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Nombre de pila y populismo

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Los políticos quieren presentarse como nuestros amigos, pero no olvidemos que lo que buscan es votantes

El “nombre de pila”, dice el diccionario de la lengua, es el “nombre que se da a la criatura cuando se bautiza o el que se le adjudica por elección para identificarla junto a los apellidos”. Cuando los políticos y, sobre todo, los gobernantes omiten sus apellidos o los disminuyen frente a su nombre de pila, estamos ante el uso de un recurso ideológico paternalista y populista. En las campañas políticas demagógicas, el énfasis publicitario y propagandístico se pone en el nombre de pila, no en los apellidos: “Jorge te escucha”, “Pedro es tu opción”, “Julio es como tú”, “Federica está contigo”, y muy disminuidos, en los anuncios espectaculares, los apellidos Gutiérrez, Cantú, Godínez, Hernández, Salgado, etcétera.

Se pretende hacer sentir a la gente que puede hablarse de tú con el candidato o la candidata: que puede palmearle la espalda y picarle el ombligo, ya que es “la onda”: no se anda con melindres y es muy cuate. La publicidad política vende esto desde hace varias décadas: “Lulú es como tú. Vota por ella”. Lo cierto es que, si reflexionáramos sobre estos enunciados, sería natural que no votáramos por ninguno que se pareciera a nosotros, y cada cual sabe sus razones por las que no se votaría a sí mismo: con escrúpulos, hay quienes si se encontraran consigo mismos en la calle, ni siquiera se detendrían a saludarse. Esa es la verdad. Pero la vanidad puede más que la verdad, y los políticos y los publicistas lo saben.

El nombre de pila en la política equivale al paternalismo que permite el uso familiar de los términos “papá” o “papi”, en lugar del distante “padre”. El padre es el lejano y a veces hasta el ausente, el desconocido, el que te abandonó. Recordemos el arranque de Pedro Páramo, de Juan Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

El uso del nombre de pila anula la distancia y estrecha el vínculo con el correligionario que ha estado abandonado y, de pronto, es “adoptado” por su redentor. Es muy diferente decir y escribir “Fidel Castro” y “Castro”, con distancia, que, con cercanía, y casi con intimidad, “Fidel”. Todos los gobernantes populistas y no pocos dictadores aspiran o han aspirado a esto: a fundirse con “el pueblo” y a encarnar ellos mismos la patria, la nación y el Estado, reconocidos y vitoreados por los hijos que les dicen “papá” o “papi” y no “padre”. Y los hermanados en la coincidencia ideológica, aunque jamás hubieran cruzado no ya digamos una palabra, sino siquiera una mirada, con el ídolo patriarcal, con el Supremo Padre de la Patria, siempre decían y escribían (algunos todavía lo hacen, ¡incluso desde la academia!) “Fidel”, nunca “Fidel Castro” ni mucho menos “Castro”.

En México, todos los presidentes son nombrados con sus apellidos, desde Iturbide y López de Santa Anna (abreviado como Santa Anna) hasta Cárdenas, Díaz Ordaz, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, pasando por Juárez, Huerta, Obregón y Calles (en realidad, Elías Calles, puesto que Elías es apellido paterno). Por eso llama la atención lo que ocurre hoy. No es lo mismo decir “el presidente”, “el presidente Andrés Manuel López Obrador”, “el presidente López Obrador”, “López Obrador” y “AMLO”, que decir “Andrés Manuel” y, mucho más cercano, “Andrés”. Se supone que quienes usan el nombre o los nombres de pila del presidente de México tienen no sólo confianza, sino intimidad con él, aunque muchos no lo hayan visto sino en la televisión y en el mitin. Conozco a varios que se refieren a “Andrés” (“es que Andrés dijo”, “es que Andrés piensa”, “es que Andrés hizo”, etcétera). Es la forma de identificarse con el mencionado, pero también es un indicio de que sólo hay un “Andrés” o, en su defecto, un “Andrés Manuel” del que puedan estar hablando. Nadie decía, por ejemplo, “es que Enrique es un bruto”, es que “Vicente es un lenguaraz”, y que todo el mundo entendiera que hablaban de Enrique Peña Nieto y de Vicente Fox Quesada.

