Sus amigos notaron su ensimismamiento y él, sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor, miraba y volvía a mirar el tablero de avisos intentando arrancar la verdad detrás de los interminables algoritmos escritos en este —¡Charles!, ¿qué ves, qué buscas… qué sueñas?—, le preguntó intrigado uno de sus compañeros y amigo. Todo ello sucedía a inicios del siglo XIX en una reunión de jóvenes matemáticos realizada en la Universidad, en el Reino Unido.
Charles reaccionó señalando los números impresos y respondió con un destello de visión insólita— “todas esas tablas que usamos los matemáticos, las podría calcular una máquina” (Coello Coello, 2025). Aquella ocurrencia, expresada hacia 1812, plantó la semilla de una idea revolucionaria. Sin saberlo, aquél joven acababa de imaginar el principio de las computadoras un siglo antes de que existiera la primera.
Hoy, Charles Babbage (1791-1871) es considerado por muchos el padre de la computación moderna. Sin embargo, en la época victoriana que vivió, sus inventos se adelantaron tanto a su tiempo que nunca logró construirlos completamente. Paradójicamente, su fama póstuma proviene de esas máquinas jamás realizadas. Como lo describió el Dr. Carlos A. Coello Coello, miembro de El Colegio Nacional de México, Babbage fue “un personaje… de la era victoriana, peculiar, bastante sui géneris, famoso por su mal carácter, iracundo y algo extravagante… pero realmente fascinante” (Coello Coello, 2025). Dentro del mundo de la computación su nombre es legendario, aunque fuera de él sigue siendo relativamente desconocido para el público general.
Estas líneas no hacen otra cosa que explorar la vida y legado de Charles Babbage, desde su contexto histórico y sueños visionarios, pasando por su colaboración con Ada Lovelace, hasta las excentricidades y obstáculos que marcaron su camino. Al conocer su historia —con el indeleble sello del genio matemático, máquinas imposibles y coqueteos con lo sobrenatural— es posible acercarse a comprender por qué Babbage fue un adelantado a su tiempo y qué le debemos hoy en día.
Nació en Inglaterra en 1791, en el seno de una familia acomodada de la época de la Revolución Industrial. Fue un niño de salud frágil que pasó buena parte de su infancia educado por tutores privados y bajo el cuidado de un clérigo, lejos de la escuela formal. Desde pequeño mostraba una curiosidad inusual: era de esos niños que desarmaba relojes y aparatos para investigar sus mecanismos internos. Aquella mezcla de curiosidad innata y privilegio educativo sentó las bases para su futuro como inventor.
Sociedad analítica
A los 18 años ingresó a la Universidad de Cambridge (hacia 1810) y descubrió con frustración que el plan de estudios de matemáticas estaba desfasado, no acorde con los avances recientes llegados de Europa, lo calificaba de anticuado, pues las clases seguían usando métodos del siglo anterior. Babbage, inconforme con esta situación, convenció a dos de sus compañeros —entre ellos el joven John Herschel— de fundar una sociedad analítica. En 1812 crearon esta sociedad con la misión de renovar la enseñanza de las matemáticas, traduciendo y difundiendo ideas modernas, como recueda Coello Coello, “por ejemplo, promoviendo el uso del cálculo desarrollado por Leibniz en lugar de la notación arcaica de Newton”. Esta iniciativa juvenil mostraba ya su espíritu reformador y visionario, pues era evidente que no solo quería aprender, sino revolucionar la manera de hacer ciencia en su entorno.
En ese ambiente intelectual inquieto, Babbage comenzó a gestar sus primeras ideas innovadoras, partiendo de que el error humano en cálculos complejos era un problema serio de la época: las tablas de logaritmos y de navegación que usaban científicos e ingenieros solían contener fallos de cálculo o de impresión. Inspirado por su aversión al desorden y por ejemplos previos como las calculadoras mecánicas de Blaise Pascal, Babbage imaginó que una máquina mecánica podría generar automáticamente estas tablas, eliminando los errores humanos.
En 1822, con apenas 30 años, presentó a la Sociedad Astronómica de Londres un modelo preliminar de su “máquina diferencial” capaz de calcular polinomios y tablas numéricas de forma automática (Agencia SINC, 2010). Aunque ese invento asombró a la comunidad científica, también marcó el inicio de décadas de desafíos para lograr construirlo en la práctica.
Las máquinas visionarias: la Diferencial y la Analítica
La máquina Diferencial fue el primer gran proyecto visionario de Babbage. Consistía en una calculadora mecánica automática diseñada para tabular valores de funciones matemáticas (como polinomios) usando el método de diferencias. En teoría, esta máquina eliminaría el tedio y los errores humanos en la elaboración de tablas científicas. El diseño era ambicioso: unas 25 mil piezas de bronce y acero engranadas, movidas por fuerza de vapor, ocupando el tamaño de una habitación y pesando unas 15 toneladas (Agencia SINC, 2010).
