La paz no es la ausencia de conflicto, sino la resolución de este por todas las vías necesarias, sin recurrir a la agresión ni a la violencia. Su propósito es solventar cualquier problema o diferencia de la manera más armónica posible. Recordemos que la justicia no existe sin el perdón, y el perdón tiene sentido solo cuando es justo; así, la paz emana de la justicia.
México cuenta con tres hijos eximios galardonados con el Premio Nobel: Octavio Paz, en Literatura (1990); Mario Molina, en Química (1995); y nuestro personaje de hoy, Alfonso García Robles, Premio Nobel de la Paz (1982).
También podemos decir que el perdón es un recurso de la paz. Quizá la mayoría mantenga la esperanza en un mundo donde el perdón no sea necesario para alcanzar la armonía. Ese mundo, sin duda, sería muy distinto a este, porque aquí todo sucede por discordia, por oposición, por dualidad. El perdón no solo es imprescindible, sino muchas veces, impostergable.
Estoy convencido de que las afirmaciones anteriores son tan válidas para los pueblos como para los individuos. La historia de la humanidad —entre amor y serendipias— es la historia de un agresor y un agredido; aún hoy, sigue siendo así.
Creemos firmemente que hay individuos que no están en paz consigo mismos y desatan una guerra nuclear, atómica, en su interior, lo que inevitablemente, con el tiempo, se ve reflejado en algún padecimiento.
¿Cómo convencer a una población y a sus gobiernos del desarme necesario? Alfonso García Robles, originario de Zamora, Michoacán, nació un día como hoy en 1911. Su incansable labor a favor del desarme nuclear, impulsado a través del Tratado de Tlatelolco desde los años 50 del siglo pasado, lo hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 1982.
En esencia, el Tratado de Tlatelolco fue un acuerdo para evitar la autodestrucción mediante el uso de armamento nuclear. En esta región del mundo, las naciones latinoamericanas, pactaron no crear, almacenar ni difundir armas de este tipo.
El paleolítico a la luz de García Robles
En su discurso, al recibir el Premio Nobel de la Paz, el zamorano Alfonso García Robles citó al historiador y filósofo Arnold Toynbee, afirmando: “Ahora tenemos algo que realmente podría extinguir la vida en nuestro planeta. La humanidad no se ha encontrado en una situación similar desde el final del Paleolítico. De hecho, la amenaza a la supervivencia de la humanidad ha sido mucho mayor desde 1945 que durante el primer millón de años de historia”.
Aquí sostenemos que el agresor es siempre el más débil, y el agredido, el más fuerte; no por su capacidad destructiva si decidiera pasarse al lado del agresor, sino por la templanza y resiliencia con las que enfrenta el agravio.
Antonio Caso, a quien mencionamos en entregas anteriores, sostenía que la realización de dos grandes imperios europeos tuvo lugar en América: el imperio español y el de la Gran Bretaña.
No hay camino hacia la paz, la paz es el camino», decía Mahatma Gandhi. Alfonso García Robles es camarada y colega en la lucha por la paz junto a figuras como Gandhi, Malala, Rigoberta Menchú y la Madre Teresa de Calcuta.
El tiempo de las bombas de hidrógeno
García Robles, en 1982, consideraba aún más vigentes las advertencias de Einstein y Russell expresadas casi treinta años antes. Al respecto, afirmaba: “Se teme que, si se utilizan muchas bombas H, habrá una muerte universal, súbita solo para una minoría, pero para la mayoría, una lenta tortura de enfermedad y desintegración”.
“Proceder al desarme o enfrentarnos a la aniquilación” no era solo un lema, sino el temor de una generación. Para García Robles, además del desarme entre las naciones, la libre determinación y la no intervención eran principios fundamentales para garantizar la paz.
Lo otro, la otredad
En un mundo tan globalizado, ¿seguimos creyendo realmente en la libre determinación y la no intervención? ¿Dónde ubicamos la libre influencia, la era del fan y la hegemonía cultural? ¿Será que la paz, tanto entre individuos como entre naciones, se alcanza a través del amor que surge de la admiración y la fascinación por lo ajeno, lo excéntrico, lo extraño, aquello que no nos pertenece, pero resguardamos y valoramos?
¿Seremos alguna vez verdaderamente ciudadanos del mundo? ¿Conoceremos en esta vida el reino de los pronombres enlazados, donde ‘yo’ soy ‘tú’: ‘somos nosotros’, como escribiera Octavio Paz?
¿La paz, contiene como condición el reconocimiento pleno de lo otro? ¿Es más compleja que la guerra, requiriendo verdad, libertad, justicia y amor? ¿Cómo encuentra un individuo su paz? ¿Cómo la alcanza en medio de la guerra interna o externa o ambas?
¿Cómo es que, con la meditación, se dice que es posible evitar, retardar o incluso hacer retroceder ciertos padecimientos? ¿Y con el ejercicio, también? ¿Es el ejercicio una forma de meditación activa? Y, a todo esto, ¿la pelea puede ser paz? Finalmente, nuestro tema también está relacionado con una carrera.
La primera carrera por la paz contra la sustancia
El “contra” advierte el conflicto. La paz, lo allana. La sustancia, es nuestro enemigo. El boletín oficial, dice así: “En el marco de la campaña ‘El fentanilo te mata. Aléjate de las drogas, elige ser feliz’ el secretario de Educación Pública (SEP), Mario Delgado Carrillo, anunció que el próximo 30 de marzo se llevará a cabo la ‘Carrera por la Paz contra las Adicciones’, iniciativa impulsada por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Sobre Paseo de la Reforma, hermana rival de Paseo de la Castellana, se llevará a cabo —al estilo Planet Fitness— una caminata ligera, tranquila, de 2 kilómetros, y una carrera de 5 kilómetros, donde cada uno irá a su propio paso. ¿Los principales convocados? Los estudiantes de Educación Media Superior (EMS).
En la administración de Calderón, cuando los números de abandono escolar en la EMS se volvían preocupantes, la pregunta era lógica: ¿a dónde se van los jóvenes que abandona la escuela? ¿A la economía informal, al crimen organizado, a mirar la tele en el sofá de su casa?
Actividades como esta, no son la panacea, pero sin duda, son la pelea para conquistar la paz. Es hacer frente y dar la batalla. El impulso, el entusiasmo: la paz, dicen, empieza con una sonrisa; es la defensa de la alegría, de frente al abismo.

Héctor Martínez Rojas
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