Hay cosas que pertenecen a la “política de la literatura”. El Premio Nobel, entre ellas, que involucra, además, fetichismo y negocio. Y mientras menos atentos son los lectores para juzgar por sí mismos, el que gana es el lucro. Voraces, estos lectores de la “novedad”, se atragantan con la mercancía del genio que les acaba de descubrir la Academia Sueca. El Nobel no es asunto nada más de literatura y escritores; lo es, también, de intereses que poco tienen que ver con la calidad literaria. Así ha sido siempre. Lo que sorprende es que los “lectores” sigan creyendo en los genios que la Academia Sueca no sólo descubre, sino que, literalmente, inventa. El público cree que si un escritor ha obtenido el Premio Nobel de Literatura es, necesariamente, extraordinario, excepcional, grandioso y, por antonomasia, genial. He ahí el fetichismo que produce este malentendido generado por los suecos.
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