A la memoria de Edelmira Zúñiga
Aunque francés y nacido más de una década después de la muerte prematura de su compositor de cabecera (“Bien pudimos habernos conocido, si el destino nos lo hubiera permitido”), Henry-Louis de La Grange (París, 1924-Lonay, 2017) no solo fue el biógrafo por excelencia de Gustav Mahler (Kaliste, 1860-Viena, 1911); su vida y su obra se entrelazaron estrechamente con el destino de tan notable músico que consiguió descifrar a plenitud. A través de una trayectoria que abarcó más de cinco décadas, se convirtió en autoridad en el estudio del célebre compositor y director de orquesta austriaco, uniendo una pasión personal por su música con una labor académica rigurosa que transformó la percepción de Mahler, confiriéndole el lugar prominente que le corresponde en el canon de la música.
Si herederos directos de la impronta mahleriana como Arnold Schönberg y Alban Berg, como Bruno Walter y Otto Klemperer, o los más tardíos Leonard Bernstein y Maurice Abravanel, por citar solo algunos de sus más entusiastas defensores a ultranza, abrieron brecha para consumar lo que el propio compositor había presagiado no sin cierto dejo de pesar (“Mi tiempo llegará”), la obra de La Grange en la materia no fue menos persistente y significativa. Nacido en el corazón de la capital francesa, tuvo el privilegio de ser educado en un entorno culturalmente vibrante; su formación en humanidades y música (fue discípulo de la gran Nadia Boulanger), junto con su inmersión en el entorno multifacético de la posguerra, formaron las bases de una carrera que alternaría entre la crítica musical y la investigación académica.
Y la chispa que encendió su interés por Gustav Mahler fue un concierto celebratorio en el Carnegie Hall, donde pudo escuchar, en pleno ocaso de la Segunda Guerra Mundial, su Novena Sinfonía, nada más y nada menos que bajo la batuta del citado Bruno Walter al frente de la Filarmónica de Nueva York, la misma gran institución de prosapia que dirigió Mahler en el ocaso de su vida y con la cual alcanzó momentos memorables. En sus propias palabras, esta obra monumental, con su singular complejidad y belleza, detonaría una pasión que lo acompañó a lo largo de toda su vida, no sin tener que dejar de picar piedra a lo largo de un todavía largo y sinuoso camino en la materia.
La impronta de La Grange fue pionera en muchos aspectos, pues su notable biografía del célebre compositor y director de orquesta, publicada en múltiples volúmenes y traducida a varios idiomas, no solo se erige como la obra más completa sobre el músico de Kaliste, sino que también desafió las narrativas predeterminadas que rodeaban su vida y su música. Al documentar la vida de Mahler, el contexto cultural y las relaciones que lo influyeron, restauró un legado que había sido ensombrecido por su prematura muerte en 1911 y por las circunstancias sociopolíticas que la siguieron, donde un todavía imperante conservadurismo finisecular y las simientes de un mucho más recrudecido antisemitismo habían contribuido a sepultar tan importante como adelantado legado musical.
La convicción de Henry-Louis de La Grange en la universalidad de la música de Mahler fue uno de los motores de su labor, que convirtió en su pasión, en su apostolado. A través de conferencias, simposios y exposiciones, llevó su conocimiento a audiencias en todo el mundo, estableciendo un puente entre académicos y aficionados que ampliaron la comprensión y el aprecio de su obra, tras la formación de una cofradía que, desde la celebración del centenario de su natalicio en 1960, fue haciéndose cada vez más nutrida y ecléctica. Sus aportes no se limitaron a la escritura: su compromiso con la educación y la divulgación cultural transformó su trabajo en un esfuerzo comunitario por rescatar a Gustav Mahler de los márgenes, contribuyendo a ponerlo entonces en el centro de la escena, como le correspondía. Llegó a convertirse así en una de las cabezas más visibles en esta auténtica cruzada que todavía tuvo que remar contracorriente.
Un aspecto notable de su biografía es su amistad con Alma Mahler y su conexión con contemporáneos del compositor. A través de estas relaciones, La Grange no solo compiló materiales y testimonios, sino que también dio voz a una narrativa que incluía las complejas interacciones personales y artísticas que contextualizaron y definieron la vida de Mahler, influyendo en su propio proceso creador. Su archivo se convirtió en un recurso invaluable para estudiosos y amantes de la música, preservando no solo partituras de origen y extensiones y variaciones, sino también la esencia del entorno humano que dio forma a ellas. Él también comprendió la importancia de presentar la música de Mahler en su totalidad, con sus características sumarias y particulares, favoreciendo una comprensión más completa y clara de su obra tanto para especialistas como para un público melómano y admirador del legado mahleriano. Esto se reflejó en su trabajo, tanto académico como en su participación activa en festivales y series de conciertos, donde la música no solo se escuchaba, sino que también se discutía y contextualizaba, en beneficio de una mejor apreciación de su invaluable legado.
Su herencia como educador y difusor cultural no puede ser subestimada, inspirando a nuevas generaciones a explorar las experiencias humanas complejas a través de la música, porque la creación es una sobreelaborada adición de factores sumarios y hasta contradictorios. En este sentido, fue un continuador de lo hecho por sus predecesores, tras la huella del gran compositor y director de orquesta. La muerte de Henry-Louis de La Grange en 2017 marcó el final de una era dorada en el estudio de Gustav Mahler, pero su influencia creemos que continuará en otros apasionados y comprometidos gregarios de la causa. Su trabajo ha establecido un estándar en la biografía musical, combinando la erudición con una pasión palpable por el arte, porque la pasión, decía él mismo, es el único motor posible que impulsa el camino de la erudición y la sabiduría.

Mario Saavedra
- Mario Saavedra
- Mario Saavedra
- Mario Saavedra