Recordamos el talento de quien fue cineasta, dibujante, pintor, escritor y un gran ser humano
Para Tihui Gutiérrez, solidariamente
El miércoles 27 de noviembre falleció Claudio Isaac (1957-2024), artista múltiple y hombre de gran talento, inteligencia y generosidad. Escritor, pintor y cineasta, hijo del también cineasta, caricaturista y pintor Alberto Isaac (1923-1998) y amigo de Luis Buñuel (el único niño que el cineasta y escritor español aceptaba tener en su cercanía).
En el cine, su ópera prima es Crónica íntima (1976) y uno de sus largometrajes más celebrados es El día que murió Pedro Infante (1984) que, como me dijo en 1999, fue subsidiado, en un 40 por ciento, por Jaime Sabines, sobre quien realizó el documental Algo sobre Jaime Sabines (1980), primero de una trilogía sobre grandes poetas mexicanos que lo apasionaron. A ese le seguirían Guadalupe Amor: un caso mitológico (1981) y Octavio Paz: el lenguaje de los árboles (1983). Para la UNAM y para otras instancias educativas y culturales llevó a cabo más de cincuenta documentales de escritores vivos (incluidos jóvenes) y fue autor de varios guiones cinematográficos. En 2014 volvió a Octavio Paz (Vida y obra de Octavio Paz: Cantar y contar), y, en 2017, retornó a Sabines, con la película documental Sin Dios y sin diablo: Jaime Sabines y sus lectores. Hijo de tigre, Claudio, desde muy niño, siguió a su padre en las filmaciones y aprendió de él, pero tomó su propio camino.
Como pintor fue precozmente espléndido. Era muy joven cuando su obra plástica ya estaba en galerías y exposiciones. Fue verdaderamente notable también en el dibujo y la ilustración. Y si su padre fue ceramista, Claudio pintó sobre piedras de río que transformaba en espléndidas obras de arte. En la literatura, debutó con la novela Alma húmeda: una fábula (1998), a la cual siguieron los libros memoriosos Luis Buñuel: a mediodía (2002) y Cenizas de mi padre (2007). Luego vendrían sus poemas reunidos (1993-2011), bajo el título Regreso al sueño (2011) y su novela El tercer deseo (2012), ilustrada maravillosamente por él. No le interesaron ni el dinero ni la fama. Su más profundo interés estuvo siempre en el saber, la cultura, los libros, la inteligencia, el amor, la amistad, el recuerdo y el dolor: la vida misma. El dinero, para él, fue simplemente el recurso necesario y básico para vivir y crear.
Muchos podemos creer que nuestros mejores amigos son seres de gran talento. De Claudio jamás tuve duda al respecto, y lo expresé siempre, pero, además, en esta certeza, nunca estuve solo. De su libro Luis Buñuel: a mediodía, Emilio García Riera dijo: “Estoy asombrado y conmovido. He leído mucho sobre Buñuel, pero no había visto retratado su carácter como aquí. Es el mejor, quizá el único retrato escrito vívido de Buñuel que he leído”. Sobre Cenizas de mi padre, Enrique Vila-Matas escribió con entusiasmo: “Libre y magnífico. Original en el tratamiento de un gran tema del que ningún escritor sale indemne”, en tanto que Eliseo Alberto fue categórico: “Es uno de los libros más conmovedores que he leído en toda mi vida”. Y de su pintura, Pete Hamill, editor del New York Times escribió: “Estuve estudiando detenidamente las pinturas y tuve la sensación de ahogarme en colorido y estados de ánimo, a la par de una presencia mágica más allá de los cuadros. Un trabajo espléndido”.
