En su excelente artículo “Tirar millones” [en su doble sentido: “imprimir” y “despilfarrar”], incluido en Dinero para la cultura (2013), Gabriel Zaid sentencia: “Los grandes tirajes son apetitosos para las imprentas y para los políticos. La impresión de millones de libros impresiona. Como si fuera poco, la cultura del pueblo se enriquece [este sarcasmo hay que explicárselo a la 4T], prosperan los talleres, ganan los autores y se adornan os funcionarios”.
Hay libros, dice Zaid, de los que sería más que suficiente imprimir un millar, pero para que baje el costo por unidad (es decir, por ejemplar) se imprimen diez mil, de los cuales a duras penas y en cinco o seis años se venden mil y, literalmente, se tiran, se botan, se trituran para el reciclaje, los nueve mil restantes que jamás debieron imprimirse. De modo que no disminuye ningún costo, sino que, por el contrario, aumenta, al almacenar y luego desechar el 90 por ciento que, desde un principio, era absolutamente un desperdicio.
Ya cuando los tirajes son de cien mil, quinientos mil, un millón y más de un millón de ejemplares, cuyos títulos y autores eligieron los funcionarios en turno según sus gustos o su ignorancia, su ideología o su ausencia de buen gusto, las cosas se ponen más feas, porque siempre se trata de insensateces. (Hay autores cuya egolatría es tan cándida que destacan en sus semblanzas que sus libros “Equis”, “Ye” y “Zeta” han vendido más de un millón de ejemplares, cada uno, pero sin aclarar que quien los imprimió, editó y compró fue el gobierno, por capricho del funcionario a cargo y para repartir entre los indefensos niños y profesores.) El Estado regala libros (por decenas de miles, centenas de miles y millones) de títulos y autores que nadie pidió ni tuvo posibilidad de elegir. Aunque sean regalados, son libros impuestos, pagados con nuestros impuestos. “¡Qué bonito es imprimir!”, exclama Zaid, cuando el dinero no sale del bolsillo del funcionario “cultural” o del político “quedabién”, sino de los bolsillos de los puntuales contribuyentes.
La conclusión de Zaid es lapidaria porque también es inobjetable: “La demanda no es un concepto limitado al comercio. Los libros que se prestan en una biblioteca tienen mayor o menor demanda. Los que se regalan, también. No es lo mismo regalar a fuerza que regalar sobre pedido. La cifra total de interesados en recibir un libro gratis constituye la demanda máxima de ese libro. Nada justifica imprimir 400 mil o 450 mil ejemplares en todos los casos, en vez de respetar la demanda en cada caso”.
A este despilfarro de los recursos públicos, los “revolucionarios” de hoy, ya apoltronados en el “gobierno bueno”, le llaman “literatura popular”: libros y folletos para ese “pueblo” que no lee, según ellos, porque “los libros son caros”. Pero les tenemos noticias. Chéjov escribió, en 1903: “Eso de la literatura popular es una tontería. No hace falta bajar a Gógol al pueblo, sino subir al pueblo hasta Gógol”. ¡Y ojalá fuese Gógol el obsequio, y no esos catecismos ideológicos! ¿Libros caros? Caros son los libros de Paco Ignacio Taibo II, pero no los de Esquilo, Homero, Virgilio, Cervantes, Shakespeare, Chéjov, Balzac, Stendhal, Kleist, Goethe, Baudelaire, Voltaire, Darío, Sor Juana, Séneca, Virginia Woolf, Tolstói, Dostoievski, Kafka, Nietzsche, Schopenhauer, García Lorca, Borges, Rulfo, Paz, etcétera. Un libro siempre será más caro o más barato según sea su nula, poca o mucha calidad.
