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El gozo de la lectura, censurado en la SEP

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Leer con placer engrandece nuestro amor por el conocimiento sin necesitar un fin o ideología

En la promoción de la lectura, en México, con excepción del Programa Nacional de Salas de Lectura, todo iba más o menos mal hasta que llegó lo peor. Hubo incluso un tiempo en que, desde la Secretaría de Educación Pública (SEP), se instruyó a los profesores y a los padres de familia para que cronometraran en los alumnos la velocidad y el número de palabras leídas por minuto. Esto y los veinte minutos diarios de lectura, como si fueran de sentadillas, son parte de las ocurrencias de funcionarios en turno carentes de nociones pedagógicas y de amor por los libros. Tonterías las ha habido a montones, según sean los improvisados que llegan a los medianos y altos puestos de las instituciones educativas y culturales.

¿Qué había en la promoción de la lectura, en la administración pública de México, antes de que llegara lo peor? Programas y campañas en las nubes, y proclamas y eslóganes cursis, reveladores de la ignorancia supina sobre el arte y el gusto de leer, y ñoñez demagógica en abundancia (“si lees un libro, te vuelves bueno”, “alguien que lee, no delinque”, “leer un buen libro a tiempo te salva de ser narco”, etcétera), como si todos los lectores fuéramos bobos, como si todo consistiera en decir y escribir “¡qué lindo es leer!” y los ciudadanos acudieran en masa a abarrotar las librerías y las bibliotecas. Eso había.

Y en esas estábamos cuando nos cayó el chahuistle. Y lo que antes era “divertido”, según el término más usual (aunque equívoco), se convirtió en moralina ideológica y catecismo social. Soplaron los “vientos del pueblo” y leer pasó a ser tarea de “reconstrucción nacional” bajo declaradas directrices cheguevaristas. Lo penúltimo, ya que seguramente no lo último, es una más del funcionario de la SEP y declarante de guerrillas Marx Arriaga, director general de Medios Educativos, quien aseguró que el gobierno, con la Estrategia Nacional de Lectura, “asume este ejercicio [el acto de la lectura] como algo que fomenta las relaciones sociales en donde no se trata de un acto individualista de goce, sino un análisis profundo sobre las semejanzas y diferencias con los demás, [y así] se estará formando a sujetos críticos que busquen la emancipación de sus pueblos”. Y para que se vea su convicción, no deja pasar la oportunidad para loar el “proyecto amplio que forma parte de toda la labor que realiza el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador para formar mexicanos pensantes, inteligentes y que cuestionen su realidad”. Si el amor a la lectura sólo puede ser transmitido por alguien que ame los libros, formar mexicanos pensantes e inteligente que cuestionen su realidad exige formadores ad hoc. Como Arriaga.

Nos cayó encima “la escuela del resentimiento” (excelentemente definida por Harold Bloom): gente que ha ido a la universidad y que, por mera suposición, creemos que ama los libros, cuando en realidad los aborrece en tanto no tengan un uso instrumental. Su dogma es: no se debe leer sin un propósito social. En esa escuela se inscriben los pregoneros de ideologías pseudomarxistas que censuran el placer en general y el particular goce de leer como “acto de consumo capitalista” y “experiencia burguesa”: tiesos antropólogos, sociólogos o filólogos que leen únicamente con un fin social. Esto me recuerda mis ya muy lejanos años preparatorianos, cuando hasta bañarse era hábito burgués y revisionista.

En su libro Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, la especialista francesa Michèle Petit advierte: “Para transmitir amor por la lectura, y en particular por la lectura literaria, es preciso haberlo experimentado. En nuestros ámbitos familiarizados con los libros, podríamos suponer que ese gusto es algo natural. Sin embargo, entre los bibliotecarios, los docentes y los investigadores, o en el medio editorial, muchos son los que no leen, o que se limitan a un marco profesional estrecho, o a un determinado género de obras. Y en esos ambientes, entre quienes aman la lectura, hay muchos que se ocultan, por temor al qué dirán. Parece increíble, pero algunos docentes, por ejemplo, me han dicho que cuando entran a la sala de profesores disimulan el libro que están leyendo, o el diario Le Monde, por temor a que los tilden de esnobs, o de ‘intelectuales’, y exponerse así al rechazo de sus colegas”. Exponerse, por ejemplo, al rechazo del imán Marx Arriaga.

