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Volver a Sócrates: el retorno a la oralidad

El filósofo griego, en su aversión a la escritura, proponía un escepticismo a lo escrito que cobra importancia en la era de la "inteligencia" artificial

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Lo que más preocupaba a Sócrates de los libros era que la escritura debilitaba e incluso sustituía a la memoria.

El 24 de marzo de 1847, el joven Lev Tolstói (1828-1910) escribió en su Diario una recomendación para sí mismo (queda claro), pero que se convertiría en genial lección para todos: “Nunca busques en un libro si has olvidado algo, intenta recordarlo por ti mismo”. Y añadió: “obliga constantemente a tu inteligencia a trabajar con todo el vigor posible” (Diarios 1847-1894, edición y traducción de Selma Ancira, México, Era/Conaculta, 2001).

Sin revelarlo, el joven escritor estaba emulando a Sócrates quien, según revela Platón en uno de sus Diálogos (el magistral “Fedro”), consideraba a los libros como enemigos de la memoria. Por ello, él nunca escribió uno. Hay también en el gran filósofo, maestro de Platón, asesinado (no digamos la palabra “suicidio”) por las autoridades atenienses, en el 399 a. C., una enorme desconfianza hacia la palabra escrita, por considerar que las personas suelen tener la superstición de que todo lo escrito es verdadero, aceptándolo sin objetarlo ni examinarlo. Pero la mayor preocupación de Sócrates, en cuanto a los libros, era más perturbadora: la escritura debilitaba e incluso sustituía a la memoria, y es esto, exactamente, lo que está ocurriendo hoy con internet y con la mal denominada inteligencia artificial (IA), que no es inteligencia, y con el aprendizaje automático, que tampoco es aprendizaje.

Sócrates le refiere a Fedro lo siguiente, de una antigua tradición (cito de la traducción española de Patricio de Azcárate, Madrid, 1871): “Me contaron que cerca de Naucratis, en Egipto, hubo un Dios, llamado Teut, que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del ajedrez y de los dados, y, en fin, la escritura. El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y habitaba la gran ciudad del alto Egipto, que los griegos llaman Tebas egipcia, y que está bajo la protección del Dios que ellos llaman Ammon. Teut se presentó al rey y le manifestó las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era extenderlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura:

“¡Oh rey!, le dijo Teut, esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener. —Ingenioso Teut, respondió el rey […], padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes [a ella] todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño, abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender ‘muchas cosas sin maestros’, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida”.

Ante las tímidas reticencias de Fedro, Sócrates le recuerda a su interlocutor que los hombres de otro tiempo, en su sencillez, “consentían escuchar a una encina o a una piedra, con tal de que la piedra o la encina dijesen verdad”. Fedro, al ser reprendido, admite que es posible creer que el rey tebano tenía razón respecto de los daños que acarrearía la escritura para la memoria, y es cuando Sócrates aprovecha para decirle que quien cree que los caracteres le pueden dar alguna instrucción clara y sólida es un gran necio, pues ignora el oráculo de Ammon que sostiene que un escrito sólo es un medio para despertar reminiscencias de lo que ya se conoce, pero no de lo que se ignora. Concluye Sócrates que “los discursos escritos, al oírlos o leerlos, creéis que piensan, pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa”.

Sócrates le explica a Fedro que el único discurso que entrega saber es el “vivo y animado, al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro”. Lo extraordinario de todo esto es que Platón, su discípulo y amanuense, escribió el libro que Sócrates no quiso hacer, y fue así como sus palabras no se perdieron y llegaron hasta nosotros mediante esa obra monumental que lleva por título Diálogos. El discípulo desobedeció al maestro y, gracias a él, la sabiduría de Sócrates se conservó entre nosotros.

Mezcla de plagios
Con una frase lapidaria y socrática, Gabriel Zaid sintetizó la gran verdad que nos dejó el filósofo: “hay mucha gente que suele creer que sabe nada más porque tiene libros”. Pero hoy el problema se ha complicado porque ya ni siquiera se trata de libros, sino de un conglomerado de plagios que la inteligencia artificial ofrece a quienes, desde hace mucho, deseaban abandonar los libros para que una máquina parlante les resolviera todos los problemas de la información, el “saber” y el “conocimiento”, y, entre esos problemas, especialmente el de pensar, el de utilizar el cerebro para imaginar, crear y darle sentido al lenguaje con el propósito de estar en el camino de la verdad. Nada de esto le importa hoy a muchísima gente que todo lo resuelve con ChatGPT y los otros artilugios que, literalmente, le dicen al usuario que no importa que sea un zopenco, pues para eso están los dispositivos digitales: para tener una vida regalada, insustancial y vedada al asombro de encontrar algo que jamás les había pasado por el cerebro, aunque otros lo hayan encontrado antes que ellos.

Eurípides llamó a la escritura “el remedio contra el olvido”. En contra de este remedio, Tolstói, a los 18 años, se propuso no buscar en los libros lo olvidado, sino esforzarse por recordarlo, pues aunque los libros son maravillosos (y hubiera sido una gran pérdida que las lecciones de Sócrates se perdieran si no hubiese existido Platón), hoy la memoria y el pensamiento, y con ello la inteligencia y la imaginación, sufren la mayor amenaza que jamás hubiese imaginado el propio Sócrates: el hecho de delegar a la tecnología digital la respuesta instantánea a cualquier duda, al servicio de la holgazanería de quienes no sólo detestan los libros (impresos o no), sino la actividad de pensar, imaginar y crear.

Hace muchos años, Zaid afirmó lo siguiente, con su acostumbrada lucidez: “Ninguna persona debería recibir un título universitario (de cualquier especialidad) si no es capaz de escribir el resumen de un libro”. Hoy incluso esta recomendación, que era factible hace cinco décadas, ha perdido sentido. Cualquiera obtiene el resumen de un libro en menos de dos minutos si se lo solicita a ChatGPT para entregárselo a su maestro que lo calificará también con ChatGPT.

Por ello, lo único que nos queda hoy, como salvación, es volver a Sócrates con el retorno a la oralidad. Mi amigo, el Dr. Juan Carlos Ramírez-Pimienta, profesor-investigador de San Diego State University Imperial Valley, socráticamente proscribió los ensayos y reportes escritos de sus alumnos, en los cuales, me cuenta, encontraba hasta las huellas más torpes de la IA, que los alumnos ni siquiera se tomaban la molestia de eliminar, ¡porque tampoco leían los trabajos que entregaban! Volvió a la oralidad, como deberían hacerlo ya todos los profesores que todavía tienen el valor civil y la ética profesional de no depender de la IA. Con el retorno a la oralidad todos los alumnos tienen que esforzarse, y lo que saben y lo que no saben quedará exhibido en sus exposiciones… por muy tartamudos que sean.

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones | Web |  + posts

Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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