Se ha demostrado que el cerebro de las especies monógama es diferente al de aquellas que son promiscuas, lo que favorece vínculos selectivos
Cuando la gente se entera de una infidelidad, siempre comienzan las especulaciones. ¿Acaso no era feliz con su pareja? ¿lo hizo por amor o fue solo sexo? En los hombres se asume que lo hacen por lujuria y aburrimiento, pero que en las mujeres, la infidelidad surge por soledad, anhelo de intimidad, o la búsqueda de un mejor hombre. Uno que sí resuelva.
Sin duda, siempre hay dos historias para contar, digamos dos rutas cerebrales diferentes. En una, la persona infiel expresa haber reencontrado la conexión emocional y la alquimia sexual perdida, aunque siempre con trasfondo de vergüenza y culpa por haber sido descubierta. En la otra historia la persona engañada suele expresar un sentimiento de destrucción de la autoestima, ansiedad abrumadora, depresión, trauma, y problemas de confianza que llevan a abstinencia social y al sufrimiento.
El amor y la traición, vistos desde el prisma de la monogamia y la infidelidad sexual, son como el cielo y el infierno de las relaciones. Siempre están presentes en las historias más emocionantes. Una ha causado guerras y asesinatos, mientras que la otra ha causado creaciones artísticas y monumentos que trascienten el tiempo. Ambas son tema de canciones, de poemas que nos hacen derramar lágrimas, y por supuesto, de algunas preguntas que la neurociencia ha tratado de responder por su significancia en la salud mental: ¿Por qué algunas personas se quedan con una sola pareja toda la vida y otras no? ¿Es acaso porque su cerebro es diferente?
La respuesta es sí. El cerebro de una especie monógama es diferente al de una promiscua, por lo menos en tres neuroquímicos conocidos: oxitocina, vasopresina y dopamina. Cuando la oxitocina y la vasopresina se elevan en el cerebro facilitan el reconocimiento selectivo de la pareja, dan valor incentivo y recompensa por el contacto físico e incrementan las ganas de resguardarle; como quien dice, generan identificación, confianza, placer, posesión y hasta celos. Adicionalmente, la dopamina está relacionada con el deseo y la predicción de recompensa por estar juntos. Dan ganas de quedarse ahí para siempre.
Cuando un animal monógamo convive suficiente tiempo con una posible pareja, estos tres neuroquímicos son captados por neuronas que tienen numerosos receptores OTR, D2 y V1a en regiones profundas del cerebro, lo que desencadena la formación de un vínculo afectivo. Como dicen por ahí, uno tiende a enamorarse de las personas con quienes convive. Asombrosamente, el mismo proceso de vinculación afectiva se acelera con el sexo. Cuando hay intimidad el cerebro aprende a preferir a alguien mucho más rápido.
Podríamos citar numerosos ejemplos de personas que se sintieron profundamente atraídas a alguien después de un encuentro sexual. La dopamina liberada actúa sobre receptores D2 para acelerar el vínculo afectivo, y una vez flechado se liberará más dopamina que activará ahora a los receptores D1, que funcionan como un candado cerebral para evitar que el individuo forme más vínculos.
Los animales monógamos pasan su tiempo juntos, tienen hijos a los que ambos cuidan, y cohabitan en el nido que han construido. De hecho, un individuo monógamo rechazará las oportunidades de copular con otras parejas. Primero, porque es menos probable que le apetezca aparearse de manera adicional, aunque también corresponde a que su pareja le resguarda y ahuyenta a las parejas solteras que merodean.
En contraste, las especies promiscuas no forman un vínculo selectivo con alguien, aunque se les force a pasar tiempo juntos, o se les permita copular muchas veces. Tampoco participan en el cuidado de las crías, ni comparten su lecho. Ellos expresan lo que su naturaleza les permite expresar, y lo harán así porque les beneficia en su adecuación biológica. Los promiscuos no forman vínculos porque tienen más receptores D1 listos para activarse como candado cerebral después del sexo. Sin embargo, si de manera experimental se disminuye la actividad D1 y se eleva la actividad D2 y V1a entonces un animal promiscuo puede comenzar a comportarse como monógamo.
Cabe mencionar que los monógamos también pueden adoptar conductas promiscuas dependiendo de su entorno social. Si en la población existen demasiados machos vagos que cortejan a cuanta hembra encuentran, es más probable que otro macho integrado a esa comunidad decida adoptar la misma conducta promiscua. Esto último indica una interacción muy profunda entre la naturaleza de un individuo y el entorno en el cual vive.
Los humanos hemos sido categorizados como monógamos seriales, sugiriendo que formamos parejas estables, pero lo hacemos múltiples veces a lo largo de una vida. También se nos ha clasificado como monógamos promiscuos, indicando que nos agrada la idea de tener a una pareja estable con quien pasamos casi todo el tiempo, cohabitamos y cuidamos de las crías, pero expresamos encuentros románticos adicionales.
¿Pero qué somos realmente? Tan solo en 2022, el INEGI reportó 507,052 matrimonios en México y 166,766 divorcios. Es decir, 32.9 divorcios por cada 100 matrimonios. La gente se casa más de lo que se divorcia, indicando el deseo de formar parejas formales. Sin embargo, la infidelidad representa el 54% de las causas de separación.
Sin duda, la diversidad genética contribuye a que la monogamia sea más fácil para algunos. Para otros, sin la genética adecuada, no es tan fácil formar vínculos afectivos monógamos. Desear ser monógamo con un cerebro promiscuo debe ser similar a desear ser vegano teniendo un cerebro carnívoro. El conocimiento sobre nuestro cerebro y nuestro entorno social contribuye a poder tomar la mejor decisión en las relaciones de pareja, comenzando quizá por decidir no asomarse a la taquería cuando se desea ser vegano.
Como ocurre con muchas otras conductas motivadas, no puede predecirse el potencial de vinculación afectiva de un individuo hasta que sea el momento de vincularse, de participar activamente en el cuidado de las crías, de formar un nido y cohabitarlo, pues como dice el dicho: «Los árboles se conocerán por sus frutos«. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
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