No todo son aranceles. El gobierno de Trump ha emprendido una “guerra” en muchos frentes en el mundo contra los países que comercian con el Coloso del Norte, pero también ha abierto varios conflictos internos. Uno de ellos con las universidades. Como lo anotaba lúcidamente Marion Lloyd en este espacio, cuatro semanas atrás (Campus 1085), a través de órdenes ejecutivas, Trump ha parado de cabeza a las universidades más prestigiadas de los Estados Unidos. Así, entre otras consecuencias ya visibles están: a) miles de millones de dólares en recortes a la investigación; b) supresión del Departamento de Educación; c) la posible cancelación de mil 700 millones de dólares destinados a préstamos para estudiantes universitarios, entre las principales.
Al paso de los días se ha hecho evidente que aquellas medidas eran sólo el comienzo. En el tiempo ya transcurrido la embestida se ha extendido contra prácticamente todas las universidades prestigiadas (Harvard, Columbia, Yale, el Tecnológico de Massachusetts) y varias decenas más. Por lo pronto, el gobierno federal ha cortado ya nueve mil millones de dólares de proyectos financiados por varias de las agencias y entidades gubernamentales, destinados a universidades, la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), el Fondo para las Humanidades y las Artes (NFAH), la Fundación Nacional de la Ciencia (NSF) y los institutos médicos (NIH).
Como muestra de todo ello, el hostigamiento para Harvard y Columbia ha sido feroz. El gobierno federal le ha pedido a las autoridades de la primera: a) reducir el poder de estudiantes y profesores sobre los asuntos universitarios; b) denunciar a los alumnos extranjeros que cometan infracción a las conductas políticas ahora impuestas, entre ellas, lo que la autoridad considera “antisemitismo”; c) contratar a un supervisor para que garantice que en cada departamento académico haya una “perspectiva diversa” respecto a conductas políticas consideradas anómalas.
La respuesta del rector Alan M. Garber, apoyado por la Junta de Gobierno (Governance Board), ha sido clara y firme: “ninguna administración, independientemente del partido en el poder, debería dictar qué pueden enseñar las universidades privadas, a quienes pueden admitir y contratar, qué áreas de estudio e investigación deben funcionar”. Ante esto, la reacción gubernamental ha sido inmediata. El 14 de abril se anunció el “congelamiento” de 2 mil 200 millones de dólares en subvenciones multianuales. La posición de Harvard, hay que decirlo, tiene un sustento sólido, no obstante la amenaza: su fondo histórico de inversión (endowment) asciende a 53 mil millones de dólares. Lo último de este lunes 21, Harvard ha demandado judicialmente al gobierno Trump, con apoyo en la Primera Enmienda de la Constitución de aquel país, por su extralimitación legal de sus facultades y su intervención ilegítima en el régimen interno de la institución.
Todo lo contrario es Columbia. Esta fue la primera de las universidades de la Ivy League que ha tenido que aceptar las “horcas caudinas” que le impone el gobierno. Entre otras exigencias están: la cancelación de 400 millones de fondos federales, la incorporación de 36 agentes de policía en el campus, una mayor supervisión en varios de sus departamentos académicos y la prohibición de acciones consideradas antisemitas.
Comentario
Destruir los avances: A raíz de la ventaja que tomó la URSS en la carrera espacial en 1958, con motivo del lanzamiento del Sputnik, la reacción del gobierno de los Estados Unidos fue visionaria y contundente. El presidente Eisenhower emprendió acciones que fueron un modelo para los siguientes 50 años. Así, se creó la NASA y se expidió la Ley de Educación. En 1979, durante el gobierno Carter, se fundó el Departamento de Educación, uno de cuyos efectos fue la dotación de fondos mayúsculos para la Fundación Nacional de la Ciencia. Años después, en 1983 durante el gobierno de Reagan, se publica el informe Una Nación en Riesgo, instrumento que significó también más fondos para avanzar en materia de calidad de la educación. Todo esto constituyó una base muy firme para que luego vinieran programas y normas que enriquecieron a los sectores de educación y ciencia. Entre otros, el programa relativo a que Ningún Niño se Quede Atrás, durante el gobierno de G. W. Bush, o la Carrera hacia la Cumbre (Obama). Todo lo anterior, construido pacientemente durante medio siglo, se está destruyendo a pasos agigantados.
La próxima semana se abordarán otros temas derivados de este conflicto.

Carlos Pallán
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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