“Sólo los filósofos pueden ser educadores».
—Antonio Caso
Enseñar es un acto fundacional, iniciático. Alumbra la caverna de oscurantismo con la que todas y todos llegamos al mundo. La docencia -se sabe- es la profesión de profesiones; todo médico, ingeniero, astronauta, química o arquitecta fue estudiante, profesionista en ciernes, animado e impulsado por una maestra o un maestro.
Las y los maestros además de ser herederos de los misioneros evangélicos, hoy en día son para millones de alumnos guías para su criterio, inspiran vocaciones, abren mundos, cultivan valores; siembran entre los alumnos la esperanza de un porvenir.
Podríamos seguir por el camino del elogio, rebasar el encomio hasta llegar a la franca adulación, pero le estaríamos dando así, la espalda a la realidad. Para ilustrar esta terrible idea, dos maestros, dos célebres mentores cuya escala fue la de un titán.
Arar el mar
El maestro de Coahuila, José Santos Valdés, pondera el peso de la escuela, y ubica sus coordenadas en la dinámica social cuando nos dice: «los periódicos, el cine, la radio, la televisión, el mal teatro, etc. son una lección diaria que repercute natural y obligadamente en la conciencia de la nación, y los maestros de banquillo son parte de esa conciencia».
De acuerdo, pero hay más: «El maestro tiene que predicar el amor al árbol; plantarlo, cantarle, decirle versos. Pero los que talan millones de hectáreas de bosques ganan millones y gozan de todo el respeto y el respaldo de la sociedad».
Aunado a lo anterior, se encuentra «la realidad sindical del magisterio», la cual impacta fundamentalmente en «la compra-venta de plazas… hasta el escamoteo de préstamos a corto plazo o de seguros de vida de los maestros muertos», dice Santos Valdés.
Otro célebre mentor, educador entre los educadores del mundo, Jaime Torres Bodet, dos veces secretario de Educación Pública en México, luego de su segunda oportunidad al frente de la política educativa nacional, apunta:
«Los dueños del porvenir de los pueblos continúan siendo los poderosos, los agresivos, los soberbios y los audaces. Por cada escuela que se construye, ¿cuántos cañones se forjan?, ¿cuántos aviones de bombardeo se proyectan y se producen?, ¿cuántas ametralladoras, cuántos cohetes y cuántas bombas atómicas se almacenan?… El símbolo de la posguerra no ha sido el hombre que siembra, sino el que cosecha —y el que atesora, con egoísmo, lo que cosecha».
Bodet, funcionario y poeta, complementa: «Nunca nos hemos sentido en mayor vecindad con la luna, ni más alejados de nuestra tierra y de la comprensión de los hombres que la cultivan humildemente. Nunca el progreso técnico estuvo en desproporción más flagrante con el proceso moral. La ciencia sirve a los fuertes. La cultura vive hasta el punto en que los fuertes quieren que viva. Y la justicia cierra los ojos».
Esos son tan sólo algunos de los avatares de la escuela, y algunos de los retos que enfrenta día con día el maestro. Ante este escenario la serenidad espiritual siempre nos ofrecerá su gozoso regazo. Para el cual, muchas veces, también se necesitan rabies, maestros. Para muestra, este par de Kōan:
Un monje preguntó:
— ¿Qué hace un maestro cuando no enseña?
El maestro respondió:
— Cuando no enseño, enseño.
Un visitante preguntó:
— ¿Qué enseñan aquí?
El maestro respondió:
— Nada.
— ¿Entonces por qué tantos discípulos?
— Porque nada es difícil de comprender.
Aunque este escenario puede parecer como arar en el mar, siempre será necesario plantarse con alegría ante la adversidad; no por nada, a las y los maestros se les identifica como profesionales de la esperanza.
En México, el Día del maestro se conmemora por mandato presidencial desde 1918, a todas y todos ellos, la más profunda de las gratitudes, el más sincero abrazo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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