Mientras continúa la necesidad de estar en aislamiento, mantengamos el alma serena
Luego de pasar, en un año, por dos infecciones de Covid, me daba curiosidad como reaccionaría mi organismo ante un resfriado común, esa curiosidad se me ha quitado. Gracias a Dios, Todo bien. Pero que temor estornudar en tiempos de pandemia. La cuarentena, el confinamiento, por extenso que nos haya parecido, se nos vuelve a presentar como necesario. Guardar cama y leer, en esta ocasión a Emerson, coincidir profundamente con ciertas ideas que aquí apunto.
El destino, lo preestablecido. Un toque invisible nos enferma, ¿dónde lo encontramos? ¿De qué etérea forma, con qué propósito? Un falso negativo en la prueba y preguntar, ¿de quién se esconde? “No en vano, un rostro, un carácter, un hecho, le causan una honda impresión, y otros, en cambio, ninguna. Y todo ello no adoptaría una forma en la memoria si no hubiera una armonía preestablecida. El ojo se situó donde un rayo de luz había de caer con el fin de dar testimonio de ese instante”. Y así es Todo en el mundo.
Todo es perfecto, sincrónico. Dos segundos antes, tres segundos después; un paso atrás, dos adelante no sucede la tragedia o el milagro del mundo. Todo tiene ya un cálculo. Un toque invisible nos salva, nos da vida, victoria y palabra. Emerson dice “el gran hombre es aquel que, en medio de la multitud, mantiene con impecable dulzura la independencia de la soledad”.
Cuando la soledad deja de ser aislamiento para convertirse en conexión, encuentro, reencuentro con la red original que nos une, viene ese momento “en la formación de todo hombre en que se llega al convencimiento de que la envidia es ignorancia… Por familiar que nos resulte la voz de la mente que nos habla, la alta estima en que tenemos a Moisés, Platón y Milton se debe a que hicieron caso omiso de los libros y las tradiciones, y se expresaron con sus propias palabras, no con las palabras de los demás”.
La abundancia de citas es intencional, únicamente para el deleite de las paradojas. “Un hombre debería aprender a detectar y contemplar ese relámpago de luz que le atraviesa la mente desde el interior de sí mismo, más resplandeciente que el brillo que dejaron en el firmamento los bardos y los sabios que le han precedido”.
Admonición
A veces accedemos a las fibras del orden, y consentimos como pasado y futuro se entrelazan, se entremezclan; entonces se entiende bien “cuando un espíritu es sencillo y recibe la sabiduría divina, todo lo antiguo se desvanece: medios, profesores y textos se derrumban. Esa sabiduría vive en el ahora, absorbiendo pasado y futuro en el instante”.
Aquí y ahora (como siempre) “lo único que me concierne es lo que debo hacer, no lo que la gente crea que debo hacer. En esta máxima, tan difícil en la vida práctica como en la intelectual, reside la entera distinción entre grandeza y mediocridad. Es la más ardua porque siempre encontrarás a aquellos que creen saber mejor que tú en qué consiste tu deber”, la fabulosa admonición de Emerson.
De la serenidad del alma
En el encierro, esa forma tosca de llamar al confinamiento, necesariamente buscamos calma, de acuerdo con Emerson, cuando el alma está serena “no es distinta de las cosas, del espacio, la luz, el tiempo, el hombre, sino que es una sola junto con todo ello, y procede obviamente de la misma fuente de la que emanan su vida y su ser”.
Tibetanas formas de decir las cosas, pero uno no necesita ascender el Himalaya para ser su propio sherpa o encontrar aquellos versos del medioevo tardío, como los de “La fortuna del hombre honesto” del británico Fletcher, los cuales nos recuerdan como:
El hombre es su propia estrella, y el alma
que puede hacerle honesto y cumplido
rige en todo su luz, influencia y destino;
y para ella nada llega ayer o mañana.
Nuestros actos son, buenos o malos,
sombras que nos acompañan en el camino.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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