El ser humano y el artista: ética y estética
Goethe nos iluminó: tanto el amor como la amistad están destinados al fracaso si no se fundan en “las afinidades electivas”. Los amigos fraternos, casi hermanos, responden a esta definición goethiana en la que Claudio fue siempre consecuente. Las coincidencias y hasta las diferencias tenían para él un sentido de hermandad. Ajeno a la hipocresía, refractario a las formas infames del trato social convenenciero, fue lo que los clásicos denominan “un justo”. Sabía diferenciar entre las simples “amistades”, los previsibles “conocidos” y los auténticos amigos. Éstos, en especial, no se comportan desde una superioridad o preeminencia propia más de las jerarquías del poder que de la empatía y el afecto. No conozco a muchos que amen con tanta entrega a su pareja, y por eso él recibía lo mismo de quien lo acompañó por más de veinte años: Tihui Gutiérrez, ex primera bailarina de la Compañía Nacional de Danza de Bellas Artes y hoy maestra eminente de esa misma compañía. Hasta el último momento estuvo con él y nunca perdió la esperanza de arrebatárselo a la enfermedad. La agonía, en su etimología grecolatina, está emparentada con la angustia, pero literalmente significa “lucha”, “combate”. Él luchó, con ejemplar agonismo, y Tihui le tomaba fuertemente la mano y le suplicaba que no se rindiera. El 17 de noviembre, Tihui me dijo: “hoy es el día 36 de terapia intensiva; él sigue luchando y yo lo acompaño con toda la fuerza que tengo. Ayer fue nuestro aniversario: cumplimos veinte años juntos, y aquí seguimos: siempre juntos”.
En su ensayo Sobre el dolor, Ernst Jünger sentenció: “El dolor es una de esas llaves con que abrimos las puertas no sólo de lo más íntimo, sino, a la vez, del mundo”. En Claudio Isaac asombra la precocidad de la inteligencia literaria, aparejada a su oficio de lector también lúcidamente precoz. El 10 de enero de 1975 escribió en uno de sus cuadernos: “Quizás en el dolor reside la verdadera intensidad de la vida. La alegría nunca sería tan intensa”. Esto no quiere decir que Claudio viviera en el dolor, sino que sabía apreciar la alegría, intensamente, gracias a su contraste. Fue un consumado lector y un amante del conocimiento y el placer de la sensibilidad. Culto, en serio; sin jamás ostentarlo. La pedantería nunca fue lo suyo, y jamás cultivó ese repulsivo narcisismo que, desde hace tiempo, pero en especial hoy, es religión en los medios cultural, artístico y literario. Durante los casi 30 años que duró nuestra amistad (jamás fisurada por ningún malentendido, porque entre nosotros siempre prevaleció la sinceridad) conversamos mucho, y, luego, el auge de las herramientas digitales facilitó nuestros intercambios fraternos. Leerlo o escucharlo abría horizontes.
El 25 de marzo de 2020, cuando inició el confinamiento debido a la pandemia del covid-19, me escribió: “No entiendo lo pronto que desespera la gente por estar en casa. Le echan la culpa de la impaciencia a los muy jóvenes, pero los adultos están igual o peor, en la misma inercia enloquecida que les impide apreciar el silencio”. El 18 de junio reflexionó sobre otra certeza: “Pensar en el azar en referencia a una pareja o a un amigo, en los mecanismos para llegar a conocer a alguien que nos es fundamental, es motivo de celebración y con frecuencia de escalofrío: ¿qué hubiera sido de mí si no hubiera vuelto la mirada hacia un lado u otro? Lo importante es que, con el paso de los años, estamos más cerca”.
El 30 de mayo me contó sobre un libro que había descubierto en la casa de Octavio Paz: Fernando Pessoa: una fotobiografia (“que le encargué a mi papá en cuanto me enteré de que iba a ir a Portugal”). Lo describió a detalle, y puso énfasis en las últimas palabras del gran poeta portugués, escritas en el hospital, menos de 24 horas antes de morir: I know not what tomorrow will bring (29-11-1935); en traducción literal: no sé qué nos depare el futuro.
Y es obvio que nadie lo sabe, pero Claudio creyó en el futuro del ser humano íntimo, no en las masas o en “el pueblo”, esa categoría política con la que medran los demagogos. “No el pueblo, sino el ser humano, es el soberano”, escribió Jünger. Claudio lo hubiera firmado, porque coincide con un pensamiento de Hannah Arendt que ambos asumimos como divisa: “Nunca en mi vida he amado a ningún pueblo ni colectivo, ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni a la clase obrera, ni a nada semejante. En efecto, sólo amo a mis amigos y el único amor que conozco y en el que creo es el amor a las personas”.
Adiós, querido y admirado Claudio. Hasta pronto, mi hermano mayor.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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