Hablar y escribir hoy en México de “Andrés Manuel” y, mucho más íntimo, de “Andrés” sería como hablar y escribir de “Bob”, para referirnos a Bob Dylan o como escribir acerca de “Gabo” refiriéndonos a Gabriel García Márquez, aunque jamás los hayamos tratado o siquiera visto y, en el caso del último, ni siquiera leído. Es el colmo de la familiaridad, pero es lo que los políticos buscan con denuedo: ser únicos, en la memoria popular, entre todos los Pedros, Juanes, Felipes, Manueles, Andreses, etcétera. Este colmo de la familiaridad es característica del populismo, de la ideología política que busca fundirse y confundirse en “el pueblo” mediante un discurso demagógico que sataniza a las élites, aunque las élites no sean únicamente políticas, sino científicas, artísticas y culturales y se reconozcan por el culmen que representan en una sociedad. En ciencia, por ejemplo, nadie se referiría a “Albert” dando por sentado que todos tendrían que entender que ese “Albert” corresponde a “Einstein”.

El trato familiar es posible entre camaradas, entre pares y entre compinches. Se usa también, desde los estratos populares, hacia los ídolos. Por ejemplo: “¡Mon, te amamos!” (grito de una fanática, que levanta los brazos entre el gentío, para expresarle su idolatría a la cantante chilena Mon Laferte) o “¡Leo, eres Dios!” (exclamación de un fanático del futbol, al paso del jugador argentino Lionel Messi). Cada vez más los políticos y los gobernantes buscan convertirse en ídolos populares. Acerca de un señor del que apenas hemos escuchado su nombre y su apellido, y que es muy conocido en su casa, leemos, de pronto, en una pinta gigantesca sobre una barda, que apareció de la noche a la mañana: “Vota por Manuel” o “Manuel está contigo” y el apellido o los apellidos (Ramírez, Juárez, López, Gómez, Hernández, Domínguez, etcétera) se han escrito con letras insignificantes junto al nombre de pila de ese tal “Manuel” que, como ya dijimos, es muy conocido en su casa. Lo que pasa es que los políticos y los gobernantes quieren mostrarse tan cuates que nos permiten esa confianza, como si fueran rockstars o estrellas del firmamento del futbol.

La cultura y la literatura son a veces afectadas también por el populismo de los militantes políticos que leen y escriben. Pero, en general, quien gusta de la poesía de Jaime Sabines no dice jamás, frente a otros que lo escuchan, que “la poesía de Jaime es lo máximo”, porque lo primero que le preguntarían sus interlocutores es a cuál “Jaime” se refiere, entre todos los “Jaimes” que hay y que son poetas. “¡Ay!, cómo me encanta la poesía de Luis” podría decir un bobo que supone que todos están entendiendo que se refiere a “Luis Cernuda”. Lo lógico es decir y escribir: “me encanta la poesía de Cernuda”. ¡Qué ridículo sería escribir, por ejemplo: “La obra El hacedor, de Jorge Luis, es espléndida!”. Ni siquiera María Kodama, su viuda, escribiría tal cosa. Incluso ella escribiría: “El hacedor, de Borges, es una obra espléndida”.

Hay casos de popularidad que la moda impone al igual que el populismo. Cuando Diego Rivera y Frida Kahlo se convirtieron en estrellas del espectáculo para turistas, sobre todo extranjeros, nacieron “Diego” y “Frida” dentro de un corazón flechado, pero nunca decimos “Fernando” para referirnos a Fernando Botero, a menos que sea nuestro familiar, nuestro amigo del alma o nuestro par.

Desde su nombre de pila, los gobernantes le hacen creer a la gente que son los pares de quienes están de acuerdo con ellos: sus cuates, sus amigos, sus camaradas, sus compañeros (compañeros son los que comen del mismo plato y, a veces, se tapan con la misma cobija), pero en realidad lo que cultivan son partidarios, admiradores, simpatizantes, seguidores, adeptos, aliados, leales, incondicionales, adictos, fanáticos y, por supuesto, devotos.

Juan Domingo Argüelles
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Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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