Que un libro se imprima poco, no quiere decir que sea malo, y que un libro se imprima mucho no implica necesariamente que sea bueno. Incluso si el Estado regalara los mejores libros (el culmen del canon) a quienes carecen de interés por la lectura, lo que está haciendo, como también dijo Zaid, es “repartir obligaciones”, y si regala porquerías está obligando a la gente a leer esas porquerías, nada más porque a los funcionarios que todo lo saben, y que “conocen perfectamente lo que el pueblo necesita leer”, los obsequian porque son sus preferencias que generalmente representar sus deficiencias intelectuales.
¿Y qué creen? Que apenas habíamos salido del estupor de que el gobierno mexicano de la denominada 4T, anunciara con bombo y platillo, a través del Fondo de Cultura Económica, brazo ideológico editor de la izquierda nostálgica procastrista, que regalará 2.5 millones de libros a sus gobiernos hermanos de Latinoamérica, a finales de 2025 (colección “25 para el 25”), con autores como Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Eduardo Galeano (seguramente, Taibo II cree que todo el mundo necesita un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina), y sin que se haya dado a conocer a cuánto ascenderá la inversión destinada a esto, cuando nos enteramos de lo siguiente:
¿Cooperación cultural?
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador, de acuerdo con una investigación realizada por la asociación civil Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), destinó (es decir, regaló) 22 millones de dólares en 2023 y 2024 para la impresión de libros de texto para Cuba. El financiamiento, impresión y envío de los libros involucró a tres dependencias federales: la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg), la Impresora y Encuadernadora Progreso (IEPSA) y la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), que se encargó de enviar los ejemplares desde el puerto de Veracruz.
Muy generoso el entonces gobernante procastrista, pero con los bienes públicos que obviamente no eran suyos. Y todo porque quienes ahora gobiernan a México tienen como modelo a la dictadura cubana que, desde 1959, utiliza los mecanismos de control total ciudadano como la ausencia de libertades políticas y de expresión; un gobierno policíaco, autoritario y despótico que fundó el ya fallecido Fidel Castro, pero que continúan sus sucesores con la represión a la disidencia, la anulación de la libertad de expresión y la ausencia de elecciones libres y democráticas, porque en ese maltrecho país, cuyo régimen es tan admirado y loado por la burocracia mexicana, no existe más partido que el Partido Comunista de Cuba que controla, desde 1965, todas las instituciones del Estado.
Queda claro que el gobierno mexicano de la llamada 4 T es cómplice del gobierno cubano en su imposición ideológica, pues, además de lo anterior, mediante el Fondo de Cultura Económica, mangoneado por Paco Ignacio Taibo II, destinó 15 mil dólares para la rehabilitación de un edificio donde hoy se encuentra la Librería y Centro Cultural Tuxpan en La Habana. Este monto cubrió la remodelación de 597 metros cuadrados, con un costo de 25.10 dólares por metro; todo ello sin contar que los ejemplares para surtir dicha librería (que lleva el logo del Fondo de Cultura Económica) se enviaron sin costo para el gobierno cubano; es decir, este proyecto forma parte de lo que el gobierno de la 4T denomina “política de cooperación cultural entre México y Cuba”, similar a la donación de libros de texto gratuitos financiados por el gobierno mexicano para lavarle el cerebro a a niñez cubana.
Cuando el camarada Taibo II inauguró este centro cultural, el 8 de agosto de 2022, hasta se dio el lujo de un chascarrillo demagogo: “Ya me regañaron con lo de los precios [¿quién te regañó, chico?]; me dijeron que están demasiado bajos, pero yo les respondo: ‘no, están demasiado grandes los lectores, compañeros’. La Habana es una ciudad de lectores y esperamos pronto extendernos a otras ciudades de Cuba”. Pero de las casi 400 personas, condenadas en junio de 2022 a largas penas carcelarias por “sedición y sabotaje”, apresadas el 11 de julio de 2021, por manifestarse y exigir libertades, no dijo ni una palabra.
Es que para ellos no aplica el eslogan “Para leer en libertad”.