Mucha gente no lee libros porque dice que son caros, y la demagogia de quienes dirigen las instituciones culturales del Estado utiliza esta falacia para colocar propaganda ideológica, en forma de folletos y libros, a bajo precio o regalados, aunque un folleto no sea un libro. Lo cierto es que los libros no son caros; lo que es caro es el gobierno y todo su costoso aparato burocrático para producir enormes tirajes de publicaciones que a nadie le interesan, salvo al propio gobierno. La gente no lee libros no porque sean caros, sino porque no los aprecia. “Sólo el necio confunde valor y precio”, sentenciaron Quevedo y Antonio Machado.
Un libro es caro cuando su precio se pone por encima de su valor. Una Coca-Cola es barata cuando su precio y el aprecio que se tienen por ella no se cuestionan. Se aprecian y se valoran los cigarrillos, pero no los libros. Los libros carecen de valor, porque lo que se privilegia en ellos es su precio. En México, el valor del libro, como dice Gabriel Zaid, es sólo simbólico. Hay libros cuyo precio es mucho menor que el de una cajetilla de cigarrillos y una Coca-Cola juntas. Que no nos engañen los demagogos de la cultura oficial con el alto precio de los libros para explicar la falta de lectura, y que la gente deje de hacerse tonta con esto, y no me refiero a los muy pobres que apenas si tienen para comer, sino a la clase media profesionista y a los acomodados que también dicen que no leen libros porque son caros.
La lectura autónoma es un derecho y no un deber. Sólo la lectura utilitaria es obligatoria, y pretender que la gente lea libros ideológicos sólo porque son regalados, tiene una explicación: al Estado y al gobierno no les interesa que la gente lea y se forme un espíritu crítico y un sentido de disenso, y hasta de subversión intelectual, respecto de verdades absolutas e ideologías preceptivas; por ello, cuando el Estado y el gobierno abaratan y regalan libros es porque se trata de su propia propaganda. El falso argumento de que el canon libresco es elitista y que, por ello, hay que darle a la gente “libros populares” es una sandez. Todo gran arte tiende al culmen, y su objetivo es elevar a las personas en inteligencia y sensibilidad; a diferencia de quienes afirman que “los libros deben ser bajados al ras del pueblo”.
Esta gente, muy común en los gobiernos, ignora lo que escribió Dostoievski en el Diario de un escritor. Dijo, con entera precisión, que no es lo mismo el arte y la literatura populares que el arte populista y la literatura de propaganda política que pretenden la aberración de “hacer popular al pueblo”. Son los funcionarios, “que creen saber lo que al pueblo le gusta y necesita”, los que deciden qué deben darle y qué debe leer ese pueblo “para su superación social” (mucho ojo: “social”), independientemente del valor artístico de lo que le den. Para Dostoievski, “el valor artístico en el escritor es el don de escribir bien”.
Tales funcionarios conocen al pueblo como tipología social a través de quienes son sus sirvientes; por ello, creen que lo importante es el tema y la intención, que coinciden con la pobreza o la ignorancia de ese pueblo tipificado del que tanto hablan y del que están muy lejos de conocer por obvias razones: la mayor parte ha vivido en la comodidad, jamás sufrió la pobreza, no asistió a escuelas públicas, no padeció hambre y, sin embargo, habla del pueblo asumiendo que a esa abstracción hay que “dirigirla hacia lo que le conviene”. En arte y literatura “para el pueblo”, consideran que no es tan importante el valor artístico como el mensaje político que, por lo demás, siempre está mal escrito. Toda la literatura de programa y toda la literatura de tesis carecen absolutamente de valor estético: su objetivo es ideológico.
