Recordamos al gran artista plástico chiapaneco, maestro de la cerámica conocido como “el alquimista del oro”
Conocí más en detalle la singular y ecléctica obra del artista plástico Rodolfo Disner (Huixtla, 1931-Tuxtla Gutiérrez, 2021) por mi dilecto amigo Roberto Villers, sólido académico con alma de artista y talentos varios que con sincera admiración ha promovido el legado de tan personal creador del bello Soconusco chiapaneco. Maestro en el manejo de la cerámica, el mosaico y otros materiales y técnicas que lo vinculan a una añeja tradición que se remonta hasta los artes asirio y minoico (en su mayoría sobre yeso, la fuente primaria de artistas revolucionarios como Matisse o Picasso, por ejemplo), el mismo Roberto fue uno de los primeros impulsores en su alma mater del más completo y hermoso libro que se ha hecho sobre el quehacer de un artista que supo hacer coincidir, con fortuna técnica y aliento poético, con vigoroso oficio y desplante lúdico, muy diversas herencias y tradiciones estéticas: El azar y la eternidad en la obra de Rodolfo Disner (UACH, 2012)
Y es que quizá sean precisamente el azar y la eternidad dos de las más visibles antípodas en la poética de un artista plástico cuya obra establece estrechas amarras con la identidad de un estado de muy ricas y diversas raíces y tradiciones, con tan exuberantes fauna y flora que sobrecogen los sentidos y superan cualquier desinhibido ejercicio de la imaginación. Si Eros y Thanatos han sido dos de las más visibles constantes en el arte desde siempre, en la obra de Disner aparecen de igual modo como las dos coordenadas que se multiplican en los temas más específicos que pueblan su multitonal obra donde el color y la luz parecieran desbordarse y fecundarlo todo, con presencia nodal de los cuatro elementos que la inteligencia meridiana de Gaston Bachelard supo reconocer como elementos esenciales ––en cuanto lo son de la vida–– de la propia creación artística.
Ya sean sus paisajes, ya sean sus marinas, ya sean sus confabularios de lo que Carpentier llamó lo “real-maravilloso”, ya sean sus máscaras y personajes de las mitologías occidentales y amerindias ––o mestizas––, ya sean sus símbolos de rituales de la tradición judeo-cristiana o pagana, la obra de Rodolfo Disner es tan mexicana y chiapaneca y huixtleca como universal, tan académica como popular, porque en su formación en San Carlos, de la mano de artistas de la talla de Luis Nishizawa (como su maestro, que tenía ascendencia japonesa, él la tenía rusa), entendió que el arte de verdad trasciende etiquetas, calificativos y fronteras. Siendo Premio Chiapas, sabido es que su estado lo propuso en varias ocasiones para el Premio Nacional, y los jurados tuvieron la pifia de clasificarlo en la categoría de “arte popular”, sin entender el valor estético de su ya muy definido quehacer de más de media centuria, quizá por el prejuicio de su notable presencia en el terreno de la cerámica en el que muchos otros importantes artistas han abonado de igual modo sin miramientos.
Conectado de igual manera con el arte naif de Rousseau, y el primitivismo de Gauguin, y el fauvismo de Matisse, y el denominado art brut de Dubuffet, entre otras herencias que notoriamente abrevaron en su obra, Rodolfo Disner evolucionó hacia una combinación siempre razonada del empleo de los elementos tradicionales y un rompimiento hasta cierto punto anárquico pero eficaz de los mismos. Incluso el empleo de los propios medios de la tradición popular en su caso es atravesado por el tamiz de la reflexión iconoclasta, en el entendido de que los artes moderno y contemporáneo se han edificado sobre la base de la ruptura crítica, porque su evolución se construye sobre el cruce de dos vías a la vez distantes y complementarias: la tradición y la originalidad. Bien dijo alguna vez el mismo Dalí que el arte no puede responder más que a su necesidad imperante de mirar hacia delante, aunque en ese avanzar se tenga continuamente que recapitular sobre lo hecho en el pasado.
El mismo Villers reflexiona en el arriba citado libro sobre cómo en el desbordado y hasta alucinante arte imaginativo de Disner llegan a manifestarse incluso rasgos de un siempre saludable humorismo que mucho contrasta con el predominante espíritu solemne y hasta lacrimoso de buena parte de nuestra tradición artística. Entre el trazo figurativo y el abstracto, y sin dejar de establecer nexos de igual modo con los “ismos” vanguardistas, el carácter juiciosamente dicharachero de muchas de las piezas en esta vena irreverentemente festiva (Mujer en el agua I o Conjunción Equina o La Mujer Pulpo, por ejemplo) responde en primera instancia al carácter transgresor de la propia metamorfosis como símbolo de libertad. Veo aquí notables coincidencias con otro gran artista de la mordacidad iconoclasta ––y lírica, por supuesto–– como el guerrerense Leonel Maciel, en ambos casos, por obvias razones de origen, con una presencia protagónica del mar.
Con la muerte del ya nonagenario Rodoldo Disner se ha ido el decano de la plástica en su entidad, donde con admiración se le conoce como “el alquimista del oro” o “el artista con fuego” (presentes de igual modo en su obra, y con agua y con tierra y con aire, parafraseando otra vez a Bachelard), y con su nutrido e influyente legado deja un vívido testimonio de quien a partir del empleo oficioso e inspirado de técnicas y materiales diversos, en prácticamente todos los formatos, concibió una obra palpitante y dinámica, con las siempre saludables búsqueda y experimentación como principios inagotables de toda creación estética. Como dijera mi querido Roberto, a quien de seguro se le ocurrió el acertado título referido, para el artista ha terminado el azar implícito en la vida y en la propia creación, y comenzado la eternidad de su recuerdo y de esa otra existencia a la que aspira ese “sentimiento oceánico” que Freud reconoció como principio de todo entramado religioso. ¡Descanse en paz!

Mario Saavedra
- Mario Saavedra
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