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Verdad y mentiras sobre la lectura

El placer de leer más allá de otra utilidad existe y lo disfrutan por igual justos y corruptos

De “la promoción de la lectura” se dice siempre, desde el poder, que es “nuestra asignatura pendiente”. Y esto lleva invariablemente a cosas previsibles: lo mismo a rollos pretenciosos que a ñoñeces, y a la falacia de que la gente no lee porque los libros son muy caros. Por eso, arguyen, hay que abaratarlos y regalarlos, aunque haya libros que no se leen ni regalados. De hecho, los que menos se leen son los libros regalados por el poder: ¡ideología encuadernada!

Nadie que no ame los libros, y que no disfrute leer, tiene noción alguna de cómo promover la lectura y conjugar favorablemente el verbo leer. El tópico “promoción y fomento de la lectura” se ha vuelto un cliché a la moda y una moneda ya muy gastada de tan sobada que está en los discursos políticos que se pretenden culturales. Sirve para pararse el cuello, nada más, y “ennoblece” a cualquiera, hasta al diputado analfabeto que llega a dormir a su curul y sólo levanta la mano cuando se trata de aprobar las iniciativas del sacro ejecutivo.

“Promoción y fomento de la lectura” se ha convertido en una expresión que, a fuerza de demagogia, asegura “emancipar” a la gente, ¡aunque le tutele lo que lee! Y, claro, se lee en libertad (¡ni modo que no!), en tanto no se viva en Cuba o en Corea del Norte. Pero los ideólogos de esa “lectura en libertad” trovan las de Carlos Puebla (“hasta siempre, comandante”) y Ramón Veloz (“un Fidel que vibra en la montaña”) y tararean “¡qué linda es Cuba!”, pero no son tan tontos como para ir a vivir allá. ¡Ni que estuvieran locos!

Acá en el capitalismo están más que mejor, y hacen como que no oyen cuando Caetano Veloso los exhibe: “Soy un artista. Mis palabras son: creación y libertad. Si no me someto al poderío norteamericano, tampoco acepto órdenes de dictadores. […] Fidel [Castro] nos debe explicaciones respecto a su identificación con los Estados policiales que generó el comunismo. Hoy toda la izquierda hace silencio sobre Corea del Norte, como se silenciaba sobre la Unión Soviética en mi juventud”. ¿Y qué hacen los procastristas y proguevaristas y admiradores incondiciona-les de la dictadura cubana, que antes escuchaban a Caetano Veloso? Muy sencillo: ¡lo dejan de escuchar! Prefieren seguir viviendo de la mentira que abrir sus oídos a la verdad. Y siguen tarareando “¡qué linda es Cuba!”.

Hoy los que conducen los programas de edición, promoción y fomento de la lectura admiran el saber de los comprometidos universitarios no tanto porque llevaran libros en las manos, sino porque portaban pistolas, granadas y metralletas. Lamentan que lo único malo de su “revolución” es que se produjera sin balazos y sin fusilamientos. ¡Todos querían ser el “Che”!, la “selectiva y fría máquina de matar”, pero no hubo paredones.

Aseguran que, hoy, en México, de las universidades egresan, en general, arribistas, aspiracionistas, neoliberales y conservadores. En cambio, en los años ochenta, de las universidades peruanas, por ejemplo, salieron los ejemplares “universitarios preocupados por el pueblo” que fundaron organizaciones tan hermosas como Sendero Luminoso, cuyo solaz y placer no estaba en la lectura (aunque su cabecilla leía libros para intensamente discutirlos), sino en el odio: una pandilla de criminales que asesinó a más de once mil personas entre las cuales había de todo: campesinos, autoridades locales, dirigentes comunales, dirigentes populares, militantes de partidos políticos, maestros, profesionistas en general, policías y miembros de las fuerzas armadas, por supuesto, pero también religiosos y amas de casa, y en las masacres que se llevaron a cabo con la guía revolucionaria del “Presidente Gonzalo” (alias del profesor universitario de filosofía Abimael Guzmán) en aquellas comunidades que se habían organizado para la autodefensa, acababan con todos, incluidos ancianos y niños a quienes mutilaban, desmembraban y decapitaban, en nombre de la “liberación social”, con una crueldad tal que desmiente la ñoñez de quienes dicen, hoy también, al igual que ayer, que quienes leen libros no pueden empuñar una piedra para partirle el cráneo a un indefenso. No consta que Caín leyese libros, pero, en todo caso, Abel nunca se preguntó nada al respecto.

