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Futuros como abismos: elefantes y dragones

Miles de jóvenes ingresan a las universidades con la esperanza de conseguir trabajos que les permitan obtener sus metas. Esto no está sucediendo

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Los empleos ofrecidos a gente con estudios superiores han disminuido su calidad.

Princeton, NJ. Un reciente artículo publicado en The Economist la semana pasada (26/06/2025) ha vuelto a sonar las alarmas del futuro laboral de los egresados universitarios en el mundo occidental. Los jóvenes egresados universitarios entre los 22 y los 27 años con una licenciatura o un título superior en Estados Unidos y en muchos países de la Unión Europea, Gran Bretaña, Canadá o Japón, experimentan cada vez más dificultades para encontrar un empleo satisfactorio y relativamente bien pagado en relación con los jóvenes de la misma edad que no poseen un título universitario.

La brecha salarial entre los jóvenes universitarios y no universitarios ha disminuido de manera veloz en los últimos años. Esto obedece a varias causas. El cambio tecnológico, la expansión de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo en profesiones como la contaduría, la administración o el derecho, la ausencia o debilidad de políticas dirigidas hacia escenarios de mayor complejidad de las relaciones entre educación superior y trabajo, conforman parte de los factores causales que parecen explicar el fenómeno del desempleo o subempleo profesional entre los jóvenes egresados tanto de las universidades de élite como de las escuelas universitarias o no universitarias de absorción de la demanda, sean públicas o privadas.

“Sobreproducción de élites” es una hipótesis para analizar las causas estructurales del fenómeno. Eso significa que los efectos no deseados de la masificación y universalización de la educación superior en los países desarrollados se expresan en una creciente masa de egresados universitarios que compiten por puestos laborales profesionales, lo que ha rebajado los requisitos de su empleabilidad y permitido a las empresas pagar menos a sus empleados desempeñando labores que no requieren altas cualificaciones académicas o competencias técnicas.

Con todo, la diferencia salarial y la satisfacción laboral son fuente de ilusiones poderosas para los millones de jóvenes que cada año aspiran a obtener un título universitario en la mayoría de los países. Los datos indican que la educación universitaria sigue siendo una estrategia importante para ensanchar las brechas de la movilidad social ascendente para los estudiantes y sus familias. Por su parte, las instituciones de educación superior públicas y privadas amplían la oferta y flexibilidad de sus programas, mientras que algunos gobiernos y organizaciones filantrópicas ofrecen becas a estudiantes de bajos recursos o en situación vulnerable. Asimismo, académicos y directivos se esfuerzan por introducir innovaciones prácticas y adaptaciones imaginarias a los desafíos de los entornos laborales de las diversas profesiones, disciplinas y campos del conocimiento.

El elefante (o el dragón de Komodo) sentado en el cuarto está ahí: mientras que las políticas centradas en el aseguramiento de la calidad o la innovación de las ofertas de educación profesional se han mantenido en los últimos treinta o cuarenta años, la calidad de los empleos profesionales se ha estancado o disminuido de manera en ocasiones dramática. Los empleos relacionados con las finanzas o las aseguradoras (contadores, abogados, administradores) están bajando los niveles de cualificación de sus ofertas laborales, al encontrar que una o un joven con estudios de secundaria o preparatoria pueden gestionar adecuadamente los procesos del empleo con el dominio de las nuevas tecnologías asociadas a la IA.

Ello explica la paradoja de los tiempos modernos de la educación superior: mientras que la demanda por estudios universitarios se mantiene, las oportunidades laborales de los egresados van a la baja o han entrado en un largo período de incertidumbre y confusión. Esta paradoja contiene las semillas amargas del conflicto social. Frustración, desilusión, ausencia de expectativas sobre el futuro social y personal de los egresados universitarios, constituyen factores potenciales que pueden inducir a la violencia o hacia actividades que ofrezcan mejores oportunidades de ingreso, seguridad o prosperidad para los jóvenes. El caso de México puede ser representativo por su dramatismo: jóvenes en busca de un mejor futuro dejan la universidad para dedicarse a tratar de ser influencers (quizá la forma más popular de la retórica del emprendurismo, que promueven con entusiasmo no pocos directivos y académicos universitarios), o para caer en manos de las redes criminales (la tragedia de los secuestrados y los desaparecidos que marca el signo de los tiempos mexicanos en no pocas regiones del país).

El tema de los empleos profesionales de los egresados universitarios se agrava cuando los gobiernos nacionales abandonan apoyos financieros, realizan recortes (o amenazan con hacerlo) en programas, procesos e instituciones dedicadas a la investigación. Como me señalan un par de jóvenes colegas de la Universidad de Princeton (una de las más prestigiadas universidades de investigación de los Estados Unidos), el congelamiento de los fondos destinados tradicionalmente a las actividades científicas universitarias, o su condicionamiento al pago de impuestos federales, ha detenido o cancelado programas de incorporación de estudiantes universitarios a proyectos de investigación en diversos campos del conocimiento, colocando en una situación de incertidumbre no solo a ellos sino también a los investigadores, programas e instituciones que configuran la base pesada académica de las relaciones entre la docencia y la investigación en la educación superior norteamericana.

Bajo los cielos oscuros de estos “tiempos malditos” —como les denominaba Jack London a situaciones donde se combinan fatalidades políticas, incertidumbres sociales y tragedias personales—, las universidades enfrentan dilemas y desafíos organizacionales y políticos de gran magnitud y profundidad. Está en juego no sólo la definición del futuro de los actuales estudiantes y jóvenes egresados, sino también los posibles futuros de las universidades como instituciones del conocimiento. La legitimidad social y el valor público de estas instituciones cuasi-milenarias están en entredicho entre las nuevas élites políticas del planeta. Lo que hoy se encuentra en el centro es la definición del futuro como horizonte de expectativas racionales o como escenarios de abismos existenciales, donde elefantes y dragones se amontonan en el paisaje esperando quién sabe qué cosa.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Cucea Universidad de Guadalajara | Web |  + posts

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