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La política educativa contribuye a reproducir desigualdades socioeconómicas externas

Entrevista con Sylvia Schmelkes del Valle, Vicerrectora Académica de la Universidad Iberoamericana

La desigualdad educativa es, sin duda, el principal problema que enfrenta el sistema escolar del país. Las brechas que genera impactan de manera considerable a sectores como la población indígena.

Diferencias que provienen de la pobreza y que el propio sistema educativo acentúa en procesos como la asignación de recursos y la implementación de contenidos educativos ajenos a la diversidad social y cultural.

Así lo percibe Sylvia Schmelkes del Valle, Vicerrectora Académica de la Universidad Iberoamericana (UIA) Ciudad de México, quien ha seguido muy de cerca el tema.

En entrevista con Campus, la investigadora señala que en este asunto las instituciones de educación superior deben asumir su responsabilidad para encontrar soluciones y estrategias para atender la desigualdad educativa.

De acuerdo con Schmelkes del Valle, de la misma inequidad educativa depende también la desigualdad en los aprendizajes.

“Es, como bien se sabe, un fenómeno multifactorial. Las causas principales, las que mejor explican las diferencias, son externas al sistema educativo y tienen que ver con la pobreza —que afecta al 41 por ciento de la población— y con la distancia cultural de la familia respecto de la cultura propiamente escolar —fundamentalmente la pertenencia a un pueblo indígena—.

“No obstante, el sistema educativo, sobre todo por la forma en que distribuye los recursos, en lugar de compensar por estas diferencias, destinando mayores recursos y de mejor calidad a quienes más desventajas tienen para tener una carrera escolar exitosa, hace lo contrario: le otorga menos y mejores recursos en infraestructura, equipamiento y formación y atención al equipo humano encargado de brindar educación a quienes más los requerirían”, considera.

De esta forma, añade la excoordinadora general de Educación Intercultural y Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública (SEP), “la política educativa contribuye a reproducir las desigualdades socioeconómicas externas.

“También hay causas propiamente pedagógicas de la desigualdad. Es muy importante conocer estas causas, porque son las que nos indican que la escuela puede hacer una diferencia y que no necesariamente tiene que ocurrir que quienes proceden de estratos o regiones más pobres obtengan menores resultados de aprendizaje.

Factores que complican el reto
Para Sylvia Schmelkes del Valle, quien fue directora del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (Inide) de la UIA, tres causas pedagógicas son especialmente destacables para explicar el asunto de la desigualdad.

“La primera se refiere a que en México se ha optado, para la educación preescolar, primaria y secundaria, por un currículum homogéneo y sobrecargado para atender a una población heterogénea. En el caso de la educación media superior, el currículum es diferente para cada uno de los 23 subsistemas que conforman este nivel educativo, pero al interior de cada subsistema, el currículum sigue siendo el mismo independientemente del contexto en el que operen”, señala.

En ese sentido, “ello ha restado posibilidades a los docentes y a las escuelas para adaptar los contenidos a los intereses y características de la población a la que atienden, pues la prioridad se sitúa en cubrir los contenidos establecidos.

“Es decir, no encuentran espacio para ejercer su autonomía profesional. Las consecuencias son para una parte importante de la población, la que no responde al alumno tipo, urbano de clase media, muchos de los contenidos resultan ajenos, no relevantes para comprender el medio en el que viven, y muchas veces incapaces de despertar su curiosidad y capacidad de asombro.

“El caso más extremo de esta falta de relevancia de los contenidos educativos se da con los pueblos indígenas. En las escuelas indígenas, que sólo atienden a prescolar y primaria, la lengua indígena es sólo una asignatura que se imparte durante tres horas a la semana”, considera la investigadora.

Por ello, agrega, “el resto de la enseñanza es en español y los niños monolingües o con bilingüismo precario tienen serias dificultades para aprender, por lo que retrasan la adquisición de la lectoescritura y en muchos casos desertan antes de lograrlo.

“Los contenidos y saberes propios de su cultura están, en general, ausentes del salón de clases, lo que no sólo abona a la falta de relevancia de los contenidos, sino que además ha provocado, históricamente, una desaparición de las lenguas y de las culturas que nos constituyen como una nación multicultural.

