En 2019, el doctor en neurociencias e investigador especializado en neurociencia cognitiva Michel Desmurget publicó en Francia el libro La fabrique du crétin digital: Les dangers des écrans pour nos enfants, en el que sostiene que los llamados “nativos digitales” (los individuos nacidos entre 1995 y 2015) constituyen la primera generación con un cociente intelectual (CI) promedio inferior al de sus padres. El individuo y la sociedad avanzaban en inteligencia y capacidades, con cada generación, en al menos tres puntos de CI, pero con los “nativos digitales” se produjo un retroceso de entre dos y cuatro puntos. El aumento progresivo de CI en los hijos, respecto de los padres, reforzaba el avance de cada persona y repercutía en la sociedad, pero con la exposición temprana a las pantallas se produjo un desarrollo reducido de la sustancia blanca del cerebro, que es clave para el lenguaje y la cognición e indispensable para funciones cognitivas como la memoria, el aprendizaje y la velocidad de procesamiento. En otras palabras, aunque suene feo decirlo, las nuevas generaciones son más tontas que las de sus padres.
Luego de examinar por varios años el fenómeno, Desmurget concluyó que el motivo de esta regresión tiene que ver con “el uso absolutamente desproporcionado de tecnologías digitales (smartphones, ordenadores, tabletas), pues incluso con sólo dos años de edad, el consumo medio se sitúa en torno a las tres horas y de los ocho a los doce, la media se acerca a las cinco horas, en tanto que, en la adolescencia, la cifra se dispara casi a siete horas, lo que supone más de dos mil cuatrocientas horas al año en pleno desarrollo intelectual”.
Para Desmurget, “en contra de lo que la prensa y la industria han difundido hasta ahora, el uso de la tecnología digital, lejos de ayudar al desarrollo de los niños y estudiantes, produce graves complicaciones de toda índole: sobre el cuerpo (obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida), sobre las emociones (agresividad, depresión, comportamientos de riesgo) y sobre el desarrollo intelectual (empobrecimiento del lenguaje, concentración, memoria…)”. El científico alertó sobre las graves consecuencias que conlleva seguir promoviendo de forma acrítica el uso de las tecnologías digitales.
Desde su aparición, en Francia, se le consideró como “un libro de salud pública”. En Estados Unidos, para aminorar el poderoso impacto del título, lo tradujeron como Screen Damage. The Danger of Digital Media for Children, que pálidamente significa Daños en la pantalla: Los peligros de los medios digitales para los niños. Por fortuna, en nuestro idioma, la traducción fue textual: La fábrica de cretinos digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos (Península, 2020). El libro pionero de Michel Desmurget desmontó toda una serie de falacias en torno a la famosa “revolución digital” y abrió caminos para nuevos estudios que reforzaron la voz de alarma del neurocientífico y plantearon otras búsquedas que llevaron a la misma conclusión: el uso excesivo de dispositivos digitales se asocia con menor capacidad de atención y concentración, retrasos en el lenguaje, problemas de conducta e incapacidad para resolverlos y baja flexibilidad mental, entre otras patologías.
Desmurget admite que lo que afecta a las nuevas generaciones, sumidas en una decadencia mental (que incluso retrasa el desarrollo para alcanzar la madurez cerebral y convierte a una gran proporción de la humanidad en niños y adolescentes de treinta años), no es la tecnología en sí, sino el uso recreativo excesivo, y la falta de actividades estructurantes como la lectura, el arte o el juego físico. Además, la sobreestimulación digital interfiere con el sueño, las interacciones familiares y el desarrollo emocional. Para Desmurget, “el cerebro infantil es como plastilina húmeda, moldeable. Pero si se expone demasiado a estímulos pobres, esa plastilina se seca antes de tiempo, limitando su potencial”.
La disminución de lectura de libros formativos más la temprana exposición a videojuegos y otros dispositivos de entretenimiento han influido en una banalización que, en los nativos digitales, parece ser todo su propósito en la vida. El desplazamiento de los libros que cultivan el pensamiento crítico, el lenguaje articulado y la sensibilidad, por el entretenimiento pasivo y repetitivo de trivialidades es causa de la pauperización del desarrollo cognitivo. La lectura estructurante es más que adquirir información; es, sobre todo, cultivar la empatía y la imaginación, enriquecer el vocabulario y la sintaxis, fundamentales para el pensamiento complejo, y fomentar la capacidad de abstraer, comparar, interpretar… es decir, de pensar. El entretenimiento digital temprano, en cambio, que ya se ha convertido en una patología hasta en adultos que rebasan los 40 años, refuerza recompensas inmediatas y reduce la tolerancia a la frustración, promueve un estilo cognitivo más fragmentado, menos reflexivo y, sobre todo, debilita la memoria de trabajo y la capacidad de análisis profundo.
Dejando atrás los beneficios de la lectura
En 2023, Desmurget advirtió que el problema no ha disminuido y que la “revolución digital” sumía cada vez más a los individuos y a la sociedad en algo muy parecido a la nada. En </>Faites-les lire! Pour en finir avec le crétin digital, traducido en español como Más libros y menos pantallas. Cómo acabar con los cretinos digitales (Península, 2024) reitera: “en la mayoría de los hogares, lo que coloniza y acapara el tiempo libre de los pequeños no son tanto los libros como el consumo lúdico de las pantallas, a pesar de que son mucho menos beneficiosas para su desarrollo. Se trata de un hecho lamentable y preocupante, porque, como resume una reciente investigación, ‘el lugar que ocupa la lectura en la infancia tiene un importante peso en la edad adulta’”.
Para el científico francés, los libros son buenos incluso antes de saber leer: cuando los padres, y los adultos en general, les leen a los niños (sean sus hijos o sus alumnos) y comparten universos de sensibilidad e inteligencia que serán fundamentales para el desarrollo adulto. El problema es que cada vez hay menos adultos que comparten la lectura con los niños, porque aquéllos no leen ni para sí mismos. En el mundo de estos adultos los libros sustanciosos han desaparecido y su entorno está lleno de pantallas, ¡incluso en las bibliotecas! Estamos ante un problema mayúsculo que es educativo, cultural, filosófico, histórico y social.
Desde finales del siglo XX se encumbró a la “sociedad de la información”, que luego se mal denominó “sociedad del conocimiento”. ¡“Información” y “conocimiento” no son los mismo! La información sirve para construir conocimiento, pero no es conocimiento: éste es una fase superior de la información y de lo que se puede hacer con ella. Se habló siempre de esto como de una revolución intelectual, educativa, cultural, social, etcétera, hasta llegar hoy a la mal denominada inteligencia artificial (IA) con el mal llamado “aprendizaje automático” (ni una ni otro son tales), que ha causado una involución educativa y cultural.
En este punto no olvidemos a Nicholas Negroponte y su libro Ser digital (1995), quien, para mayor ironía, lo publicó en papel, en átomos y no en bits (“una cosa tan anticuada como un libro”, dijo), porque todavía, se quejaba entonces, “no hay suficientes medios digitales en manos de ejecutivos, políticos, padres y de todos aquellos que más necesitan comprender esta cultura, tan radicalmente novedosa”. Y no olvidemos cómo empieza este libro: “Como soy disléxico, no me gusta leer. De niño, en lugar de los clásicos de la literatura, leía los horarios internacionales de ferrocarril”. Con perdón de quienes padecen dislexia por lesión cerebral, las tecnologías digitales se afanan en construir una sociedad disléxica.

Juan Domingo Argüelles
Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.
- Juan Domingo Argüelles
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