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Neurociencia para vivir mejor: De ratones, humanos y sus amores

Los topillos monógamos muestran una inclinación natural hacia la formación de vínculos de pareja duraderos. La manera como expresas el amor por alguien depende de tu biología, de tu psicología y de la sociedad en la que vives. Tu biología se expresa en tus neuronas y sus conexiones, la cual está determinada por tu especie, por tus genes, por lo que heredaste de tus ancestros. Tu psicología representa tus pensamientos, que dependen de lo que has aprendido, de tus memorias en forma de improntas, de asociaciones conscientes o inconscientes y hasta de tu voluntad. Lo social se representa en la información que compartes con los otros de tu especie, y los usos o costumbres de lo que se debe o no expresar conductualmente de acuerdo a tu región. Esa triada hacen del amor algo biológico, algo psicológico y algo cultural.

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Estudiar cómo otras especies animales forman vínculos afectivos nos brinda un nuestro entendimiento sobre la biología detrás de lo que denominamos amor

Los topillos monógamos muestran una inclinación natural hacia la formación de vínculos de pareja duraderos.

La manera como expresas el amor por alguien depende de tu biología, de tu psicología y de la sociedad en la que vives. Tu biología se expresa en tus neuronas y sus conexiones, la cual está determinada por tu especie, por tus genes, por lo que heredaste de tus ancestros. Tu psicología representa tus pensamientos, que dependen de lo que has aprendido, de tus memorias en forma de improntas, de asociaciones conscientes o inconscientes y hasta de tu voluntad. Lo social se representa en la información que compartes con los otros de tu especie, y los usos o costumbres de lo que se debe o no expresar conductualmente de acuerdo a tu región. Esa triada hacen del amor algo biológico, algo psicológico y algo cultural.

Desde la neurociencia se considera que al estudiar cómo otras especies animales forman vínculos afectivos amplía nuestro entendimiento sobre la biología de lo que llamamos amor de pareja en los humanos, de su evolución, la expresión en la naturaleza y de los complejos mecanismos cerebrales que le subyacen. Esto nos permite entender cosas que en los humanos no podríamos estudiar, quizá por barreras éticas, tecnológicas, prácticas o de confiabilidad.

Mucho hemos aprendido de los Microtus ochrogaster, también conocidos como topillos monógamos. Al igual que los humanos, ellos muestran una inclinación natural hacia la formación de vínculos de pareja duraderos, los cuales se originan por la convivencia duradera, pero se aceleran con el sexo y con el estrés.

Cuando son inexpertos sus cerebros expresan abundantes receptores de dopamina tipo D2. Estos receptores reciben a la dopamina liberada por la cohabitación duradera con una hembra, lo cual resulta en un deseo intenso y una fuerte necesidad de permanecer con esa pareja a pesar de tener la posibilidad de estar con otras. En los humanos ocurre algo similar, pues la convivencia con alguien también puede llegar a resultar paulatinamente en la formación de vínculos de pareja y en una selectividad por encima de otras.

Curiosamente, el sexo y el estrés catalizan lo emocional. Si una pareja de topillos tiene sexo durante su encuentro, toda la actividad neuroquímica se acelera, y el vínculo ocurre mucho más rápido. Esto es porque durante el sexo la dopamina alcanza un pico más alto y es seguida de otros neuroquímicos como opioides, oxitocina, serotonina y canabinoides. Tener sexo implica elevar la neuroquímica del deseo a su nivel más alto y experimentar después la sensación de bienestar y tranquilidad. Esta combinación de alto deseo y saciedad es la alquimia perfecta para formar aprendizajes asociativos con la pareja con quien todo ocurrió.

De igual manera, el estrés facilita el aprendizaje asociativo de pareja, siempre y cuando la pareja sea asociada con la tranquilidad que llega después de la tormenta, y no con la tormenta misma. Por ejemplo, un estudio mostró que los topillos machos se vinculaban afectivamente con hembras con quienes convivían después de haber sido estresados en una prueba de nado forzado de larga duración, en la que liberaban grandes cantidades de corticosterona, la hormona del estrés. También se demostró que la corticosterona inyectada facilitaba la formación de vínculos afectivos porque promovían la liberación de dopamina y su unión a receptores D2 en el núcleo accumbens.

La vinculación de pareja también incluye la liberación de un péptido llamado vasopresina en el septum lateral del cerebro, el cual genera conductas de protección, e incrementa la hipervigilancia y la agresión hacia otros machos que se acerquen. Sabemos esto porque el bloqueo de la vasopresina en el septum se asocia con una pérdida de la vinculación afectiva, disminuyendo el interés y las conductas de protección. Este proceso neurobiológico quizá sea importante para entender las homologías con los celos. Si bien en los humanos se discute que los celos representan inseguridad, es relevante recalcar que, como cualquier otra conducta, también dependen de biología, aprendizaje y cultura.

Curiosamente algunos topillos que ya están vinculados con una pareja pueden llegar a tener encuentros sexuales con otras parejas. Sin embargo, esto no significa que formarán un nuevo vínculo afectivo por haber tenido sexo, pues comúnmente regresan a su nido, pasan todo el tiempo junto a su pareja original y cuidan de las crías. Este fenómeno nos recuerda que cuando el sexo ocurre sin suficientes receptores D2, no podrá catalizar nuevos vínculos afectivos. Se cree que el vínculo original los blinda al proporcionarles pocos receptores D2 y más D1 en estructuras como el núcleo accumbens, los cuales funcionan como un candado para no formar vínculos afectivos adicionales.

Cabe mencionar que si las cópulas extrapareja se repiten continuamente, entonces la proporción de receptores en el cerebro puede volver a cambiar, y junto con los otros neuroquímicos, facilitarán un vínculo con la nueva pareja. Algunos han llamado a esto el principio Stendhal, quien en su libro De l’amour (1822) sugirió algo impactante: “si no quieres enamorarte de tu amante, no debes quedarte a su lado después del sexo”.

Ahora sabemos que después del orgasmo el cerebro produce ondas cerebrales lentas tipo theta en una región llamada hipocampo, primordial en la formación de memorias episódicas. Por lo tanto, cuando un individuo produce estas ondas después del sexo da la impresión de que está dormido, pero en realidad está consolidando el aprendizaje por hacia las señales de la nueva pareja con la que yace en cama.

La biología discutida aquí nos enseña que, como especie social, tenemos la tendencia a formar vínculos de pareja, los cuales influyen positivamente en nuestra salud mental, produciendo emociones que nos brindan bienestar y paz, además de facilitar la crianza de la descendencia. De igual forma, la biología nos muestra su impermanencia y labilidad. Sin embargo, desde la psicología comprendemos que los vínculos que expresamos dependen de nuestro aprendizaje, nuestras creencias y nuestra voluntad de construir. Finalmente, la cultura parece darle uniformidad colectiva regional a lo que deberíamos esperar. Tengamos en mente que lo hermoso y lo complejo de los vínculos afectivos radica en su amalgama biopsicosocial. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx |  + posts

Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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