La segunda razón, explica Schmelkes del Valle, tiene que ver con la pedagogía prevaleciente en las aulas.

“Aunque debemos reconocer muchas y muy honrosas excepciones, pues en México hay maestras y maestros excepcionales, en términos generales la metodología de enseñanza se centra en el docente, las clases son verticales, las actividades rutinarias, el protagonismo de las y los estudiantes escaso, y la práctica docente no es inclusiva, lo que no permite atender a los alumnos con características especiales o que experimentan retrasos en su aprendizaje.

“Los rezagos de aprendizaje se van acumulando como consecuencia, y explican una buena parte de los bajos resultados en las pruebas estandarizadas de elevados porcentajes de estudiantes en todos los niveles educativos, mucho más altos entre quienes viven en zonas de mayor marginación y proceden de familias con mayores recursos (INEE, 2019)”, detalla.

Por último, la tercera razón, argumenta la vicerrectora académica de la UIA, es de naturaleza socioafectiva.

“Nuevamente con muy honrosas excepciones, pues hay escuelas excepcionales en nuestro país, la escuela puede ser un sitio muy hostil para las y los estudiantes, especialmente cuando proceden de grupos culturales minoritarios, tienen alguna discapacidad, o son de niveles educativos inferiores.

“La discriminación es especialmente fuerte en escuelas urbanas donde la población es heterogénea, pero está presente en todas ellas. La OCDE reporta que México se encuentra en primer lugar entre los países miembros en lo que se llama bullying entre los alumnos de 15 años que presentaron la prueba PISA en 2015, (OECD, 2017).

“Los y las estudiantes que enfrentan ambientes hostiles no se encuentran en la misma disposición para aprender y en muchos casos este fenómeno es causa de deserción escolar”, subraya.

Revisión a fondo
Sobre la importancia y la relevancia que han tenido los mecanismos de evaluación para resarcir las brechas escolares, Schmelkes del Valle argumenta que esta proporciona información valiosa para revertir esta realidad de inequidad educativa por dos razones.

“Porque nos proporciona información sobre la dimensión del problema y porque nos permite ubicar las poblaciones y las regiones que requieren de una mayor atención educativa. También nos indica qué aspectos del currículum están teniendo mayores dificultades para ser aprehendidos y entre quiénes, lo que proporciona retroalimentación valiosa para quienes diseñan los contenidos educativos.

“En teoría, entonces, la evaluación es evidencia de gran valor para resarcir las brechas escolares. Sin embargo, para que ello ocurra, se necesita la voluntad política para efectivamente resarcir estas brechas”, apunta.

En ese sentido, detalla, ello ha ocurrido para diseñar algunos programas y algunas políticas educativas exitosas, como Prospera —dónde ubicar las becas educativas—, el programa de Escuelas de Tiempo Completo —a cuáles escuelas beneficiar primero—, y el programa PEMLE que operó en las secundarias comunitarias durante el sexenio 2000-2006.

“Todos estos programas han sido evaluados en su potencial para mejorar la asistencia y la permanencia en la escuela (Prospera) y para mejorar los aprendizajes (Escuelas de Tiempo Completo y PEMLE). Es evidente que cuando la información existe se pueden diseñar programas y políticas que ofrecen y en ocasiones demuestran su potencial para disminuir las brechas de aprendizaje.

“Cuando no existe —riesgo que ya corremos porque desde 2017 no hemos aplicado evaluaciones— la ausencia de evidencia no permite proceder de manera certera y se diseñan programas como las becas universales que benefician por igual a quienes las requieren como a quienes no las necesitan. La evidencia es condición necesaria, más no suficiente. Se requiere también voluntad política”, advierte la investigadora.

Universidades comprometidas
Sobre el papel que deben jugar las instituciones de educación superior para contribuir en la disminución de la inequidad educativa, Sylvia Schmelkes del Valle, quien  presidió la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), comenta que es importante estas reconozcan “su responsabilidad en relación con el resto del sistema educativo, pues forman parte del mismo y se encuentran en la mejor posición para aportar a su mejora.

