determinado. En este sentido, podemos volver a Immanuel Kant para reafirmar una idea fundamental: la realidad no se nos presenta de manera pura, sino mediada por las estructuras desde las cuales la interpretamos; no es sólo lo que es, sino lo que nos parece ser.
Todos los días esta teoría de la comunicación aparece en nuestras vidas y, aunque las redes sociales den la apariencia de que todas las voces pueden ser escuchadas, esto es solo apariencia: los algoritmos amplifican o silencian conversaciones; la nueva mordaza es digital.
De este modo, en algún rincón de nuestra memoria quedará febrero de 2026 como el mes en que el mundo —al menos desde estas coordenadas del globo— habló de los archivos de Epstein, el Super Bowl, Irán y los Therians. En fin, un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
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