Cuando se le cuestiona sobre la función principal que tienen los historiadores en la sociedad, la historiadora y escritora Fausta Gantús Inurreta, responde con otra interrogante “¿Cuál es la función de un o una deportista, atleta en la sociedad? Lo planteo en esos términos para destacar que me parece que el utilitarismo llevado a los extremos reduce nuestra visión del mundo.
“¿Por qué todas las personas, tanto como todos los seres animados —animales, plantas, etcétera— e inanimados tenemos que cumplir una función social? ¿No tenemos derecho a simplemente existir? ¿Por qué debemos ser útiles?”, plantea.
Y es que, dice la investigadora, quien cuenta con estudios de doctorado en Historia por el Colegio de México, “debemos tener cuidado de no confundir función, que es lo que usted acertadamente plantea, con utilidad, que es lo que suele entenderse.
“Lo útil, en su sentido gramatical básico, es ‘aquello que sirve para algo’, de lo cual se puede sacar una ventaja o un provecho; en cambio, una función implica la ‘capacidad de actuar’ y está ligada a la idea de contribuir”, dice.
En entrevista con Campus, Gantús Inurreta sostiene que “cumplir una función implica la necesaria toma de conciencia sobre la responsabilidad propia y la asunción de la decisión de actuar en un determinado sentido o con un determinado propósito.
“Y ahí es para mí donde radica nuestra función, donde nos situamos las y los historiadores: como personas dedicadas al estudio del pasado con la finalidad de hacer comprensible los procesos que nos han conducido a ser lo que somos ahora y estar donde estamos ahora; así como a entender y explicar lo que fuimos antes, quiénes fuimos antes, cómo fuimos antes”, apunta.
“La historia”—agrega— “no es la simple descripción de sucesos, la enumeración de lugares y los datos curiosos sobre personajes; la historia es la búsqueda y construcción analítica que nos conduzca a la interpretación reflexiva del pasado para dar sentido a los cuestionamientos del presente y pensar en el futuro”.
El camino de la historia
Al hablar sobre las principales aportaciones de las humanidades, y en sentido estricto de la historia, Fausta Gantús Inurreta, quien fue catedrática de la Universidad Autónoma de Campeche (UACam), enfatiza que, “lo que la historia, entendida como ciencia o disciplina, aporta al país es construcción de narrativas que permiten constituirnos y reconstituirnos, pero, especial y fundamentalmente: pensarnos; pensarnos como sociedad, como sociedades.
“Y subrayo el pensarnos, porque, en mi opinión, es una de sus labores principales y una de las aportaciones clave del estudio de la historia”, dice.
Para ello, recurre a un ejemplo. Tras la separación de la monarquía española, la consumación de la Independencia y la constitución de México como país, “el nuevo Estado se dio a la tarea de generar una historiografía que defenestró el pasado colonial, instalando la famosa leyenda negra sobre esa etapa de la historia, y exaltó con tonos laudatorios el mundo prehispánico.
“Pero esa reivindicación se refería al pasado, al tiempo que el discurso del momento desdibujaba, cuando no francamente menospreciaba, la presencia del indígena vivo y buscaba asimilarlo a lo ‘mexicano’ mediante la consolidación de la idea del mestizaje y la unidad basada en el idioma, el español, y la religión, la católica”, comenta.
Esa postura, añade la investigadora, “constituyó por mucho tiempo un velo que impedía entender el socialmente complejo México del siglo XIX. Tendría que transcurrir más de un siglo y tener lugar una revolución para que las políticas públicas giraran a la valoración del indígena vivo y al reconocimiento de la pluralidad étnica, lingüística, religiosa y cultural que conforman el país.
“Y en ello, tuvo un lugar importante la generación de narrativas historiográficas que cuestionaron y propusieron lecturas alternas de ese supuesto oscuro pasado colonial. Y sí, al tiempo que se revaloró el mundo indígena también se repensó, desde la historia, lo que fue y constituyó la etapa de dominio del imperio español sobre más de la mitad del territorio americano, del cual México formó parte”, considera.
Todo ello, señala Gantús Inurreta, conlleva a ver que “una sociedad no puede leerse, comprenderse en términos dicotómicos. Para llegar a ello, las y los historiadores estuvieron haciendo y haciéndose muchas preguntas. Sus respuestas, obtenidas tras arduos procesos de investigación, son las que han permitido repensarnos. Y pensarnos críticamente, que es el objetivo primero y último”, explica.
Algunas diferencias
Respecto a las diferencias que se perciben entre las ciencias exactas y las ciencias sociales, Fausta Gantús Inurreta apunta que “es cierto que la percepción general, desde dentro del mundo de las ciencias, es que las de corte social han sido menospreciadas, justo por lo que conversábamos al principio, por el argumento de la ‘utilidad social’ de las mismas, ya que se considera que no aportan ni reportan resultados tangibles: no producen un motor, no inventan una medicina.
“Pero también creo que ello es así porque gobiernos de visión corta y en búsqueda de efectos inmediatistas no entienden la importancia de la formación humanística, en tanto otros, populistas y autoritarios —de derechas e izquierdas—, temen profundamente a la generación y promoción del pensamiento crítico independiente”, subraya la historiadora.
Demasiados retos
Al hablar de los problemas que enfrenta el sistema de educación superior del país, Gantús Inurreta, quien pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), dice que se trata de un tema muy complejo que exige varias respuestas.
