Una camisa como tótem. El equilibrio del alambrista, atento al portento que dicta desde su espíritu que anima; misterio inmaculado de incalculable denuedo, como ciclón inconmensurable de fruta inmarcesible; el saber, voz que prende la Biblioteca de Alejandría en pira que alumbra, zarza que arde, glosa que eclipsa.
El lenguaje y la palabra, cuando no dan vida, matan. “Con las letras se da vida a las causas y a los hombres, con ellas se les da muerte”, acendra Del Paso; nos dijo: con las 28 letras del alfabeto jugamos a ilusionarnos con entender el infinito. Su obsesión fue el verbo, armado, transverso, revuelto, ensimismado; súper atareado en su labor de aprehender lo nombrado.
Nació un primero de abril, pero de 1935. Fue, entre otras cosas, aunque cualquiera pudiera decir también que no: zurdo, y su canto, carajo, contestatario. El retruécano de Petrarca, el encabalgamiento de Huidobro, el soliloquio de Séneca, el ditirambo de Homero.
La lírica de Ovidio, la correspondencia de Rilke, el insomnio de Paz, el soneto de Shakespeare, la audacia de Virgilio, la tormenta de Dante, la incomprensión sin importancia de la belleza que el eurocentrismo pueda encontrar en Flaubert.
Se casó con Socorro, escribió un libro con sus recetas y cocinó para sus nietos. Un año antes de recibir el Cervantes, obtuvo el Premio José Emilio Pacheco. Su discurso se lo dedicó a su colega y amigo.
“¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!”, decía en Mérida, antes de soltar una bomba literaria.
Descubrió en la vida el arte, en el arte la belleza y la diversión. Así lo relata antes de recibir el Premio Cervantes de Literatura, máximo galardón en letras castellanas en 2016, en Alcalá de Henares, de manos del rey. Confesión y denuncia:
“Me cuentan que lloré un poco y ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano”.
Un año antes, al recibir el Pacheco:
“Te hablo José Emilio, desde luego en español, la lengua que nos fue impuesta a sangre y fuego por los conquistadores, y que ahora es tan tuya y mía, como lo es de cualquier habitante de España misma”.
Si conocemos a Fernando del Paso, aunque sea de vista; lo podemos reconocer como el señor de las gafas y de los sacos de colores, pero si repasamos su discurso de recepción del Premio Cervantes, nos enteramos de que pasó 15 veces por el quirófano y que se burla de sus diminutos órganos reproductores cuando -al nacer- lo trajeron de orejitas al mundo.
Podríamos atribuirle un lugar en la inmortalidad, pero cuando ingresó a El Colegio Nacional, él mismo se encargó de deshacer esa tentación. A sed de eternidad, comprensión del polvo.
Paradoja de por medio, del templo de Minerva sólo quedó en pie el altar al olvido, nos recordó del Paso en un momento helénico, cuando ingresó a El Colegio Nacional en 1996.
José Trigo
Cortázar decía que para escribir sólo hay que tomar coñac y cerrar los ojos. Fernando del Paso no era de esos gustos ni de esa generación; él prefería el LSD. Su ópera prima así lo demuestra en el paso de las letras, el rodar de las palabras, la hoguera de los significados, la tunda de la coherencia sostenida en una retahíla proverbial para hablar de un mito de Mesoamérica o de una huelga ferrocarrilera.
José Trigo es el galope sinfónico de las palabras hasta los límites de la sintaxis. Hace que se retuerza la retórica y que cante la belleza. Un arte:
«Y también por tus ciudades y pueblos me viste, me vio, me vieron pasar preguntando ¿José Trigo? Y mientras tanto en balde y para qué poniendo todas o casi todas las palabras, palabras más palabras menos. Abajo las palabras tierra, campamentos; arriba las palabras cielo, estrellas y entre la mañana por la tarde, además y con la noche las palabras nada y nadie. Porque todo esto y esto es un decir fue la mañana, la tarde, la noche en que soñé o creí soñar que buscaba a José Trigo por cielo y por tierra, bajo todos los cielos habidos sobre todas las tierras por haber y no vi nada ni a nadie. Nada bajo el cielo y sobre la tierra nadie.»
Otra novela. Palinuro de México, malabar y tiempo. Ciencia y Arte. Apócrifa autobiografía de lo que fue, lo que creyó ser, lo que no fue, lo que hubiera sido, lo que sería y lo que quería ser nuestro personaje de hoy. Del Paso, al paso.
Se recreó con las estrellas y los microbios, con las galaxias y los átomos. Hizo y deshizo sobre el huracán y el polvo, sobre la luz y el mito. Aunque, quizá, sólo sea lo que hubiera querido hacer o justo lo que no hizo o sí hizo con mayor ahínco.
¡Qué vergüenza!
¡Qué vergüenza hablar en el extranjero mal de mi país! Pues me la trago, porqué más vergüenza es callar el oprobio, “continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, los abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo”, decía del Paso en 2016, en España; parecía pedir auxilio.
Logos, gracias (a) Dios
En fin, queda fuera de esta entrega su novela Noticias del imperio, mientras tanto, uno de sus apuntes sobre el “logos cósmico”. “Y la palabra es el verbo, y el verbo, además de ser el hijo de Dios encarnado, es el logos, y el logos es la razón cósmica que, según Heráclito, rige todo acontecer, y que para Plotino representa la imagen o la palabra de Dios, y para Filón de Alejandría el supremo mediador entre Dios y el mundo”.
Un poco así, aunque tal vez no, así era Fernando del Paso. Leerlo es el mejor reconocimiento y el mayor agradecimiento.

Héctor Martínez Rojas
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