“Además, las instituciones de educación superior son receptoras de las consecuencias de un sistema educativo inequitativo y de baja calidad, pues se enfrentan frecuentemente a la necesidad de remediar lagunas de aprendizaje fundacional indispensable para el buen desempeño en sus programas educativos —capacidad de lectura de comprensión, de redacción, de aplicación de los conocimientos matemáticos—.

“Estas dificultades son mayores entre los estudiantes que han asistido a las escuelas con mayores desventajas, quienes a su vez son los que pertenecen a las regiones y estratos más pobres, y son ellas y ellos quienes más desertan de sus aulas”, considera la vicerrectora académica de la UIA.

Por ello, “las instituciones de educación superior también se enfrentan a dificultades para diversificar a su población escolar desde el punto de vista socioeconómico y cultural, porque quienes llegan a sus instituciones son quienes el sistema ha permitido pasar los filtros que dejan atrás a quienes han sido víctimas de la desigualdad educativa”, dice.

De esta forma, añade Schmelkes del Valle, quien recibió en 2008 la Medalla Comenius por la Unesco por su trayectoria como investigadora, las instituciones de enseñanza superior se encuentran limitadas para ser ellas mismas ejemplo de equidad educativa.

“Las formas en que pueden hacerlo son diversas. Una muy importante es la investigación que permite insistir en continuos diagnósticos que develen problemáticas relacionadas con el no cumplimiento del derecho a la educación e indagar sobre las causas de las desigualdades y proponer medidas de política que permitan combatirlas.

“Otra más es la formación de alto nivel de quienes conducen el sistema educativo y de quienes tienen funciones de supervisión (que debe traducirse en apoyo) y de dirección de zonas escolares, escuelas y planteles.

“Una tercera es mediante el desarrollo de proyectos de intervención cuidadosamente evaluados que ofrezcan medidas probadas de disminución de la desigualdad. Una más es el apoyo a las escuelas normales, formadoras de docentes, para que salgan de su estancamiento y eleven la calidad de la formación de los docentes en aquello que nuestras escuelas, sobre todo las más pobres, están requiriendo”, plantea.

Asimismo, “en enriquecimiento de los contenidos escolares combinados con propuestas de manejo pedagógico que permita el desarrollo de habilidades superiores de pensamiento entre los estudiantes es una más.

“Su necesario compromiso con la educación de los adultos, que fortalece los comprobados efectos intergeneracionales de la educación, es una medida a explorar que puede resultar de un enorme beneficio”, apunta.

Por ende, las universidades e instituciones de educación superior “deberían todas ellas formar parte de consejos consultivos estatales y en su caso municipales de los sistemas educativos de los que forman parte”.

Solo una alternativa
Con respecto a la utilidad que tienen las becas para lograr una mayor equidad en el sistema educativa, la investigadora señala que “todo subsidio a quien lo requiere para poder hacer valer un derecho humano fundamental, como lo es el derecho a la educación, se puede convertir en un excelente instrumento para hacerlo valer y por lo mismo para lograr mayor equidad en acceso y permanencia educativa, que es condición para poder hablar de equidad en los aprendizajes.

“Pero conviene señalar algunas limitaciones de las becas. La primera limitación es el mecanismo mediante el cual se decide quiénes serán los beneficiarios. Este debe ser lo suficientemente fino y calibrado para efectivamente identificar a las personas o los sectores que deben recibirlo”, sostiene.

En se sentido, agrega, “las becas universales son regresivas: benefician a quienes no la necesitan al igual que a quienes sí la requieren y utilizan los recursos en donde no son necesarios impidiendo que haya recursos mayores para beneficiar a quienes sí lo requieren. Las becas universales no favorecen la equidad.

“La segunda limitación es que las becas han probado su eficacia para mejorar el acceso y la permanencia escolar, y con ello la equidad en ambos rubros, pero no así en los aprendizajes, en la medida en que las instituciones a las que pueden asistir los alumnos no sufren las transformaciones necesarias para asegurarlos entre quienes lo requieren”, puntualiza.

En suma, añade Schmelkes del Valle, las becas tienen que ir acompañadas de mecanismos pedagógicos de inclusión educativa para que afecten la equidad en los aprendizajes, que en última instancia es lo que buscamos cuando hablamos del cumplimiento del derecho a la educación.

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