En un viaje relámpago a Barcelona a mediados del 2022, poco después de celebrar los cincuenta años de nuestro entrañable hermano Armando G. Tejeda en Madrid, nos encontramos de frente un día con el Antiguo Hospital de la Santa Cruz, hermosísimo edificio gótico del siglo XV. Nuestro culto y enterado amigo Miguel Ángel Merodio nos reveló entonces, entre otros detalles finos, que allí había muerto el célebre arquitecto Antoni Gaudí (Reus, 1852-Barcelona, 1926), a quien por su aspecto habían confundido con un pordiosero y allí lo habían llevado, tras ser atropellado por un tranvía que transitaba por la Gran Vía de las Cortes Catalanas. Coincidencias del destino que nunca acaba de develar sus ropajes; nos vino entonces a la mente el similar y no menos trágico y absurdo deceso del notable cineasta griego Theo Angelopoulos en su natal Atenas, casi un siglo después y, por cierto, más o menos a la misma edad, en su caso atropellado por un lunático motociclista.
Volviendo al ahora conmemorado gran artista catalán, titán del modernismo y figura emblemática de la arquitectura mundial, Gaudí no solo transformó el paisaje urbano de una gran ciudad donde sus magistrales obras son ya rasgos distintivos de su fisonomía, sino que también dejó una huella indeleble en la historia del arte en general. Su obra, caracterizada por la creatividad desbordante y un profundo respeto por la naturaleza, se eleva grandiosa como signo inequívoco del poder de la imaginación y la búsqueda incesante de la originalidad. Tradición y originalidad, escribió el gran poeta matritense Pedro Salinas al estudiar la vida y la obra de su coterráneo Jorge Manrique, el autor prerrenacentista de ese gran poemario de honda pena que es /i>Coplas a la muerte de su padre.
Al igual que su contemporáneo Gustav Mahler en el terreno de la música, el gran Gaudí, desde sus años formativos en Reus, demostró una fascinación por la naturaleza que aprendería a traducir en sus grandes creaciones arquitectónicas. La conexión íntima que estableció con su entorno natural lo llevó a desarrollar un enfoque distintivo que desafiaba las convenciones de su época, conforme volvía la vista al pasado y trazaba un nuevo camino hacia el futuro. Este vínculo no solo influyó en su tan personal como inconfundible estilo, sino que también cimentó sus creencias sobre la arquitectura, que él definía como un arte que debía imitar y respetar los patrones de la naturaleza, tan deslumbrante como inagotable en sus revelaciones. La célebre afirmación “La originalidad consiste en volver al origen” se erige como el mantra que guía e impulsa su gran legado.
La llegada a Barcelona en 1870 marcó el inicio de una carrera que, a pesar de su irregularidad académica, pronto se vería fulgurante. Las palabras de su director en la Escuela de Arquitectura, que lo tildaron de “loco genial”, presagian y a la vez reflejan la dualidad que el propio Gaudí personificó a lo largo de su vida. Su legado diverge de las tendencias arquitectónicas de su tiempo; no busca la perfección en la imitación, sino en la innovación, que en sus propias palabras consiste en reconocer y potenciar aquello que pasa inadvertido al común denominador de las personas. Al abrir su propio despacho, Gaudí comenzó a concretar su visión singular en obras que hoy son consideradas verdaderas joyas del patrimonio mundial.
La relación con Eusebi Güell, su mentor y mecenas, fue un punto de inflexión crucial en su carrera. Esta conexión no se limitó a un mero trámite comercial, sino que forjó un lazo de admiración que permitió a Gaudí experimentar esencialmente y sin preocupaciones su inagotable creatividad. Las numerosas obras que surgieron de esta colaboración, como el Park Güell y la Cripta de la Colònia Güell, son testimonio de cómo la amistad y el apoyo pueden nutrir el arte más allá de sus límites convencionales, porque la amistad, decía Montaigne, es una corriente que no cesa en su generosa apertura sin más ataduras que la admiración y el respeto mutuos. En este sentido, la amistad es dádiva sin freno, sin exigencias.
A medida que se adentraba en su madurez, la figura de Gaudí se tornó más introspectiva, convirtiéndose en un verdadero eremita de la creación arquitectónica. La Sagrada Família —su obra maestra por excelencia— se convirtió en el centro de su universo creativo y religioso, en su inacabada búsqueda del infinito. Y en esta búsqueda de lo divino, mucho más allá de cuanto pueda representar en el oficio cotidiano y hasta repetido de la religiosidad (aquí hay un vínculo innegable con la obra de nuestro admirado Luis Barragán), Gaudí dio forma a una catedral que no solo busca alcanzar el cielo ––el impulso vital del gran arte gótico medieval––, sino que se entrelaza con la espiritualidad y la cultura del pueblo catalán. Esta obra, aún inacabada, se erige como un símbolo de su devoción y su compromiso artísticos.
La trágica muerte de Gaudí dejó un vacío que solo ha crecido en las décadas posteriores. La atención y el respeto mostrados por los barceloneses en su funeral no solo demuestran su relevancia en vida, sino que también anticipan su estatus eterno como uno de los arquitectos más influyentes de la historia. En sus obras, el eco de su imaginación sigue vivo, recordándonos la importancia de soñar, de explorar y de crear sin límites. Si bien muchos de sus otros grandes encargos y creaciones no pasaron del papel, del diseño y el trazo, del esbozo, la Casa Batlló, la Casa Milà y La Pedrera contribuyen a definir la honda y compleja poética de un genial artista para quien no había límites ni impedimentos.
Así, a un siglo de su muerte, la figura de Antoni Gaudí se mantiene no solo como la de un arquitecto singular, único, sino como la de un ícono de la creatividad humana. Sus obras continúan inspirando a nuevas generaciones de artistas, arquitectos y soñadores, quienes encuentran en los inagotables recovecos de su imaginación un legado que trasciende el tiempo y el espacio donde surgieron y se desarrollaron. La reflexión sobre su vida y sobre su obra, de las que se han escrito a cántaros, a raudales, nos invita a considerar no solo la forma en que concebimos el arte y la arquitectura, sino también el mundo natural que nos rodea, siempre en busca de un equilibrio y una belleza que nos conecten con nuestras raíces más profundas.

Mario Saavedra
- Mario Saavedra
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