Jugar es un acto de inmadurez que nos ayuda a alcanzar la adultez. ¿Para qué sirve?
Un padre decidió llevar a su hijo preescolar a su lugar de trabajo. Al entrar, le advierte en voz baja que debe comportarse como un verdadero profesional y no como un niño travieso. El pequeño, con una expresión grave y decidida, asiente solemnemente, tratando de descifrar las misteriosas reglas del mundo de los mayores. La imponente atmósfera del lugar le provoca una sensación abrumadora de intimidación, obligándolo a permanecer en silencio y sin moverse, como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
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Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
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