Es imposible comprender el endurecimiento de las normas migratorias del actual gobierno de Estados Unidos, sin considerar la historia de sus legislaciones. Lo que ocurre ahora “no es una novedad” y, aunque se proclama como un país abierto, “en la práctica resulta excluyente y punitivo”, afirmó la doctora Danna Alexandra Levin Rojo, coordinadora del posgrado en Historiografía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
La especialista participó en la conferencia magistral Políticas de exclusión y sueños cancelados. Los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos durante el siglo XXI, realizada en el marco del Primer coloquio internacional Migraciones, lenguas y representaciones nómadas: cruces entre literatura, lingüística y educación, convocado por la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Azcapotzalco.
En un recorrido histórico para enmarcar ese endurecimiento que ha tenido la directriz estadounidense hacia los migrantes, y en general, hacia el control de su población, la doctora en Antropología dijo que todo Estado nacional controla sus fronteras, pues entre sus funciones principales está definir qué población se incluye dentro del territorio que ocupa y con qué derechos y obligaciones.
En el caso estadounidense, persiste un discurso ideológico que lo representa como una nación de inmigrantes, tierra de libertad y refugio, donde personas de distintas regiones se establecen e incorporando a la sociedad, quienes se convierten con el paso del tiempo en ciudadanos: Este proceso ocurre por las influencias culturales que reciben al vivir allí, y al mezclarse en el trabajo y el quehacer cotidiano con los llamados “nativos que fundaron la patria”; es decir, los europeos descendientes de quienes llegaron antes.
“Estamos hablando del famoso mito del melting pot (una sociedad donde diversas culturas se mezclan y generan una cultura homogénea), aunque el presidente de Estados Unidos no se enorgullece al hablarle de él, ni lo toma como parte de su ética”, señaló la investigadora.
En la realidad, añadió, el ingreso de extranjeros con fines de asentamiento es selectivo, aunque los criterios para la exclusión se han presentado como socioeconómicos y con frecuencia tienen otros motivos.
La desigualdad en la en la sociedad angloamericana, desde sus orígenes coloniales, ha estado marcada por las diferencias étnicas y, desde el siglo XIX, por concepciones raciales de carácter biológico.
Este prejuicio adquirió tintes racistas porque se debe a las diferencias fenotípicas observables a simple vista: color de piel, ojos y cabello, complexión física, estatura y junto con la diferencia lingüística. Estas particularidades que caracterizan a los cuerpos de los otros suelen interpretarse como signos de inferioridad.
Desde mediados del siglo pasado se han aprobado muchas leyes y modificando otras específicas para casos concretos, “No podemos entender el endurecimiento de estos lineamientos, incluso la política ‘trumpista’, si no comprendemos estos procesos y que esto no es una novedad”, pues en los hechos resulta excluyente y punitivo.
Una ley clave fue la de 1986, denominada Immigration Reform and Control Act, porque muestra con claridad el endurecimiento de la frontera. Por ejemplo, se incrementó en 50 por ciento el personal de la Border Patrol; sin embargo, al mismo tiempo ofreció un camino para la regularización de quienes ya vivían en Estados Unidos en calidad de indocumentados, así como un programa especial de legalización para trabajadores agrícolas indocumentados, sobre todo en Texas y California.