Esto lo sabía hasta el “marxista” Eduardo del Río, mejor conocido como Rius, caricaturista y divulgador popular de la ciencia y la política, desde la izquierda. Cuando le pregunté: ¿crees que a los gobiernos les interesa realmente que la gente lea?, su respuesta no pudo ser más lapidaria: “Obviamente, no. Los gobiernos son felices con súbditos ignorantes”. ¿Qué es lo que sí les interesa a los gobiernos, según sean sus tendencias, ideologías y programas? Que la gente quede convencida de su propaganda, desde la tribuna o desde la escritura. Por eso publican en grandes tirajes “literatura” con la que coinciden y la ofrecen muy barata o regalada, echando por delante el falaz argumento de que la gente no lee porque los libros son muy caros. Pero por muy caros que sean los libros, son más caros los gobiernos que abaratan o regalan esa propaganda que no alienta, sino que anula, el conocimiento científico, el espíritu crítico y la sensibilidad artística de la ciudadanía.
Alto valor y bajo precio
¿Son caros los libros y sus elevados precios son la causa de que la gente no lea? Hay pruebas de lo contrario. Los mejores libros, los que han formado y transformado la realidad, y a la gente que hizo posible esa transformación, son baratísimos. Son libros de un muy alto valor y de un muy bajo precio. Pruebas al canto. La metamorfosis, de Franz Kafka, una de las obras maestras de la literatura universal, tiene ediciones, en México, desde 28 hasta 188 pesos, pasando por otras de 37, 42 y 45; sin faltar la edición de lujo, en pasta dura, de 311 pesos. El precio de la cajetilla de cigarrillos Marlboro rojo cuesta 86 pesos, y el precio del cigarrillo suelto por unidad, cuesta 7 pesos incluido el fuego. El precio de la Coca-Cola de 600 mililitros es de 18.50, y hay quienes se embuchacan, como Paco Ignacio Taibo 2, no sólo una de estas delicias, lo cual duplica, triplica o cuadruplica el precio. Ninguno de estos datos es objetable, porque ninguno es falso. Con los precios de una cajetilla de Marlboro rojo (86 pesos) y tres Coca-Colas de 18.50 (55.50 pesos), sumamos 141.50, pero la gente que fuma y que toma Coca-Colas dice que no lee porque los libros son muy caros, aunque con esta cantidad se pueda comprar, con unos pesitos más, las cuatro ediciones más económicas de la gran novela de Kafka (28+37+42+45), y quien, pobremente, consume una Coca-Cola de 18.50 y dos cigarrillos sueltos de 7 pesos cada uno (32.50 en total), podría comprar la edición más económica de La metamorfosis, de Kafka, y hasta le sobrarían 4.50, para cuatro caramelos de un peso cada uno (en una tienda miscelánea)… y le quedarían 50 centavos.
La gente con recursos económicos no lee libros porque no le gusta leer (es analfabeta funcional), y la gente de escasos recursos no lee libros porque éstos no son parte de sus necesidades básicas, aunque pueda gastar más dinero que en la edición más económica de un libro. ¿O qué creen los demagogos que encabezan las instituciones gubernamentales y que publican propaganda, en forma de libros o folletos, a precios bajos o regalados? Creen lo que se les da la gana, pero sin hacer siquiera un análisis elemental de mercado y de necesidades. Para un obrero de la construcción, una Coca-Cola de dos litros, que cuesta 36 pesos, es más importante que la edición más económica de La metamorfosis de Kafka (28 pesos) por dos simples y poderosas razones: porque la Coca-Cola (más medio kilogramos de tortillas y unos frijoles) le aporta las calorías necesarias para su desgastante labor y porque un libro, para él, que carece del hábito o del gusto de leer, no es un producto de primera necesidad.
Todo esto es consecuencia de una pésima educación que no alienta en nadie el gusto por la lectura libre y plural, además de una precariedad laboral que hace que los trabajadores expongan su vida y emigren a los Estados Unidos donde hoy los están deportando por millones. Y todavía el gobierno mexicano les da la categoría de héroes de la patria a quienes han abandonado, en México, la escuela y el trabajo mal pagado, y presume las remesas como un gran logro cuando en realidad es su más grande fracaso. En lugar de avergonzarse, lo vende como orgullo, del mismo modo que los funcionarios de la cultura venden como orgullo el hecho de que abaraten o regalen libros y folletos de propaganda que terminan en la basura.

Juan Domingo Argüelles
Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.
- Juan Domingo Argüelles
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