Condenar el placer es condenar la cultura. A decir de Proust, “la lectura es para nosotros una iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en el fondo de nosotros mismos la puerta de lugares a los cuales no hubiéramos sabido entrar”. ¿Y cuáles son estas llaves mágicas proustianas? El placer, el goce, el deleite. Quien condena el goce pretende cercenar en los demás lo que él no tiene: empatía y sensibilidad y una mínima noción de sensualidad.

En un documento autobiográfico, Abimael Guzmán, el delirante terrorista que fundó y encabezó Sendero Luminoso y asesinó, por motivos ideológicos, a más de 12,000 personas en Perú, expone: “No sólo estudiaba los cursos escolares; como mis hermanos, considerable tiempo invertí en lecturas de libros de todo tipo, especialmente obras clásicas y novelas que intensamente discutíamos; así la insuperable Ilíada, el imperecedero Don Quijote; biografías de S. Zweig y E. Ludwig; y uno que originó ardoroso debate, La hora veinticinco de Virgil Gheorghiu, para no hacer larga la lista”. Pueden ver los lectores que no dice que haya disfrutado libro alguno, sino que los leyó para discutirlos intensamente y debatirlos ardorosamente. Admitir un gozo que no fuese el de asesinar le hubiera parecido reprobable.

Quienes condenan el placer de la lectura, suelen censurar también otros placeres. Más que ascéticos son frígidos y son presa de los síntomas que anuncian algún grado de ciega obstinación. En su Diccionario filosófico, Fernando Savater revela los síntomas más comunes que aparecen en sus personalidades: “Espíritu de seriedad, sentirse poseído por una alta misión, miedo a los otros acompañado de loco afán de gustar a todos, impaciencia ante la realidad, mayor respeto a los “títulos académicos que a la sensatez o fuerza racional de los argumentos expuestos, olvido de los límites y tendencia al vértigo intoxicador”.

Los militantes de la escuela del resentimiento ideológico creen que los escritores escriben y publican libros únicamente para que los investigadores los “interpreten” en las universidades y para que los profesores den clases y apliquen exámenes. Disfrutar con un libro es, para ellos, como disfrutar con la comida, la bebida, los viajes, los paisajes, la conversación, la música, la mirada extática ante una pintura o una escultura, en fin, el arrobo ante la belleza. No se lo permiten, porque, para ellos, la sensualidad es un pecado burgués y esta chatura de su sensibilidad les impide experimentar el goce. El único regodeo que se permiten, parecido al solaz, es el del rechazo furibundo a quienes no siguen su doctrina.

Aunque estos fanáticos no lo sepan, hay toda una estética de la lectura, hay toda una erótica de la cultura, el conocimiento y el saber: el placer y el hedonismo han movido y mejorado el mundo, mucho más que las tristes ideologías que alientan el odio hacia los demás. Quienes no gozan con el conocimiento en una sociedad abierta, como la defendida por Popper, pregonan invariablemente prohibiciones y censuras. “Moral de los tristes, triste moral”, dice André Compte-Sponville. Agreguemos: moral de los fanáticos, repulsiva moral.

Los lectores gozan la perdición de la lectura y son libres y libertarios, como bien los definió Savater, no fundamentalistas que descalifican el placer de leer, y que no sólo lo descalifican, ¡lo censuran y lo combaten! Por ello, es hora de preguntarle a la titular de la SEP si la que manifiesta ardorosamente el Camarada Arriaga es la pedagogía oficial de la lectura en esa secretaría. Para saber qué tan profundo es el abismo al que han caído los niños.

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones | Web |  + posts

Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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