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Favorecer el ruido, no la lectura

Muchas veces se le da valor a un libro —y a su autor— por aspectos que no tienen nada que ver con la calidad artística

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Las premiaciones pueden llegar a encumbrar a autores mediocres con resultados vergonzosos.

Fernando García Ramírez llevó a cabo una estupenda antología. De trescientos artículos, ensayos, poemas y traducciones, que ha publicado Gabriel Zaid en la revista Letras Libres, entre 1999 y 2025, seleccionó y prologó 35, en una propuesta de lectura de los diversos temas que el autor ha tratado con gran lucidez. Gabriel Zaid en Letras Libres (Debate, 2025) nos da la oportunidad de releer, articulados, esos textos que eligió el antólogo como una muestra de ese hombre de letras que, a sus 91 años, todavía sigue emprendiendo y escribiendo nuevos libros que afinando o aumentando las ediciones definitivas de otros.

Explica García Ramírez: “Agrupé sus textos por temas, siguiendo la clasificación que él mismo ha propuesto en sus libros. No está de más notar que los artículos que aparecieron por vez primera en Letras Libres, y luego se recogieron en forma de libro, fueron corregidos, aumentados, disminuidos, y en algunas ocasiones, fundidos con otros artículos”.

Los lectores que, como quien esto escribe, admiramos y respetamos la grandeza intelectual de Zaid (un despertador de conciencias), releemos con gratitud estos 35 textos que ahora componen un libro que a su vez nos remiten a otros libros, con la rara virtud de que los leemos como si fuese por primera vez, ya que nos revelan ideas y emociones que no experimentamos en lecturas anteriores. La buena literatura es siempre polifónica.

Por mi muy particular interés, me detengo, por enésima ocasión en “Organizados para no leer” (ensayo publicado originalmente en marzo de 1999). Para Zaid, el principio de la vida literaria no está en las tantas y tontas cosas que desvían nuestra atención de los libros mismos (la fama de los autores, los chismes, sus filias, sus fobias, sus amistades, la vida social que parece vida literaria pero que no es otra cosa que la muerte del libro, etcétera), sino en la acción misma de leer, cosa que cada día es una práctica más escasa incluso entre los que pertenecen al medio literario; ese medio que ya ni siquiera necesita leer los libros de sus amigos que reseña si da por sentado que son buenos (¿y cómo no habría de ser así?), y que espera que esa reseña sea retribuida con igual o mayor “generosidad”. A esto llamó alguna vez Zaid “la crítica literaria como una obra de caridad” y también, valga decirlo, como pago de favores que, como es obvio, corrompe la objetividad.

Para Gabriel Zaid, “el centro de la vida literaria está en leer, que es una actividad mental y solitaria, aunque puede vivirse como un diálogo, hasta con cierta animación corporal. José Vasconcelos habló de libros que se leen de pie; que nos mueven a hacer cosas, tomar notas, consultar un diccionario, ver el jardín con otros ojos. Compartir esa animación, hablar de la experiencia de leer, de lo que dice un libro y cómo lo dice, de lo que gusta o decepciona, hace más inteligente la vida social y personal”. Pero, como acota el autor, hay en las periferias de la cultura eso que suele denominarse “la vida literaria”, pero sin libros ni lectura. Los lectores que no frecuentan esa falsa “vida literaria” no están en la presentación de un libro porque, precisamente, están leyendo un libro o escribiendo o pensando sobre lo que desean escribir o leer. Además, sostiene Zaid, lo que importa en la presentación de un libro no es nunca el libro en sí, sino la presentación y, sobre todo, el autor al que hay que ir a saludar y adular, a decirle piropos inmerecidos que únicamente elevan el ego del autor si éste es muy bruto y si su ego es más alto que la calidad de su literatura. En la presentación de un libro, concluye Zaid, “lo importante es lo que dice el acto, no lo que dice el libro”.

