Cuando, después de viajar 23 horas en autobús, llegué al Distrito Federal, en 1972, a los catorce años, procedente del aún territorio federal de Quintana Roo, con las aspiraciones de estudiar la preparatoria e ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México (en Chetumal, mi ciudad natal, no había ni preparatoria ni universidad), llegué con una mano adelante y otra atrás. Mi familia era lo que le sigue a pobre, paupérrima, y yo recalé a la capital del país con una vieja maletita en la que traía unos cinco o seis libros y algunos trapos: camisas, pantalones, calzones, calcetines y un suéter, y en los bolsillos unos pocos pesos, juntados con mil esfuerzos familiares.
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