Mientras en otros países existe una exhaustiva discusión sobre el uso de la “Inteligencia Artificial” en las industrias, particularmente las creativas, en México el tema ha pasado de noche.
Quizás por desidia, simple desconocimiento o por la incapacidad de las autoridades por siquiera entender el fenómeno, pero la IA ha irrumpido sin una letra que la regularice. Hace unos días, la industria creativa respondió cuando un banco en México estrenó un spot de televisión creado de nuestras pesadillas y con IA Generativa. ¿Qué es esto? Propiedad intelectual robada.
James Frith, miembro del Parlamento británico, escribió que Inglaterra se encuentra en un momento trascendental ante las discusiones sobre su uso.
En una columna reciente, ante los debates de la regulación en Gran Bretaña, comentó que el rápido cambio tecnológico está transformando la vida tal como la conocemos. El extraordinario potencial de la inteligencia artificial debe cimentarse sobre la integridad. Las decisiones que se tomen ahora determinarán si el progreso se logra mediante el desmantelamiento o la destrucción de un sector que ya proporciona a Gran Bretaña un importante capital económico, cultural y social, tanto ahí como en el resto del mundo.
«Si alguien usa una obra sin permiso, se considera una violación (a los derechos de autor). El problema no es la incertidumbre legal, sino la opacidad de la tecnología. Los titulares de derechos no pueden ver qué se ha usado. No hay atribución ni compensación por el contenido y los recursos con los que se construyen estas máquinas”.
Y es que las propias compañías de IA han confesado que su “innovadora tecnología” no puede funcionar sin infringir las leyes básicas de propiedad intelectual que protegen a creadores de todo el mundo.
Han amenazado, incluso, que si pagaran regalías por el uso de las obras que utilizan para entrenar a su software, quebrarían. Aunque, como escribió Michael Hiltzik en el primer boom de IA, no hay que creerles mucho.
Hiltzik explica que la expresión por excelencia de esta idea ha surgido de Andreessen Horowitz, una firma de inversión de riesgo de Silicon Valley que ha invertido millones de dólares en más de 40 nuevas empresas de inteligencia artificial, a través de la presentación de la firma a la Oficina de Derechos de Autor de los Estados Unidos para la investigación pública de la agencia sobre cuestiones de derechos de autor en materia de inteligencia artificial.
Detrás de todo, el dinero
“Pero no se equivoquen: el dinero es la raíz de las preocupaciones de la industria. ‘En resumen’, afirma Andreessen Horowitz, ‘imponer el coste de la responsabilidad real o potencial por derechos de autor a los creadores de modelos de IA acabará con su desarrollo o lo obstaculizará significativamente’. Los únicos supervivientes serían ‘aquellos con los bolsillos más llenos… Una empresa multimillonaria podría licenciar datos de entrenamiento con derechos de autor, pero las startups más pequeñas y ágiles quedarán completamente excluidas de la carrera por el desarrollo”.
Lo cierto es que pueden pagar a los autores. No quieren. ¿Por qué? Porque necesitan mantener contentos a sus inversionistas. Simple y llanamente.
Más allá de la inmoralidad de un modelo de negocios que se basa en el robo de propiedad intelectual sin consecuencia alguna, hay un aspecto central en este asunto que merece mayor atención: la IA ha expuesto lo impresionables que somos como sociedad.
En primer lugar, ha creado una serie de “gurús” con el único mérito es vender cursos de IA, aunque su simple existencia ha sido incontablemente debatida incluso por Apple, cuyo estudio “The Illusion of Thinking: Understanding the Strengths and Limitations of Reasoning Models via the Lens of Problem Complexity” la expone como Machine Learning, o Aprendizaje Automático.
Más grave, aún, es que ha ayudado a exponer que, como sociedad, es fácil engañarnos y entretenernos.
Twitter (me niego a decirle X) está lleno de personas interactuando con Grok, el asistente virtual de la red social. “¿Esto es cierto?”, le preguntan ante cada publicación. Grok no sólo no es omnipresente u omnipotente. Es, al final de cuentas, una creación humana alimentada por ceros y uno constantemente y redirigida por sus ingenieros según el humor de Elon Musk. Grok miente y se equivoca todo el tiempo. Igual que ChatGPT. O Gemini. O Copilot.
Pero hemos entregado a esta pieza de tecnología lo único que nos hace ligeramente diferentes de todos los seres que habitan este planeta: la razón.
Nos estamos despojando lenta pero seguramente de eso que nos une al otro: el cuestionamiento de la realidad. Estamos consumiendo un mundo construido de intereses que sirven a los más poderosos y despojan al resto de los recursos que les permiten combatirlos a ellos.
Perder la cabeza, literalmente
Es tal nuestra fascinación, nuestra necesidad de pertenencia, que hay una crisis de personas enamorándose de chatbots. Y, más alarmante aún, que el uso de chatbots reduce la capacidad intelectual de las personas. Algo que sonaba absolutamente lógico cuando consideramos que investigar, leer, cuestionar y debatir es lo que nos hace humanos.
Y es que un estudio publicado por investigadores de MIT (Massachusetts Institute of Technology) sugiere que el uso de Modelos Extensos de Lenguaje o LLM (siglas en inglés para Large Language Model) podría perjudicar el aprendizaje, especialmente en usuarios más jóvenes. El artículo aún no ha sido revisado por pares y su tamaño de muestra es relativamente pequeño. Sin embargo, la autora principal, Nataliya Kosmyna, consideró importante publicar los hallazgos para generar preocupación por la creciente dependencia de la sociedad de los LLM por conveniencia inmediata, lo que podría perjudicar el desarrollo cerebral a largo plazo.
Los millones de años que tomó al Homo Sapiens llegar a su revolución cognitiva palidecen ante el voraz capitalismo disfrazado de ciencia. Hay grandes usos para esta nueva tecnología, por supuesto que las hay. Y es probable que en los próximos años su uso pueda extenderse a áreas más útiles, pero menos redituables para quienes están empujando esta tecnología a la humanidad.
Nos han vendido que este robo masivo es innovación. Que estas máquinas aprendiendo algoritmos y escupiendo lo que están diseñadas a recrear son, por alguna razón, presente y futuro. Y hay que rendirnos ante ellas.
Es la cúspide del antiintelectualismo, de la banalidad como forma de vida y de distracción. Ceder es rendir nuestra humanidad a la máquina. Y si algo nos ha enseñado el arte, es que las cosas siempre salen mal cuando eso sucede. Todavía estamos a tiempo de abrir un libro y descubrir lo que la ficción ha intentado advertirnos: que los zombis no son monstruos imaginarios. Están a nuestro alrededor. Y que cualquiera de nosotros podemos convertirnos en uno si nos distraemos lo suficiente.

Salvador Medina
- Salvador Medina
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