
Mario Saavedra
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La obra del poeta colombiano es un todo consumado, la proyección de una vida expresamente vivida
A Fernando Vallejo, devoto barbajacobiano
A Porfirio Barba-Jacob (Santa Rosa de Osos, Antioquia, Colombia, 1883-Ciudad de México, 1942) nunca lo apresaron ni las leyes del decoro ni las reglas del lenguaje. ¿Por qué llamarse de una vez y para siempre? Marcel Proust se refería al nombre como la más cruel de las cárceles, prisión a la cual este notable poeta colombiano tuvo el poder de renunciar (emulando los heterónimos pessoianos, Miguel Ángel Osorio o Maín Ximénez o Ricardo Arenales o Porfirio Barba-Jacob), siempre a sabiendas de que en esa muerte nominal ––exterior y no definitiva–– no podría caber nunca la de su andar incesante. Quien parecía no tener apego definitivo a nada, fue siempre firme a su vocación: uno de los verdaderos poetas de América; quien se suponía escéptico por antonomasia, creyó siempre en el lenguaje, en el poder de la palabra, haciendo del idioma su vital estandarte. El español alcanzó con él formas e imágenes inauditas: “¡Oh insaciedad del hálito y la nébula,/ y el amor, y el impulso, y el anhelo!/ No un dios pagano, pero sí su rastro…/ No el himno divo, pero sí el suspiro…/ No el mármol, mas el plinto de alabastro…/ Y una sensualidad de antiguo giro…”
Su poema mayor, Acuarimántima, al que corresponden los versos arriba citados, fue su odisea literaria más ambiciosa, epopeya en la que su héroe, el valeroso y lúcido Maín, expone los instintos explosivos y la inteligencia peculiar de su creador. Acuarimántima tiene la virtud, como toda gran obra, de intuir la esencia del ser y de la vida; es un derroche de imágenes, de musicalidad, de constantes artificios lingüísticos y ontológicos que nos revelan una naturaleza avasalladora. Este poema de alcances filosóficos, como El Primero Sueño de Sor Juana o Muerte sin fin de Gorostiza, impone un cierto estado de ánimo y una suma de conocimientos para su lectura; es el resultado de una cosmovisión precisa, de una forma de entender y de vivir la vida también muy particular.
Pero Porfirio Barba-Jacob no es tan sólo Acuarimántima, que ya sería suficiente para inscribirlo en la lista de los más preclaros poetas de nuestro idioma. Los tiene más breves y asequibles, como su muy mencionada Canción de la vida profunda, un sublime himno a la existencia terrena, a la agonía de tener que ser todos los días y sin plazo alguno, con la única prerrogativa de que enfrentarnos de frente con la vida supone el mejor de nuestros destinos: “Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,/ como en abril el campo, que tiembla de pasión:/ bajo el influjo pródigo de espirituales lluvias/ el alma está brotando florestas de ilusión.” Es lo implacable del vivir, de nuestro vivir variable.
En Porfirio Barba-Jacob, cuya vida fue itinerante y nómada, aunque en México encontró su última morada ––lo imaginamos recorriendo todavía las calles de Santa María la Ribera, especialmente la de Naranjo, que justo sería llevara su nombre––, se perciben ecos constantes de un tardío romanticismo y del Modernismo, aunque también coincidan en su obra matices simbolistas y no pocos acentos ––sobre todo en su etapa madura–– vanguardistas. Pero este poeta posee un aroma muy particular, que nada tiene que ver con lo que se dice fumaba muy a menudo, que lo hace único y muy diferente a todo lo demás. Con él transitamos de la turbulencia más explosiva a la más mesurada reflexión, del más atronador sarcasmo a la más ingenua bonhomía; es el poeta de la metamorfosis, de sus personales variaciones, como lo hace notar en el epígrafe de Montaigne empleado para su Canción de la vida profunda: «El hombre es cosa vana, variable y ondeante”.
Ricardo Arenales, como se llamaba cuando Jorge Cuesta lo incluyó en su fundamental Antología de la poesía mexicana moderna de l928, por considerarlo ya ––aunque con pocos años todavía en México–– poeta de la tradición nacional, a la altura de Enrique González Martínez y Ramón López Velarde, fue verdugo y mártir de su propia creación. Su poesía en ningún instante llega a sentirse producto de retórica efímera; es el resultado de un ecléctico de las formas y de los modos, que terminan por caber según las necesidades más auténticas del poeta. Las tribulaciones de su alma y de su azarosa vida fueron sorprendentemente trascendiendo por el arte; pero no en quejas y lamentos vulgares, sino en expresiones de exquisita construcción, las propias de un poeta que pudo y supo entender los verdaderos compromisos de su vocación inaplazable: “Y sí que mi emoción, mi valor, mi energía/ en los actos dispersa, mi collar desatado,/ son al viento, en las pompas inútiles del día,/ brillos de los luceros, aromas de las rosas…”
Porfirio Barba-Jacob, tan bien estudiado y comprendido por el notable polígrafo humanista Fernando Vallejo, su admirador paisano que llegó a México precisamente siguiendo sus pasos para escribir su tan espléndido como revelador libro Barba Jacob, El Mensajero, nos ha legado un mundo pleno de emociones, de ideas y de sensaciones. En conclusión, y como lo hace notar el propio novelista y ensayista después de su largo y exhaustivo recorrido en busca de las huellas del poeta, se podría decir que la obra de Porfirio Barba-Jacob es un todo consumado, la proyección de una vida que, aunque por momentos quebradiza, fue expresamente vivida. Vida, la palabra que más se repite en el contexto barbajacobiano, fue el espacio fundamental del que se nutrieron la mayor parte de las maravillosas imágenes de este portentoso artífice del idioma. Y el amor, sentido y llevado a cuestas, casi siempre de carne y hueso, de igual modo jugó un papel indispensable en su vida y su obra; la mayoría de las veces lo sometió, pero a cambio de proporcionarle una sensibilidad y un estado idóneos para la creación poética: “Amor, por tu delicia y tu frecuencia,/ por los valles letárgicos de la carne encantada/ ––de un humo azul la blándula almohada,/ de un prócer vino la brumosa esencia––,/ sosiégase en la noche la frente conturbada./ La alondra no canta todavía/ ni mueve sus saetas el reloj/ Pero mi corazón solloza en su alegría:/ ¡No! ¡No! ¡No!”
Es el poeta que no cesa en su imperiosa necesidad de saberlo y experimentarlo todo, aunque de por medio estén la vida y un rostro feliz y tranquilo; ¡no!, a gritos, al menor indicio de tener una existencia sosegada y mediocre. Todo hasta sus últimas consecuencias, tras los alcances reveladores del lenguaje, aunque él mismo sea el primer sorprendido.
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