Hemos pasado de una época en donde se priorizaban al progreso y la modernización a la sensación de vivir en un mundo constantemente inestable
Nacimos en tiempos de la Guerra Fría, en plena rivalidad ideológica entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, cuando la Organización de las Naciones Unidas se erigía como un foro plural y respetado por todos sus miembros. En una época de acuerdos internacionales enfocados a proteger el planeta, a erradicar el hambre, la pobreza, el analfabetismo. Vivimos la caída del Muro de Berlín, lo que trajo consigo la esperanza de un mundo más cercano.
El escenario internacional y sus líderes exigían el cumplimiento de rigurozos códigos. La globalización económica y sus alianzas estratégicas, a través de tratados de libre comercio y la creación de la Unión Europea, hacían imperativo no quedar fuera de la feroz competencia económica global. Estas alianzas también ofrecían nuevas oportunidades para los países en desarrollo. México lo entendió y se preparó para estar a la altura de estas exigencias. Fuimos testigos de su transformación y se pasó de ser un país de partido único a ofrecer garantías de apertura democrática y alternancia en el poder. Los tratados de Libre Comercio con América del Norte y la Unión Europea, demandaban, además, certeza jurídica y la creación de organismos autónomos, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y así se hizo.
En esos tiempos, se respetaban acuerdos y líderes. Se pensaba en el progreso y la modernización. La educación se consideraba una herramienta fundamental para estar a la altura del mundo globalizado. Buscábamos oportunidades de capacitación, posgrados internacionales, tener acceso a estudios de vanguardia, estar preparados para las exigecias de un mundo interdependiente, nos ilusionaba la idea de ser parte de una economía de primer mundo, ser parte de la OCDE y participar en foros internacionales como el G20. Las cosas no se veían mal. Al contrario, existía una sensación de prosperidad, o al menos, la ilusión de ella.
La globalización trajo consigo también, la revolución de las telecomunicaciones, la llegada del internet y el avance de las nuevas tecnologías. Teóricamente, el mundo se volvía más «cercano». Pero el karma nos alcanzó, para mi gusto, demasiado pronto. Los ataques terroristas en Nueva York y Washington en 2001 estremecieron al mundo, abriéndonos los ojos a una nueva realidad, esa que no habíamos querido ver en su totalidad, ahora se nos obligó a verla en todas sus dimensiones. La «occidentalización» dejaba de lado y había dañado a muchas culturas y sociedades. Comenzaba una nueva guerra. La aldea global demandaba respeto en todos sus rincones.
Este conflicto no era nuevo, solo había sido ignorado y pisoteado por las grandes potencias mundiales. Los intereses económicos de Occidente en la región de Oriente, medio y extremo, no tomaron en cuenta a sus habitantes, culturas, religiones y creencias. La guerra contra el terrorismo agudizó la discriminación y el radicalismo a nivel global, despertando tanto a los extremistas como a quienes veían injustas esas medidas. El racismo en el mundo se volvió más que evidente.
El principio que nos había mantenido centrados se desvió y la sociedad comenzó a ver su existencia con mucha más claridad: dividida, diversa, fragmentada, descuidada e ignorada. La complejidad de la realidad mundial superaba los estatutos tradicionales que se habían establecido para la convivencia pacífica. Se abrieron espacios para la radicalización, el racismo, la justificación del terrorismo, así como de la guerra en su contra, tanto dentro como fuera de fronteras y zonas en conflico. La sociedad sobrecomunicada se manifestaba de diversas formas y exigía atención. Los líderes de Occidente se perdieron en sus propios desaciertos. Y sí, el mundo, como lo conocíamos, ya no era el mismo.
Esa sensación de inestabilidad comenzó a expandirse por todo el planeta. Las reglas habían cambiado, y a gobiernos, sociedades, especialistas y estudiosos se les urgía una evolución y modernización rápidas y aterrizados en esta otra realidad. Los paradigmas políticos que hasta entonces parecían sólidos se habían debilitado. El capitalismo, el socialismo, el neoliberalismo, la socialdemocracia, la tercera vía, y sus críticos, ya no parecían ofrecer respuestas claras.
En este inédito escenario global, movimientos radicales de derecha e izquierda extremas, empezaron a florecer. Aquellos sentimientos que hasta entonces parecían contenidos, se vieron estimulados por las circunstancias y no perdieron la oportunidad de resurgir con fuerza. Los gobiernos autócratas que se habían sentido debilitados y casi extintos en América Latina, comenzaron a recuperar poder. La democracia y los esfuerzos por construirla y mantenerla, se vieron amenazados y en peligro. Esa joven democracia que nuestra generación vio nacer en México, la que aprendimos a valorar y de la cual muchos nos sentíamos orgullosos, también comenzó a infectarse y corromperse. Y esto, es sólo el principio.

Vanessa Medina Armienta
Especialista en políticas públicas, con más de 26 años de experiencia en el sector público y en organismos internacionales. Su trayectoria abarca la regulación, la educación superior y el diseño de proyectos estratégicos, con trabajo en los sectores bancario y legislativo. Es fundadora de Campus Consulting, donde impulsa estrategias para la transformación de la educación superior y el uso responsable de la inteligencia artificial en universidades. Es Licenciada en Relaciones Internacionales por la UNAM y cuenta con una Maestría por la Universidad de Nottingham, Reino Unido.
- Vanessa Medina Armienta
- Vanessa Medina Armienta
- Vanessa Medina Armienta
- Vanessa Medina Armienta