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Shakespeare, O´Farrell y Zhao: Entre Hamnet y Hamlet

La directora Chloé Zhao transforma la historia de Maggie O´Farrell en una su obra monumental sobre el escritor británico

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Jessie Buckley y Paul Mescal ofrecen actuaciones al nivel de la esencia dramática necesaria.

Apasionado de la magnánima obra dramática y poética y de la figura del tan inglés como universal William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, 1564-1616), de las cuales de la primera se ha escrito a raudales y de la segunda se sabe con certeza tan poco, en cuanto me enteré de la reciente película Hamnet (Estados Unidos/Reino Unido, 2025), de la ya antes premiada directora y productora china Chloé Zhao, me esperé a verla hasta después de haber leído la también muy celebrada novela homónima en la cual está inspirada. De la escritora británica Maggie O´Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte, 1972), su extraordinaria y poética narración se centra sobre todo en la mucho más oscura figura de la esposa y madre de los hijos del célebre escritor y padre del teatro moderno, Anne Hathaway (Shottery, 1556-Stratford-upon-Avon, 1623), mejor conocida como Agnes y homónima de la bella y gran actriz neoyorquina que da vida en la pantalla ––entre otros muchos sobresalientes personajes–– a la Fantine de Los miserables, de Victor Hugo, en la igualmente premiada versión musical-fílmica de Tom Hooper del 2012.

Volviendo a la hermosa y muy bien escrita y documentada novela de O´Farrell, mucho sorprende que con tan escasos elementos biográficos del todo fidedignos haya construido una historia que resulta tan sobrecogedora como factible (los italianos dicen Se non è vero, è ben trovato), movida sobre todo por una enorme pasión shakespereana que la ha llevado a estudiar e investigar a fondo, como auténtico sabueso, todo cuanto pueda existir en torno a la vida y la época del insigne escritor, siempre con su inmensa obra como eje protagónico y esa sí presente de cuerpo entero. Inmersa en ese universo, desde y por todas sus aristas, unas veces más adentro y otras en su entorno, contribuyendo a construir un universo vital que más de cuatro siglos después sigue opaco e intransitable en muchos sentidos, Maggie O´Farrell es ya una autoridad en la materia y mucho ha hecho incluso por promover el reencuentro simbólico del más estrecho círculo familiar. Ella lideró el Memorial de los Gemelos dedicado a Judith y Hamnet, cuyas tumbas permanecen desconocidas, conmovedor proyecto para plantar dos árboles (serbales) y colocar placas conmemorativas en el exterior de la iglesia de la Santísima Trinidad en Stratford-upon-Avon, donde sí están enterrados el escritor y su esposa y su hija mayor Sussana.

La escritora ficciona con talento y conocimiento de causa la que debió haber sido la historia en derredor de la dolorosa muerte de su hijo Hamnet de once años, con todo el antes y el después en las vidas de sus padres y del entorno familiar, con la tesis neurálgica de que ese infausto acontecimiento impulsaría al dramaturgo a escribir, a manera de catarsis, su memorable gran tragedia Hamlet. Hamnet humaniza al dramaturgo y a su esposa, enfocándose en el dolor que sobre todo en ellos debió haber provocado ese deceso tan cercano (a causa de la peste bubónica o negra), sin lugar a dudas un parteaguas en la existencia de ambos padres y de sus hermanos. Entonces la muerte pasa a ser un asunto nodal en la tragedia escrita por Shakesperare escaso tiempo después, al margen de que la historia de la legendaria figura escandinava de la Edad de Hierro, Amleth (o Amlethus), narrada principalmente por Saxo Grammaticus en Gesta Danorum, del siglo XIII, ya estuviera en su mente desde antes.