“Empezaría por las diferencias socioeconómicas que privan en el país, que provocan la disparidad en el desarrollo fisiológico entre quienes tienen acceso a una alimentación bien regulada, a un ambiente debidamente higienizado y a un entorno propicio para la estimulación en sus primeros años de vida y quienes no lo tienen.
“De ahí en adelante, las diferencias y desigualdades se van agudizando: limitado acceso a la salud, condiciones adversas para desarrollarse en el ámbito educativo, entornos violentos e inseguros, y las personas —infantes y jóvenes— se van quedando en el camino y llega una escasa parte de la población a la fase de la educación superior”, comenta.
En suma, apunta, “las diferencias no radican en las capacidades intelectuales sino en las condiciones de vida de cada persona. Y aquí vale detenerse un momento para señalar que también la difundida idea pos-revolucionaria de la educación superior como mecanismo de movilidad y ascenso social ha contribuido a la búsqueda de títulos profesionales, muchas veces sin que haya en los estudios un verdadero interés”.
En ese sentido, Gantús Inurreta lamenta que “nos ha faltado desde el gobierno y como sociedad hacer la debida valoración y reconocimiento de los estudios técnicos y del área de los servicios, que son igualmente importantes para el funcionamiento de la vida en comunidad; esto es, requerimos por igual a la ingeniería que a la plomería, a la historia que a la carpintería; es tan fundamental quien conduce un avión como quien conduce un convoy del metro.
“Centrados en la etapa de la educación superior, las y los jóvenes deben enfrentar diversos escollos y dificultades: los problemas familiares son uno y muy principal, y un aspecto importante de esos problemas encuentran su origen, de nuevo, en la cuestión económica: carencia de ingresos suficientes para costear y apoyar la formación académica”, señala.
Otro factor importante, dice la también escritora, es la ausencia de un “Estado regulador de las relaciones socioeconómicas y de un Estado auténticamente benefactor que ofrezca protección y garantías a la población más afectada y necesitada. También, en relación con el Estado mexicano, es posible observar en perspectiva temporal, la carencia sucesiva y reiterada de programas nacionales de largo aliento que tengan claridad en los objetivos y las estrategias para alcanzarlos.
“Apunto una última cuestión con respecto al Estado: el regateo presupuestal. Los recortes de recursos destinados a la educación superior y a la investigación debilitan sustancialmente la generación de conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos”, lamenta.
Responsabilidad compartida
En cuanto al papel que han jugado las instituciones de enseñanza superior en este contexto, Fausta Gantús Inurreta apunta que uno de los factores “es la corrupción que puede privar en algunas de ellas, y que exigiría el análisis caso por caso y la instrumentación de procesos para deslindar y fincar responsabilidades.
“Otro aspecto que debemos considerar es el de la posible falta de visión de ciertas autoridades, pero, de nuevo, es obligado el análisis de cada caso para detectarlos y encontrar soluciones”, dice.
Al mismo tiempo, detalla la historiadora, quien forma parte del cuerpo académico del Instituto Mora, un tercer elemento es el del uso como botín político de centros, institutos y universidades, tanto para colocar personas como para desviar presupuestos.
En el caso del profesorado y los cuerpos de investigación, añade, parte de los problemas son “la debilidad en la formación; las inadecuadas instalaciones; la falta de insumos —equipos, laboratorios, sistemas de comunicación, imprescindibles en los tiempos actuales—; la pobreza de los salarios; las excesivas cargas docentes —horas frente a grupo; el desinterés en la renovación y enriquecimiento de los acervos bibliográficos y documentales en general”.
Asimismo, “el escaso presupuesto destinado al desarrollo de proyectos que generen nuevos conocimientos; la reducción de financiamiento editorial, que es el mecanismo mediante el cual se dan a conocer esos resultados”.
“Por último, no quiero dejar de mencionar también, en el caso de quienes se gradúan en los distintos niveles académicos, resulta un factor desesperanzador la falta de oportunidad en el campo laboral”, cuestiona.
Falta de firmeza
Con respecto al papel que han jugado las instituciones de educación superior en los últimos años frente a toda esta problemática, la historiadora comenta que “hace un par de años, en 2023, con la imposición de una nueva ley de ciencia para el entonces Conacyt, se realizaron una serie de mesas en las que participaron investigadoras/es, científicas/cos, profesoras/es de casi todo el país y de los diversos centros, instituciones y universidades.
“Se hicieron análisis, se presentaron críticas y plantearon propuestas y hasta elaboraron proyectos alternativos a la ley, pero lo que se expuso ahí quedó, me temo, en el olvido”, enfatiza.
Por ello, comenta, “sólo el diálogo y el trabajo en unidad de las instituciones públicas de educación superior permitirán pensar los problemas y ofrecer las soluciones para superar el rezago educativo que condena a nuestras sociedades del futuro, en el corto plazo, a la inanición y la inacción intelectual.
“Me parece fundamental recuperar de aquellos diálogos y propuestas suscitados en torno a la ley de ciencia, dos ideas que gravitaron fuerte y constantemente en el ambiente: la exigencia de autonomía —de auténticas autonomías— de universidades y centros, y el imperativo de la horizontalidad en la vida al interior de las mismas”, finaliza.



