Entre la publicidad, el cómic y el musical: Elvis, de Baz Luhrmann

El filme presenta de manera llamativa y vertginosa al personaje histórico, sin interesarse por el ser de carne y hueso

Luhrman logra acercar a las nuevas generaciones a la leyenda musical.

Realizador australiano de más bien escasa filmografía, Baz Luhrmann es autor de algunos de los mayores éxitos comerciales de la no siempre pareja cinematografía de su país. También ocasionalmente actor y guionista, en los noventa llamaría la atención desde su debut con la más bien intrascendente comedia romántica Strictly Ballroom y su no menos errática lectura actualizada del clásico shakespereano Romeo y Julieta, primeras dos paradas de una trilogía tras la consecución de una tan personal como abigarrada estética que concluyó con su más madura pero a veces desquiciante Moulin Rouge! ya del 2001.

En el ánimo de revivir en el cine los musicales de antaño, y si bien consigue momentos memorables, lo cierto es que Moulin Rouge! termina por morderse su propia cola tras el empleo desmedido de toda clase de excesos, en cuanto en su desarticulado carácter iconoclasta mezcla sin sentido ni responsabilidad —ni formal ni artística— pasado, presente y futuro, clásicos de la época —Offenbach, entre otros— y de la comedia musical moderna, con una mínima trama amorosa melodramática bastante predecible y esquematizada. En conclusión, nos remite al Luhrmann de su anterior </>Romeo y Julieta californiano, con más medios económicos y técnicos a su alcance, es cierto, pero igual una agobiante explosión de imágenes y colores sin ton ni son, ni tampoco una identidad musical propia, porque hay de todo un poco y a la vez de nada en concreto, con malabarísticos montajes de videoclip.

En ese mismo estilo apuntalado en el mundo de la publicidad, del cómic, de la atemporal comedia musical, y luego de un más pausado homenaje visual a su país natal con Australia, y de una tampoco del todo afortunada lectura del gran clásico de F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, Luhrmann vuelve a la escena con su reciente biopic Elvis (Austalia-Estados Unidos, 2022), en torno a la gran leyenda de Memphis del rock and roll. Fiel a un estilo de autor donde se involucra en todos los renglones, aquí cuenta al menos en su columna vertebral con una suma de hechos biográficos y anecdóticos que en cierto modo implicaron un chaleco en su hechura de todos modos recargada y de un ritmo trepidante que no nos permite detenernos en nada, porque es la firma megalómana del cineasta y en su cabeza burbujeantemente creativa todo corre sin freno y de prisa, como el mundo de hoy que él y nosotros habitamos.

Si bien la historia está contada desde la perspectiva de su representante, el polémico coronel Tom Parker a quien da vida un por primera vez quizá fuera de papel Tom Hanks, en muchos momentos irreconocible tras una no menos cargada y caricaturesca caracterización, lo cierto es que el villano no logra salvarse tras una al fin de cuentas maniquea y hasta simplista visión de las cosas y de la vida. Y es que lo visual y lo auditivo, en un todo donde predominan frenéticamente sobre una estructura dramática apenas esbozada en su contorno, delineada en su epidermis, como otro sello de la casa, logran si acaso mostrar apuntes para quienes conociendo más de la vida del ídolo y sus circunstancias resultan siendo apenas lugares comunes.

Y es que escrito a ocho manos, sin eufemismos, el guión para Elvis no refleja una autoría específica, porque, como en otros anteriores proyectos de este realizador australiano, funciona si acaso como guía para desarrollar un discurso enfáticamente visual que sólo reafirma la estética ya muy definida de su autor. En apariencia el sentido y la razón de ser, su causa y su efecto, la leyenda se convierte otra vez aquí —antes, por ejemplo, el Impresionismo, la Belle Époque y el emblemático Moulin Rouge parisino— en mero pretexto para desplegar una línea narrativa que en principio seduce y gusta, embelece, pero que me parece acaba debilitándose y cansando. En este sentido, hay fragmentos con los cuales se engolosina el realizador, a cambio de otros que apenas toca a vuelo de pájaro.

Tratando de encontrarle un sentido, se podría decir que el acabado visual y su sobreelaborado montaje cumplen una función metafórica al retratar la personalidad y la vertiginosa carrera de la estrella, pero como en el arte fondo es forma y viceversa, el querer cubrirlo todo en un limitado metraje no permite profundizar en nada. Aquí es justo reconocer el trabajo impecable de edición de Jonathan Redmond y Matt Villa, en favor de una poética que apuesta por atrapar los sentidos del espectador, porque tampoco hay espacio para reflexionar en algo en específico, en una tesis definida, que tampoco están en el interés del director. Se le agradece en cambio que no se detenga ni regodee en acontecimientos que pudieran ser alimento de la morbosidad.

Como era de esperarse conociendo la escasa filmografía de Luhrmann, no se encontrará en Elvis ningún momento de intimidad, ni de tratamiento austero, conforme su realizador suele apostar más bien por los llamados greatest hits, o momentos épicos, por lo que en su caso se está siempre frente al mito, al personaje histórico, sin interesarse por el ser de carne y hueso. El despliegue visual y musical está en sintonía entonces con ese personaje y esa época donde fue protagonista, en función de los recursos invertidos y a la vista de todos, siempre redituables. Finalmente nos quedamos con la sensación de que la gran historia sobre Elvis Presley, sobre el ser humano que vivió y sintió, que gozó y sufrió, que conquistó auditorios y fracasó en su intidad emocional, está todavía por contarse.

Con Elvis logra sin embargo Luhrmann acercar a las nuevas generaciones a la gran leyenda que pareciera no estar en su radar de intereses, pero con el que consigue se conecte al menos esporádicamente a partir de un atractivo discurso visual que en cambio sí se identifica en su ADN. Reconstruida la época con todo lujo detalles, con oficio, otro de sus atributos es el exhaustivo trabajo de preparación e inmersión en la piel del personaje hecho por el joven Austin Butler que se comprometió con el proyecto. Pero como suele sucederme con el cine de Baz Luhrmann, después de haber recibido —visto y oído— mucho y a raudales, termino con una sensación de vacío y de que me sigue faltando algo.

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Escritor, periodista, editor | Web

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