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De Pynchon a Anderson: Una batalla tras otra

Paul Thomas Anderson nos presenta una metáfora de la relación contemporánea entre los que están adentro y afuera del sistema

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La novela Vineland sirve solamente como un punto de partida para el filme.

Las adaptaciones cinematográficas de obras literarias emblemáticas siempre han sido objeto de debate, entre otras razones porque las más de las veces no se logra atrapar la esencia del original, o en el mejor de los casos, tratándose de lenguajes diferentes, el producto final resulta siendo otra cosa muy distinta. Este es el caso del más reciente largometraje Una batalla tras otra (Estados Unidos, 2025) del realizador californiano Paul Thomas Anderson, quien, si bien consigue adentrarse con talento en el universo bizarro de su compatriota Thomas Pynchon (Nueva York, 1937), en otro homenaje más a uno de sus autores de culto, la esencia de su novela Vineland (1990) sirve en realidad de trasfondo para construir una personal distopía crítica sobre las realidades sociales y políticas en los Estados Unidos actuales.

En derredor de una novela más que vigente de frente a un mundo marcado por toda clase de contradicciones, de atavismos recrudecidos (racismo, xenofobia, fanatismo, radicalismos extremos, migración, etcétera), Anderson consigue con su notable cinta subrayar la maestría de un narrador capaz de construir complejos y laberínticos andamiajes que, a manera de espejo cóncavo —recordemos el “esperpento” de Valle-Inclán—, reflejan un mundo dominado por la paranoia y el absurdo, por la demagogia y el ridículo. Fiel a su estilo, que se hizo notar desde esa sorprendente gran revelación de un realizador todavía veinteañero cuando hizo en los noventa Boogie Nights, su reciente Una batalla tras otra ofrece una no menos escalofriante mezcla de thriller y comedia satírica que bien pone el dedo en la llaga ante un mundo dominado por la confusión y el caos. Así, su lectura del ya clásico de Pynchon se hace no solo necesaria, sino obligada, porque, como dice el mismo Anderson, está plagado de “referencias políticas y sociales que nos resultan dolorosamente familiares”.

El viaje de Bob y su hija Willa, personajes a la vez entrañables y caóticos, se convierte en una metáfora de la relación contemporánea entre los que están adentro y afuera del sistema, entre el establishment y el mundo común y corriente. Bob, interpretado magistralmente por Leonardo DiCaprio, personifica la lucha interna entre el idealismo revolucionario y sus deseos más personales, entre el querer cambiar las cosas y no tener los medios ni saber cómo hacerlo, por lo que cuanto anhela resulta meramente utópico. El amor paterno es el motor de su accionar, pero también revela el desencanto que impregna su historia, su disidencia sin sentido y sin proyecto, su angustiosa amargura. Willa, por su parte, es un símbolo de la nueva generación que hereda no solo los ideales de sus predecesores (su madre, que por algo se nombra “Perfidia” Beverly Hills, como el famoso bolero mexicano de Alberto Domínguez Borrás, se la traga la tierra y desaparece del mapa), sino también sus fracasos y sus contradicciones, sus miedos y sus personales atavismos. Esta dinámica familiar se convierte en un espejo de la lucha más amplia contra un sistema opresor, donde el amor no es suficiente y la revolución se siente distante y fracasada, porque los más de los ensayos históricos nos han probado que igual se corrompen y pierden el rumbo. En este contexto, parecieran ya solo caber el desencanto y el nihilismo.

Anderson utiliza la figura del villano, el Coronel Lockjaw, en otra soberbia actuación más de Sean Penn, como representación de las fuerzas autoritarias del presente, también dominadas por la corrupción y el cinismo, y que si igual llegaran a convertirse en un peligro para el sistema, bien pueden ser erradicadas y sustituidas. Su obsesión por la pureza racial y su deseo de controlar lo que no comprende son aspectos que resuenan en el discurso político contemporáneo, tan actual como cotidiano, tan repetido como gastado. A través de su antagonismo, la película plantea preguntas pertinentes sobre el papel de la violencia, la lucha por la identidad y la búsqueda de la verdad en un mundo saturado de desinformación y donde prevalece la ignorancia. En este sentido, como la propia novela de Thomas Pynchon, no creo que encuentre eco en un público muy amplio.

La banda sonora de Jonny Greenwood actúa como una narrativa paralela, intensificando las emociones y tensiones presentes en la historia. Esto es fundamental en el cine de Anderson, donde la música no es un accesorio, sino más bien un personaje que dialoga con la trama, ahondando en la psicología de los personajes y en el ambiente de la época, como en la citada Boogie Nights de 1997, o en su siguiente Magnolia de 1999, o en Petróleo sangriento de 2007, El maestro de 2012, El hilo fantasma de 2017, o la más ligera Licorice Pizza de 2021, las más con extraordinarios repartos de probados actores a los cuales suele ser fiel, como el desaparecido Philip Seymour Hoffman. Así, el espectador es guiado a través de una experiencia inmersiva que, si bien puede resultar desconcertante, invita a una reflexión profunda sobre las estructuras de poder y resistencia, de opresión y exilio. Otro tanto hacen aquí los no menos compenetrados y espléndidos trabajos de fotografía y montaje de Michael Bauman y Andy Jurgensen, respectivamente.

A contracorriente, Una batalla tras otra es una de esas películas (me viene a la mente, entre otros títulos, no sé por qué, ¡No mires arriba!, de Adam McKay, protagonizada también por DiCaprio, dentro de un no menos extraordinario reparto) identificadas por el absurdo y la seriedad, por cierto presentes, como signos distintivos, tanto en la literatura de Pynchon como en el cine de Anderson. Reinterpretación crítica que conecta el pasado con el presente, ofreciendo una mirada a veces esperanzadora y otras desencantada sobre la condición humana y sus luchas colectivas. La relevancia de esta obra de madurez de Paul Thomas Anderson se encuentra no solo en su forma artística, por donde se le vea (es también un extraordinario director de actores), sino también en su capacidad para inspirar diálogos significativos sobre la propia condición humana y el mundo contemporáneo. Completan el reparto, todos en casting y excelentes en sus respectivas partes, un Benicio del Toro que es siempre una garantía, la joven Chase Infiniti en su revelación ya dentro de las grandes ligas, la multifacética Teyana Taylor sin desmerecer para nada en su difícil y complejo rol de Perfidia Beverly Hills, dentro de una nutrida nómina donde todos están a la altura de las circunstancias. Una de esas películas de autor, de época, para verla varias veces…

Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor | Web |  + posts

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