Semejante al rencor social, el resentimiento no es una pasión inocente. El resentido es un ser peligroso que no busca quién se la hizo, sino quién se la pague. Gente que ha pasado por la universidad y ha alcanzado los más altos grados académicos, vive resentida, en lugar de disfrutar el saber y gozar el descubrimiento de algo: condena el placer por considerarlo un lujo burgués, tal como el tristemente célebre Abimael Guzmán, reciente difunto que se autonombraba en su megalomanía asesina “la Cuarta Espada del Comunismo”: después de las de Karl Marx, Lenin y Mao, argüía, aunque Marx jamás haya blandido espada alguna.

Esto pasa con los frígidos, con los que no disfrutan la cultura, con quienes no gozan con el conocimiento, con quienes no experimentan placer si no es ocasionando el dolor de los demás. Es el “odio puro” que proclamaba el otro matón que pasó por la universidad: Ernesto Guevara, alias el “Che”, tan idolatrado por funcionarios culturales y “científicos” mexicanos (¡y hasta por el máximo organismo nacional de derechos humanos!). Si las frases llenas de odio del “Che” Guevara revelan su catadura criminal y homicida, no revelan menos esta misma personalidad destructiva y maligna las confesiones del fundador de Sendero Luminoso, que se proclamaba “marxista” y a quien sus compañeros de la universidad de Arequipa, donde estudió derecho y filosofía, lo describen como “tímido, disciplinado, obsesivo y ascético”. Ascético, sí; es decir, sobrio, casto y puro, casi un santo. Pero detrás de este asceta se escondía un monstruo de maldad, muy parecido al “Che”. En Argentina suele decirse: “Tengo una remera del Che, pero no sé por qué. En efecto, en todo el mundo, hay gente con camisetas del Che: es casi una marca comercial desprovista de historia.

Hay un placer de leer, más allá de la utilidad práctica de lo leído, y quien no siente placer al leer ni experimenta gozo en la adquisición del conocimiento es alguien que, como escribiera Ricardo Garibay, ha venido a este mundo a hacer únicamente sus necesidades fisiológicas básicas (aunque Garibay lo dice más crudamente). A quien no siente ningún placer con los libros, Marcel Proust lo describe del siguiente modo: “Para él, el libro no es el ángel que se vuela justo después de haber abierto las puertas del jardín celeste, sino un ídolo inmóvil, a ser adorado por sí mismo, que, en lugar de recibir una dignidad verdadera de los pensamientos que despierta, comunica una distinción facticia a todo aquello que lo rodea”.

Es el tipo de gente que llegó a la conclusión de que la lectura y todo conocimiento sólo debe servir “para emanciparse”. Y, claro, de tanto querer emanciparse, acaba emancipándose de sus neuronas, y la inteligencia se le vacía. Es quien puede, en nombre de la libertad y de la patria lapidar, en “juicios populares” a los que considera enemigos de la sociedad. Estas son las “virtudes” que ostentan hoy varios de los que promueven la lectura: sus idolatrías que van del “Che” a Abimael Guzmán, de Stalin a Mao, de Robespierre a Pol Pot, todos con una larga cauda de muertos a los que no prestan atención. Los genocidas Stalin y Mao, en cifras de asesinatos, superan, cada uno, al atroz genocida Hitler.

A lo largo de más de medio siglo he oído decir a tanto bribón “revolucionario” que leer libros nos hace buenos y libres que, por más que lo intento, no me sorprende que algunos de esos bribones ocupen hoy puestos públicos para “enaltecer” la lectura, dedicándose a repetir esta mentira poniéndose, obviamente, ellos como ejemplos, y enarbolando las banderas de “¡Viva la muerte!” cuando pregonan que viva la lectura.

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