Es indudable que ese trágico acontecimiento contribuyó a detonar su escritura última y su estreno en el memorable teatro El Globo, y de haber sabido Agnes que en su esposo ya rondaba esa historia, como también se ha especulado porque hay otro antecedente inglés perdido en la misma Inglaterra de Thomas Kyd, de seguro le habría reclamado (como sabemos, lo hizo Alma a Gustav Mahler por haber escrito su ciclo La canción de los niños muertos, previo a la muerte de su primogénita niña Maria Anna) por haber invocado a la parca. Se trata de un príncipe justo que finge la locura para vengar el asesinato de su padre a manos de su tío, matándolo en una sangrienta retribución, al igual que el algo más crecido personaje shakesperiano hace con su ambicioso y cínico padrastro Claudio cuando desposa a su madre Gertrudis para usurpar el trono. El desplazado heredero se debatirá entonces entre “ser y no ser”, entre vengar y callar, entre vivir y representar la muerte como si fuera su única forma de respirar, y el notable poeta y crítico norteamericano-inglés T. S. Eliot le recriminó a Shakespeare, después de haber leído el análisis de Goethe en su Wilhelm Meister, que el personaje se sobrepusiera y dominara sobre la obra.

Con guion impecable de las propias Zhao y O’Farrell, lo cual asegura un apego más fiel a su original literario, la película respeta y potencia las mayores virtudes de la novela, su poder descriptivo, su esencia poética, su vitalidad humana, su honesta pasión por un poeta/dramaturgo genial y su obra monumental —y no menos singular y autosuficiente—, más allá del juicio arriba mencionado del autor de ese grandísimo poema de ruptura que es La tierra baldía. Y es que toda gran creación artística adquiere existencia propia y trasciende por sí misma, más allá o al paralelo de quien le haya dado vida, llámese Hamlet de Shakespeare, o llámese Hamnet tanto en su original literario de O´Farrell como en su consecuente versión cinematográfica de Zhao. Utilizando con sabiduría los mejores recursos de ese otro lenguaje que es el cinematográfico, la no menos talentosa Chloé Zhao consigue una puesta magistral, con sus propios méritos y alcances, igualmente sobrecogedora y circular. Con sus propias libertades, y en este caso autorizadas por la autora de la novela, el cierre más extendido y pausado de la puesta primera de Hamlet es uno de los finales más hermosos y conmovedores que recuerdo en el séptimo arte, en aras del perdón marital, de dejar libre y en paz el espíritu del hijo tan prematuramente muerto.

Nombres de prestigio como los de Spielberg y Mendes respaldan esta formidable producción de época donde Zhao contó con un sobrado equipo de creadores en los rubros de fotografía, montaje y vestuario. La banda sonora es de un músico germano-inglés que mucho me gusta y admiro, Max Richter, creador de otros muchos soundtracks que siempre suman y contribuyen a redondear filmes donde su obra se hace notar, como por ejemplo lo hecho para esa otra gran cinta No dejes de mirarme, del también muy talentoso realizador alemán Florian Henckel von Donnersmarck, el mismo de esa otra gran película de época La vida de los otros.

Una no menos estupenda directora de actores, Chloé Zhao ha contado además con una no menos sobresaliente nómina de histriones, incluidos tres niños que tienen partes importantes y están a la altura de las circunstancias. Si la voz cantante es la de Agnes, quien le da vida, la también compositora y cantante irlandesa Jessie Buckley, desarrolla un complejo protagónico que creemos va a arrasar con más de los premios en su categoría de actriz principal. El ya probado histrión de igual modo irlandés, Paul Mescal, pone a prueba sus grandes dotes como actor de teatro, porque uno de los mayores atributos de este Hamnet es precisamente conservar y potenciar esa esencia dramática que contextualiza la trama y sobre todo la fuente primaria de la cual se nutren tanto la novela como la película. Otros grandes actores muy experimentados como Emily Watson y David Wilmot contribuyen a hacer de esta estupenda cinta de Chloé Zhao (más que una biografía, se trata de una muy honda liturgia de duelo) que mucho les recomiendo vean y disfruten.

Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor | Web |  + posts

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