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Utopía y memoria, un florilegio

Como bien señalaba León Portilla, lo que podemos saber sobre nosotros se halla en nuestra propia propia memoria

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“Recordar”, etimológicamente, significa volver a pasar por el corazón.

Sin la palabra, sin la escritura de libros, no hay historia, no hay concepto de humanidad.
—H. Hesse

“Soy mi memoria”, dice León Portilla. Iremos más allá, pero iremos por partes. Portilla dice: escribo esto desde los 93 años; en promedio, he vivido más que el resto. El erudito y gran historiador mexicano nació un 22 de febrero de 1926, por lo cual le dedicamos este breviario al interior de este florilegio cultural.

Gran parte de nuestras “recordaciones”, como les llama León-Portilla, suelen ser borrosas, como la pintura de Renoir o de Van Gogh; requiere un esfuerzo especial meterlas en foco, aclararlas para darles nitidez. Es esto lo que hace el historiador para darnos cuenta de un pasado, ya sea inmediato o remoto.

Los caballeros defienden al rey cuando son parte de la corte y, como buen guardián de la memoria, León-Portilla dice: “soy mi memoria”, y nos cuenta lo que supo y lo que pasó para saber. La expresión no es menor: memoria es identidad. Portilla lo asegura del siguiente modo en su obra póstuma:

“Es esta una expresión que, sonando retórica, es cierta. Los humanos creemos conocer quiénes somos, pero, si bien se mira, lo que podemos saber sobre nosotros se halla en la propia memoria. Gracias a ella sabemos cuándo y dónde nacimos, quiénes fueron nuestros padres y hermanos. Es la memoria la que da sentido a nuestro yo y le ayuda a presentarse ante los otros”.

De acuerdo con Castaneda, los toltecas usaban la “recapitulación” como técnica para liberar energía de experiencias pasadas, una forma de viajar en el tiempo para modificar el saldo que dejó en nosotros algún evento en particular.

Sin proponerse el desarrollo de esta técnica o el uso de esta herramienta, quienes nos comparten sus memorias, al momento de escribirlas, desarrollan sin intención esta recapitulación tolteca. Sabemos que “recordar”, etimológicamente, significa volver a pasar por el corazón, tarea que nunca es sencilla.

A nosotros, como lectores, las memorias siempre nos ofrecen una ruta de navegación: un mapa, un aviso o una advertencia; una pintura que ha sobrevivido al tiempo; el testimonio de una perspectiva que gozó y sufrió la vida. Recordemos leyendo a ese gran corazón que fue el maestro León-Portilla.

Otro hallazgo sobre la memoria
Durante algún tiempo me intrigó —casi de forma obsesiva— encontrar el discurso íntegro que escandalizó a los miembros de la Academia de Letrán pronunciado por el joven Ignacio Ramírez. Nunca lo encontré.

Hasta hace algunos días solo tenía como pista que tal discurso no existía, porque el joven Nigromante (aún no lo llamaban así) lo había escrito técnicamente en servilletas, trozos de papel corrugado y volantes publicitarios.

Para recapitular, según los toltecas, se tiene que hacer una lista de las personas más significativas en nuestras vidas y recordar aquello que vivimos con ellas. Así lo hizo el poeta Guillermo Prieto, quien en “Memoria de mis tiempos” da cuenta de ese afamado discurso y confirma nuestras escuetas pistas.

A los 19 años, Ignacio Ramírez era un joven genio y docto; la frase con la que empezó aquel mítico discurso —“No hay Dios, los seres de la naturaleza se sustentan por sí mismos”— fue solo un buscapiés para encender la atención de sus sinodales y mostrar su erudición en distintos campos de conocimiento, donde, como corolario, cada frase afirmaba la mano del Creador, aun en apuntes hechos en servilletas recicladas.

El poeta Guillermo Prieto lo recuerda de este modo: “En el auditorio reinaba un silencio profundo. Ramírez sacó del bolsillo del costado, un puño de papeles de todos tamaños y colores; algunos, impresos por un lado, otros en tiras como recortes de molde de vestido, y avisos de toros o de teatro. Arregló aquella baraja, y leyó con voz segura e insolente el título, que decía: No hay Dios.

“El estallido inesperado de una bomba, la aparición de un monstruo, el derrumbe estrepitoso del techo, no hubieran producido mayor conmoción. Se levantó un clamor rabioso que se disolvió en altercados y disputas. Ramirez veía todo aquello con despreciativa inmovilidad”.

Ese discurso, según Guillermo Prieto, fue como una “excursión al infinito por senderos sembrados de soles”. Al menos por ahora, para mí, es un alivio saber la causa de su extravío.

Una ventana a la utopía
La etimología de la palabra utopía se refiere a un “no lugar”; es el sitio sin sitio. Hace unos días, la máxima casa de estudios del país dio a conocer una investigación sobre el consumo cultural entre los jóvenes bachilleres que cursan su educación en las escuelas y colegios adscritos a la Universidad Nacional: las ENP y los CCH, respectivamente.

El estudio incluye las expresiones culturales que se dan en los medios digitales; se trata de un estudio socioantropológico denominado “Cultura: ¿qué es, dónde vive y cómo se consume?”, presentado a inicios de este mes de febrero.

Esta investigación incluyó a casi 3 mil jóvenes y se presentó en el Centro Cultural Universitario; desde ahí, sus autores reconocieron el espacio digital como “un territorio”; es decir, desde su perspectiva, las pantallas se han convertido en obra y museo al mismo tiempo. Un territorio, un lugar “sin lugar”, o bien, un “no lugar”.

Siguiendo esta premisa, podríamos decir que, si internet fuera un país, sería uno con cerca de 6 mil millones de habitantes. Cuestionada sobre el tema, la IA nos arroja una sentencia llamativa y paradójica: “El diálogo más ruidoso de nuestra época ocurre en un espacio que no tiene mundo… y es el espacio más habitado del siglo XXI.

“Quizá la utopía ya no sea el buen lugar —a lo Moro— sino el lugar simultáneo… [o bien] una ilusión de lugar… un no-lugar que se habita sin geografía”, ese territorio ubicuo donde todas las voces caben, aunque solo resuenan las que dicta el algoritmo.

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA | Web |  + posts

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