Pero, en esa periferia de la cultura sin lectura, están los conectes, el clientelismo y el tráfico de influencias. Así, un editor institucional que no puede publicar su libro en la editorial donde trabaja, le publica un libro a un argentino, español o italiano acá en México, y esos extranjeros que son editores de instituciones allá en sus tierras o que saben cómo se corta el bacalao y cómo se reparten las cartas, corresponden al editor institucional mexicano publicándole en el extranjero. “¿Vida literaria?” No. Nada tiene que ver esto con la vida literaria que es leer, escribir y hasta publicar si es posible.

Por eso hay escritores “consagrados” a los que muy poca gente ha leído en realidad. No hace falta leerlos si tantas personas dicen que son magníficos, y hasta quienes apenas han oído sus nombres dicen que son excelentes. Este prejuicio favorables obra milagros cuando de leerlos se trata: se les lee para confirmar que son buenísimos, porque de otro modo, si se obrara con plena sinceridad, se sabría que se ha perdido el tiempo. Por ello, la sinceridad se anula, el juicio estético se pierde, la crítica se extingue y el lector que no había leído esa “obra maestra” y que, al leerla, llegó a parecerle una porquería, prefiere nadar siguiendo la corriente en la que van todos, no sólo para no parecer un estúpido, sino también porque es probable que llegue a creer, sinceramente, que si no comprendió la grandeza de esa obra mediocre es porque de plano es un imbécil y más le vale ocultarlo para no ser excluido del poder dominante de “la vida literaria”. Por ello, lo más sensato, concluye, es leer en el prestigio, en la fama, en la reputación, en la celebridad, pero no así en los libros. ¿Cómo podría ser malo el libro que el poder dominante de la academia o de “la vida literaria” encumbran?

Premiados “de oídas”
Por otra parte, hay buenos libros que se venden muy poco o casi nada, y libros pésimos (con buena publicidad, propaganda y padrinos) que se venden por decenas de miles. Lo problemático es que ni todos los libros que se venden poco son buenos, ni todos los libros que se venden muchísimos son malos. Tendríamos que traer a cuento una acotación de Augusto Monterroso, a propósito de este tema: un mal libro se publica, un buen libro también, y todos los autores creen que su libro es superior no ya digamos al de su compadre o al de su vecino, sino a los de Balzac, Stendhal, Flaubert, Tolstói, Baudelaire, ¡esas antiguallas que ya casi nadie lee! Y conste que ellos no pretendían escribir como esos “clásicos superados” (que ni siquiera han leído), sino como Murakami, Ian McEwan, Zizek y Mircea Cartarescu. Para cerrar la ironía, Monterroso diría: un libro bueno se vende, un libro malo, también.

Bien advierte Zaid que hasta en los concursos literarios que se conceden a la “gran trayectoria literaria”, suele votarse “de oídas”. Por ejemplo, cuando entre los candidatos al premio está aquel que “es un encanto en las cenas, sale en los periódicos y la televisión [y] tiene buen currículo (es decir: si otros jurados ya le dieron premios, distinciones y nombramientos, si me han hablado de sus muchas cualidades) […] los resultados pueden ser vergonzosos: ignorar obras valiosas que no fueron leídas; encumbrar a mediocres que no han sido leídos; multiplicar los intereses creados a favor del ruido, no de la lectura”.

Que yo sepa, Gabriel Zaid no ha cultivado el cuento, pero el siguiente párrafo de “Organizados para no leer” tiene todas las características para ser un cuento o apólogo sobre esa periferia de no lectores denominada “la vida literaria”. Me atrevo a intitular este cuento (perdóneme, don Gabriel) “La sociedad de los lectores muertos”, y dice así:

“Un perfecto mediocre, tesonero y simpático puede hacer la carrera señalada por Jules Renard (Journal). El primer premio se lo dieron porque ‘¡Pobre, no le han dado ninguno!’. El segundo, porque acaba de recibir el otro. El tercero, porque ya tenía dos. El cuarto, porque lo exigió. El quinto, porque, después de tantos premios, no darle éste llamaría la atención (se pensará que lo excluimos por razones ideológicas o prejuicios contra las minorías). El sexto, porque premiarlo se volvió costumbre. Los siguientes son una avalancha. La sociedad, las instituciones, el Estado se premian a sí mismos al reconocer a los monstruos sagrados”.

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones | Web |  + posts

Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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