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Es difícil comprender a comunidades sordas cuando no hay interacción con ellas: académica de la Unison

Cuando no hay interacción, es muy difícil comprender a las comunidades sordas y más, cuando los oyentes no tenemos todavía los elementos para entender su lucha diaria y casi individual, aseguró Noelia Martínez Alegría.

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Cuando no hay interacción, es muy difícil comprender a las comunidades sordas y más, cuando los oyentes no tenemos todavía los elementos para entender su lucha diaria y casi individual, aseguró Noelia Martínez Alegría

Las personas con esta condición pueden considerarse como una minoría lingüística que cuenta con una lengua propia.

La investigadora y académica de la Universidad de Sonora se refirió expuso sus apreciaciones con respecto a “La construcción de la identidad en las personas sordas, ¿una cuestión ajena a los oyentes?”, al participar en la más reciente edición del ya tradicional Simposio de Historia y Antropología.

En su intervención, estableció que su investigación tiene el propósito de reflexionar acerca de la realidad de las personas sordas y cómo ésta incide en la construcción de su identidad como miembro de un colectivo con una lengua y una cultura que les es propia y que es poco comprendida por los demás.

Se refirió a lo que es una persona sorda que no ha desarrollado su audición de manera espontánea en su interacción social y que su sordera es una discapacidad biológica significativamente menor a la ceguera.

Señaló que, en el caso del ser humano, la sordera priva del lenguaje a la persona y lo saca de la vida social de los demás de una manera más fuerte que la ceguera, lo que muestra que en realidad, el problema de las personas sordas no es tanto lo biológico, sino sus consecuencias sociales al ser el lenguaje oral el medio de comunicación por excelencia.

Referente en el tema
Martínez Alegría habló un poco de historia de cómo la atención a las personas sordas ha estado presente en el desarrollo de la sociedad moderna, refiriéndose al año de 1771 y al doctor Charles Michel de L’Epée, en Francia, como el primer referente en el tema y creador de un nuevo sistema de signos integrando el lenguaje de señas en la educación como herramienta esencial para la transmisión del conocimiento.

Luego, pasó al año de 1778 en Alemania con otros avances y aportaciones a la atención de las personas sordas, hasta el segundo congreso internacional sobre la instrucción de sordos en Italia, en el año de 1880.

Habló también de la comprensión de la sordera desde el punto de vista médico y desde el punto de vista social, haciendo hincapié en marcadas diferencia, pues en el primero, obviamente se abordaba como una enfermedad que no tenía cura y en el segundo que ya consideraba que la discapacidad de las personas sordas no estaba en sus limitaciones individuales, sino en las limitaciones impuestas por la sociedad.

En este proceso, explicó, se consideraron tres situaciones que han sido cruciales para la atención a las personas sordas con el lenguaje de señas que nació en Francia y que fue conformando comunidades cuya característica era su propia lengua, pues los hijos sordos de padres sordos, tenían que mejorar sus condiciones de aprendizaje de la lengua oral y/o de una identidad más equilibrada y con menores problemas socio afectivos.

“La lucha por los derechos de las personas sordas, aun cuando inició junto al colectivo de personas con discapacidad, con el tiempo se distanció de él ya que los sordos rechazaron a la discapacidad como una categoría de autodefinición y adoptó la comprensión de la comunidad sorda con una minoría cultural y lingüística”, expresó.

La investigadora habló de los resultados de algunos estudios que concluyeron que los sordos no integran ninguna minoría ya que como colectivo buscan la institucionalización del caso, aun cuando sí es una minoría lingüística que cuenta con una lengua propia cultural desde una visión sociológica y no identifica una experiencia compartida vinculada a la subordinación y vulnerabilidad.

Se consideró en un tiempo que era un grupo minoritario con tendencia a desaparecer, con tendencia al exterminio, por la cultura que se adoptó, de acuerdo a los avances tecnológicos, y que propició que se colocara el implante coclear, que, en un principio era para adultos y a partir del año 2000 se ‘recomendó’ colocarlos a todos los niños a partir de los 12 meses de edad cumpliendo ciertos requisitos.

La comunidad mostró oposición a los implantes considerando que es una práctica ideológica, política y éticamente incorrecta, considerando que, con mucha frecuencia, el nacimiento de un bebé sordo, hijo de padres sordos, lo celebraban con júbilo en la comunidad y son los seres más valorados y respetados en su línea genealógica a pesar de saber que tendrán una historia de rechazo y marginación, situación que les preocupa para su futuro inmediato y mediato.

De tal forma que considero que los sordos construyen su identidad en oposición a lo que les han hecho notar intencionalmente y en esta posición, se evidencian dos perspectivas: los oyentes resaltan los dos y en los sordos lo sociocultural es inevitable.

“Los oyentes se enfocan en lo que el sordo no puede oír y no sólo los ven en su condición además de que los oyentes suelen pesar la noción de discapacidad como una postura vinculada a la cultura occidental que maneja ciertos patrones de normalidad en algunas comunidades y en otras culturas no existe una distinción tan acentuada”, añadió.

Beatriz Espinoza

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