El 6 de marzo próximo se cumplirán 80 años del fallecimiento de uno de los hijos más prominentes de México, el maestro y filósofo Antonio Caso Andrade, quien, desde 1909, bajo sus ideas y su voz, se creó una agrupación que, a la postre, formaría el Ateneo de la Juventud.
Para construir la SEP, Vasconcelos convocó a todo el Ateneo. Fue épico. En ese momento, el carrancismo había dejado la política educativa recargada en la Universidad Nacional, creada diez años antes, durante el porfiriato, con Justo Sierra y la Escuela Preparatoria con Gabino Barreda.
A la distancia parece fácil y muy natural, pero ese grupo de jóvenes (Reyes, Vasconcelos, Torri, Henríquez Ureña, González Martínez), bajo el liderazgo indiscutible de Antonio Caso, derrumbó el positivismo mexicano imperante durante los 30 años previos, en la dictadura de Porfirio Díaz.
Profundamente humanista, se sabe que puso a sus discípulos al corriente de todas las doctrinas sin imponerles un sistema filosófico. La libertad de ser fue siempre su bandera. De sus obras, hoy nos concentraremos en La existencia como economía, como desinterés y como caridad (1916).
Contra el cientificismo
«Un pueblo que se educa nomás en la ciencia es un pueblo sin entusiasmo, sin ideal», aseguraba el interruptor del positivismo. «El defecto fundamental de la educación puramente científica, desde el punto de vista moral, es que implica una práctica asiduamente egoísta y utilitaria, no sólo incompleta, sino peligrosa».
El humanismo de Caso lo encontramos nítido en: «Tu siglo es egoísta y perverso. Ama, sin embargo, a los hombres de tu siglo, que parecen no saber ya amar, que sólo obran por hambre y por codicia».
Cae la noche y sus metálicos trinos. «El que no lo hace no lo sabrá nunca. Todas las filosofías de los hombres de ciencia no valen nada ante la acción desinteresada de un hombre de bien».
Jacarandas jocundas anuncian la primavera. «Los jóvenes que sólo educación científica reciben tienen que convertirse, a fortiori, en nimios calculadores egoístas, sistemáticamente egoístas», dice el fundador del Ateneo de la Juventud y también miembro fundador de El Colegio Nacional. Aunque, si nos acercamos, su voz decía la patria.
“Poiesis”, la poesía de Dios
No lo dice así, pero lo sugiere. Dios es el gran poeta. Poiesis, concepto griego que podemos entender como producir o crear; en el devenir del tiempo, en la literatura: transformar la realidad a través del lenguaje. «En el principio fue el Verbo».
Antonio Caso recomendaba: «Sed perfectos, es decir, sed activos, caritativos. Perfecto significa acabado de hacer, cumplido, realizado. Significa todo in actu, nada in potentia. Dios, según Aristóteles y Santo Tomás, es acto puro»; es decir: poesía.
n el ámbito educativo, la orientación de Caso es fundamental: «La base suprema de la educación es ésta: hacer que el hombre rinda su mayor esfuerzo, que se gaste y queme en acción, en obra. Así será, mientras más grande, más humilde».
Si bien Antonio Caso fue profundamente religioso, como la mayor parte de sus compañeros del Ateneo, entre lo divino resaltaba lo humano y, de lo humano, el valor supremo es el amor. Pero no un amor de 14 de febrero, no, un amor en serio, ese que nos hace amplios y livianos:
«Cuando uno quiere amarlo todo: al vecino, al padre, a la madre, a los hermanos, a los hombres malos, a los enemigos, al perro, al caballo, a la hierba; cuando quiere que todo vaya bien, que todo sea feliz; todavía más, cuando quisiera hallarse en situación de hacer feliz a todo el mundo; cuando desearía sacrificarse a sí mismo, entregar su propia vida para que todo estuviera bien, rebosando alegría. Esto, justamente, y sólo esto, es lo que constituye el amor en que consiste la vida humana».
¿Hay algo más que decir? ¿Hay mayor muestra de humanismo que la caridad? ¿Un humano que ayuda a otro humano de forma absolutamente desinteresada? A eso se refiere Caso con la existencia como desinterés, y lo explora de la siguiente forma:
«La caridad es otra victoria sobre la vida, victoria mística, que triunfa aliviando, dando paz y no guerra, amor y no botín, beatitud y no sociedad. Ninguna ley rige a la abnegación. El sacrificio es la victoria».
Una conexión con el pasado arcano
Aquí hacemos una conexión de ideas que, más que notables, encontramos sobresalientes. En el ámbito educativo, Caso consideraba que «el fin último (de la educación) es el desarrollo de la propia personalidad». Bien, en los pueblos mesoamericanos era lo mismo.
In ixtli in yolotl es un difrasismo náhuatl que literalmente alude al rostro y al corazón, pero que en el sentido figurado subraya más bien la personalidad (el ser, el sentido, la visión, la faz) con la que asumimos lo que llamamos vida.
Hemos hablado del tema en El rostro y el corazón en el aprendizaje prehispánico; sea suficiente en esta entrega decir que, para los mesoamericanos, también el fin último de su educación era el desarrollo de la personalidad: desarrollar una cara y un corazón.
Caso vs. Vasconcelos
El cargo público más notable que desempeñó Antonio Caso fue el de rector de la Universidad Nacional, desde finales de 1921 hasta 1923. Ese puesto—no había nadie mejor que él—lo obtuvo por mérito, de la mano de su amigo José Vasconcelos, y a José Vasconcelos le renunció.
Se agarraron del chongo. En el epistolario El tiempo de los patriarcas, “Pepe está peleado con Toño por la Universidad”, lamenta en una carta el poeta Enrique González Martínez, quien le escribe a su amigo Alfonso Reyes, exiliado en Madrid.
Vasconcelos cuenta su versión de la siguiente forma: el oaxaqueño estaba atareadísimo buscando presupuesto y manos hábiles para dotar de infraestructura digna a las escuelas, lo que incluía a la Escuela Preparatoria, principalmente entre 1921 y 1923. El Ulises criollo emprendió esta hazaña educativa.
Al frente de la Preparatoria—cargo que no le quiso dar a Torres Bodet por su juventud, pues tenía 19 años—puso como director a un pariente político de Antonio Caso: nada más y nada menos que Vicente Lombardo Toledano, el sindicalista, especialista en la ilustración del proletariado. Las fábricas empezaban a iluminar la ciudad.
Los muros de la Preparatoria estaban siendo preparados para los frescos de Orozco. Estaba, pues, prohibido ensuciarlos, pintarlos, pegar anuncios o avisos. En una de sus frecuentes inspecciones—así lo escribe—Vasconcelos encuentra en esos muros unos volantes que llamaban a una asamblea estudiantil. Entre los firmantes estaba un hermano de Toledano.
Vasconcelos quiso suspender a aquellos estudiantes. El asunto escaló; habría huelga en la Preparatoria. Alfonso Caso, profesor en esa institución, lanzaba contra Vasconcelos «cargos furibundos». En respuesta, Vasconcelos lo mandó cesar.
Alfonso Caso era hermano de Antonio; a este antropólogo le debemos todo Monte Albán. «Es que es mi hermano», escribe como mantra y tarabilla Vasconcelos, claramente harto ante la irrevocable renuncia del rector, amigo y compañero de mil batallas. Se distanciaron, se agriaron, en vida no volvieron a dialogar, pero su amistad no se quebró. En sus memorias. Vasconcelos empieza el capítulo de “Un ateneo de la juventud”, con las siguientes palabras: “Nuestra agrupación la inició Antonio Caso”.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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