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La educación superior en la era de la volatilidad

Las instituciones de educación superior muestran lo que ocurre en la sociedad, y este reflejo actualmente muestra el desconcierto sobre el futuro que nos espera. ¿Qué pueden hacer las universidades?

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La incertidumbre del entorno actual afecta a alumnos y docentes.

La Unesco convocó, en sus instalaciones parisinas, el 2 de diciembre de 2025, un evento de reflexión denominado “La educación en la era de la volatilidad”. Los sinónimos de “incertidumbre” han ocupado un lugar creciente en la narrativa especializada en los pasados años, expresando el desconcierto y el estrés ante lo imprevisible. Esos sentimientos negativos han devenido inseparables de una cotidianeidad agónica que alimenta una vida institucional plagada de tropiezos, encrucijadas e inquietudes sobre el porvenir.

La Unesco distingue, entre los principales factores que provocan dicha volatilidad, a escala mundial, los tecnológicos, vinculados con la inteligencia artificial; los políticos, que remiten a una multiplicación de conflictos bélicos y a una geopolítica global en tenso reacomodo; los cognitivos, que implican capacidades de aprendizaje y adaptabilidad al manejo de riesgos diversos, como los de la desinformación. Sumados, ellos conforman el entorno VUCA (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad) recientemente renombrado BANI (según el acrónimo en inglés por fragilidad, ansiedad,  no linealidad  e  incomprensibilidad). Su solidificación y su expansión llevaron a exteriorizar nuevas exigencias respecto de los procesos de enseñanza. Condujeron a atribuir a escuelas y a universidades la responsabilidad de revisar sus dispositivos de aprendizaje para que los egresados puedan dilucidar incógnitas y demostrar habilidades en vez de repetir contenidos disciplinarios. Entre las competencias consideradas indispensables, destacan las de resiliencia, de adaptabilidad, de alfabetización digital y de aprendizaje continuo para situarse reflexivamente en un mundo complejo.

Desde principios de la década, los especialistas hicieron énfasis, en forma insistente, en que los sistemas educativos debían traspasar dichas competencias a alumnos y a estudiantes para asegurar la compatibilidad de sus perfiles con entornos profesionales y existenciales en mutación. De manera contradictoria, no obstante, no se interesaron tanto en lo que eso significaba para los educadores ni incidía en sus necesidades de capacitación, como actores organizados y correas de transferencia, es decir, como impulsores de cambios en instituciones renuentes a reformas que modifiquen sus equilibrios internos.

A la par, las instituciones de educación superior no han dejado de ser cajas de resonancia de lo que ocurre en la sociedad. Lo comprueban las manifestaciones estudiantiles de septiembre 2025 en contra de la violencia en los espacios universitarios, las movilizaciones exigiendo aclarar la desaparición, hace más de una década, de los 43 estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa, los cierres de facultades en establecimientos del país y las manifestaciones de malestar de los universitarios ante la reconformación de las profesiones, docente y académica.

Eso nos lleva a una evidencia: la era de la volatilidad no supone, ni mucho menos, abstraerse del contexto, sino situarse en un escenario de proyección que permita articular de donde se parte con a dónde se pretende llegar. Respecto de esa secuencia, México padece de miopía selectiva. Contrapone esquizofrénicamente discursos sobre lo que debería ser el sistema educativo público o lo que aspira a ser con lo que es. Hace unas cuantas semanas, la prensa publicó información sobre los resultados obtenidos por los alumnos de educación obligatoria en la prueba PISA en matemáticas, en ciencias y en lectoescritura… pero pareció que su pésimo desempeño, similar al de ocasiones anteriores, cayó en saco roto. No chistó casi nadie ante él, ni siquiera los universitarios que deploran, permanente —y amargamente—, las insatisfactorias competencias de los ingresantes a la educación superior. Ni se escandalizaron los que se enteraron ni abundaron las propuestas de remediación.

Es imposible negar la impredecibilidad del futuro. También lo es desestimar la predictibilidad del desastre que acecha, si, por poner la mira sólo en lo que se quisiera ser, en un universo paralelo o paradisiaco, se deja de tomar en cuenta lo que se es. Urge, en consecuencia, abocarse a optimizar las reducidísimas habilidades de los jóvenes, después de décadas de deterioro acumulado y de intentos fracasados para revertir el no-aprendizaje. ¿Cómo, con quiénes y con cuáles recursos? Son preguntas hasta ahora tan irresolutas como las concernientes a cómo remediar fallas y fomentar mejorías. Estamos ya a vuelta del año. ¿Qué se hará en 2026, además de formular buenos deseos de temporada? ¿Se seguirá poniendo parches en patas de palo o se empezará a atender problemas evitados, por ser su resolución compleja y trabajosa más que lucidora?

Sylvie Didou Aupetit
Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) | Web |  + posts

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