21 Aniversario
Este filme, criticado por su retrato de una de las figuras históricas más abordadas por el cine, demuestra que el arte no tiene la obligación de ser una lección de historia
Siempre que un hecho artístico despierta una polémica a su alrededor, pareciera que los involucrados no han considerado que se convierte en una campaña publicitaria en su favor, conforme inexcusablemente el interés del público por él se acrecienta. Ese ha sido el caso, como muchos otros, de la más reciente película del reconocido y multipremiado realizador inglés Ridley Scott, Napoleón, y la controversia se ha tornado mucho más notoria porque se trata de un británico tratando a un icónico personaje ítalo-francés entonces conflictuado con Inglaterra.
Como suele suceder en estos casos, sobre todo los progalos más conservadores han arremetido despiadada y excesivamente contra el realizador inglés que tampoco se inmuta, tachándolo de irreverente y hasta mentiroso, de maniqueo, cuando la Historia misma que suelen escribir los “vencedores” de igual modo suele serlo y lejos está aun ella, en su condición de “ciencia social”, de poseer la “verdad absoluta”. Lo cierto es que tampoco es para tanto, porque el mismo Napoleón es uno de esos personajes históricos de quienes más se ha escrito y discutido en los más diversos ámbitos, y esos distintos documentos y disertaciones sobre el ser y sus circunstancias, parafraseando a Ortega y Gasset, se han dado muy distintas aristas del individuo y su contexto.
Uno de los personajes igualmente más documentados en el séptimo arte, desde el clásico mudo del francés Abel Gance de 1927, de Napoleón tenemos una muy amplia iconografía, y ninguna de esas perspectivas resulta más cierta o engañosa que las otras, siendo todas ellas más bien complementarias para reconocer y entender a un personaje tan poliédrico como complejo. Y en un mundo cada vez más distante de los libros y de la lectura, más visual, más allá de los enterados y especialistas, todos estos distintos enfoques del personaje contribuyen, en mayor o menor medida, con más o menor acierto, a desentrañar las incógnitas en derredor no sólo del ser marmóreo que suele proporcionarnos la historiografía, sino del individuo de carne y hueso que igual tuvo, como cualquier otro mortal, venturas y miserias, aciertos y errores, conquistas y derrotas, alegrías y sufrimientos, atisbos unos de luz y otros de sombra. “La verdad de las mentiras”, parafraseando a Vargas Llosa, todo acercamiento artístico, más o menos engañoso, más o menos subjetivo, contribuye a humanizar esa figura más bien fría y estática que suele habitar los documentos biográficos y sobre todo históricos, quizá precisamente porque en su naturaleza no está ambicionar “la objetividad” que tampoco es cierto que exista en “estado puro”.
La propia crítica cinematográfica ha contribuido a ampliar esta polémica al situarse preferentemente entre quienes condenan o quienes defienden el Napoleónde Ridley Scott, y en ambos casos valdría la pena decir que cabe algo de verdad, así, con minúsculas, porque nuestras opciones resultarán siempre sesgadas y subjetivas. Mi muy estimado y admirado colega Roberto Villarreal ha dicho de este Napoleón que “es una película fallida que nadie debe perderse”, y los errores y hallazgos a los que él se refiere tienen que ver más con lo estrictamente cinematográfico, estando de acuerdo con él en que el guión pareciera inacabado y no termina por dar en el blanco al construir un retrato aquí inconcluso del personaje y de las propias circunstancias en derredor de él. En cambio nos ofrece un producto visual deslumbrante y pletórico de matices, con todo el sello de la casa, recordándonos así otras grandes producciones scottianas que ya se encuentran entre lo mejor de la cinematografía mundial.
Los dimes y diretes en torno a la confiabilidad de lo mostrado por Scott en su retrato de Napoleón y de su época me parecen excesivos, fuera de lugar, porque el arte no está obligado a contar la historia con puntos y señales, eso que lo hagan la propia Historia y en todo caso los biógrafos, y en materia visual, acaso los documentalistas. Que está más o menos apegado a la historia, que se acerca o se distancia de ella, no es algo que a mí en lo particular me importara mucho cuando leí La guerra y la paz de Tolstoi —ahí figura un Napoleón megalómano, invasor y expansionista, como todo cabeza de un imperio, como el pensado por Beethoven cuando decidió tachar, indignado, la dedicatoria de su Tercera Sinfonía “Heroica” a quien creía defensor a ultranza de la Revolución Francesa y en su ambición la había traicionado al autoerigirse emperador—, o Las memorias de Adriano de Yourcenar, o El general en su laberinto de García Márquez, entre otros muchos célebres ejemplos.
Uno de sus actores predilectos, no sé si la elección de Joaquin Phoenix haya sido la mejor para encarnar al famoso corzo, o la de la hermosa Vanessa Kirby para dar vida a la aquí neurálgica Josefina —las cartas han dado materia para urdir parte de esta intensa trama emocional—, si bien a los dos no se les puede achacar nada en su profesional e impecable trabajo histriónico. Más allá de licencias y libertades más o menos escandalosas para los historiadores, de abusos más o menos maniqueos como la propia Historia suele tenerlos, me quedo con la grandilocuencia del discurso visual sobre todo impactante en la ambientación de las batallas (Austerlitz, Borodinó, Waterloo), en la también no siempre precisa reproducción de época, en la supongo no menos licenciosa —a quien le consta, en todo caso, lo hecho y dicho en la intimidad— humanización de los personajes y de la crisis revolucionaria que llevó al propio ascenso de Napoleón, con la maestría y el oficio de un realizador que ya tiene un lugar indiscutible en la “historia” del séptimo arte. El gran maestro octogenario bien puede darse la libertad de equivocarse, como la propia Historia lo ha hecho en su consignación no siempre precisa y apegada a los hechos, sin que ello tampoco haya cambiado el curso del mundo. ¡Tampoco es para tanto!

Mario Saavedra
Actor —protagonista de Crónica roja, de Fernando Vallejo, papel por el que obtuvo una Diosa de Plata—, es autor de varios libros y colaborador del Suplemento Campus y de otros medios culturales. Ha sido editor, funcionario cultural, docente universitario y gestor cultural.
- Mario Saavedra
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