Babbage obtuvo apoyo gubernamental para el proyecto y dedicó años a perfeccionar los planos. Sin embargo, construir un aparato tan complejo resultó extremadamente difícil con la tecnología existente en entre las décadas de 1820 y 1830. Los talleres debían fabricar engranajes con tolerancias finísimas, lo que encareció y retrasó el proyecto. Tras gastar una fortuna y con solo una porción de la máquina construida, el gobierno británico perdió la paciencia y canceló la financiación en el transcurso de la década de 1830. La máquina Diferencial quedó inconclusa, convirtiéndose en el gran what if… de la ciencia decimonónica (Coello Coello, 2025).
Lejos de rendirse, canalizó su desilusión en un diseño aún más ambicioso: la máquina Analítica concebida a partir de 1834. Ésta, según sus proyecciones sería una calculadora universal de propósito general, no limitada a una tarea fija. Tomando inspiración del telar de tarjetas perforadas de Jacquard, Charles Babbage imaginó una máquina que pudiera ser “programada” con tarjetas para realizar cualquier cálculo arbitrario (Fuegi & Francis, 2003).
El concepto de la máquina Analítica se adelantó en al menos un siglo a su tiempo ya que incorporaba una unidad central de procesamiento (un molino mecánico capaz de sumar, restar, multiplicar, etc.), una memoria llamada “almacén” para guardar números, un lector de tarjetas perforadas para la entrada de datos e instrucciones, y un dispositivo de salida que incluiría, incluso, una impresora automática. En otras palabras, diseñó sobre el papel la primera computadora de la historia, anticipando elementos fundamentales de la arquitectura computacional moderna (Swade, 2002).
A pesar de la genialidad del diseño, la máquina Analítica nunca se construyó. Babbage dedicó décadas a refinar planos, inventó métodos para optimizar engranajes y soñó con verlo funcionar algún día. Publicó sus descripciones, incluso viajó a Turín en 1840 para presentar la idea ante científicos europeos, causando asombro en figuras como Ada Lovelace. Pero, nuevamente topó con pared, con una cantidad absurda de obstáculos: costo estimado prohibitivo, y autoridades victorianas reticentes, escarmentadas previamente por el fiasco de la máquina Diferencial que no quisieron invertir en esta “locura futurista”.
Hacia 1850 su incansable trabajo lo absorbía en las mejoras a sus diseños, actividad que realizaba en soledad absoluta, convencido de que su idea, a pesar de saber que el mundo no estaba listo para aceptarla y permitirle realizarla. Solo muchos años después se verificaría cuánto tenía de razón: en 1991, el Museo de Ciencias de Londres logró construir una réplica funcional de su máquina Diferencial No 2, a partir de sus planos originales demostrando, por fin, que aquellas máquinas podían haber funcionado tal como Babbage las concibió (Swade, 2002).
Durante esos tiempos, ya para 1833 conoció a una joven aristócrata de mente brillante que se convertiría en su aliada intelectual más famosa: Augusta Ada Byron, luego conocida como Ada Lovelace tras su matrimonio. Ada, hija del célebre poeta Lord Byron, tenía apenas diecisiete años cuando asistió a una demostración de los prototipos de Babbage y quedó fascinada. Decidida a aprender muchas más matemáticas de las que la sociedad victoriana esperaba de una mujer, entabló una profunda amistad con Babbage. Él la llamaba afectuosamente la “hechicera de los números”, impresionado por su capacidad para comprender los intrincados planos de la máquina Analítica.
La colaboración entre Lovelace y Babbage alcanzó su cumbre 10 años después, en 1843, cuando Ada tradujo del francés al inglés un informe técnico del matemático Luigi Menabrea sobre la aún hipotética máquina Analítica, y añadió unas extensas notas propias que triplicaban en longitud al texto original. En aquellas, publicadas ese mismo año, Lovelace detalló paso a paso cómo la máquina podría calcular una secuencia de números de Bernoulli mediante tarjetas perforadas, esencialmente escribió el primer algoritmo pensado para ser ejecutado por una máquina (Fuegi & Francis, 2003). Este logro le ha valido el reconocimiento póstumo como la primera programadora de la historia.
Más notable aún, Ada Lovelace vislumbró aplicaciones mucho más amplias para la máquina de Babbage, pues, en sus notas sugirió que, si se lograba representar cualquier fenómeno mediante símbolos y reglas, la máquina podría manipularlos, desde resolver complicadas fórmulas científicas hasta componer música.
Ella fue la primer persona en intuir que las computadoras podrían ir más allá del cálculo numérico puro (Fuegi & Francis, 2003). Esta intuición visionaria no fue entendida por muchos contemporáneos, pero el tiempo sería el que le daría la razón. Lamentablemente, Ada falleció joven, a los 36 años en 1852, sin ver ninguna de aquellas máquinas construida. No obstante, su aporte intelectual quedó ligado para siempre a Charles Babbage quien, gracias a ella, la máquina Analítica no cayó en el olvido, y el propio Babbage ganó una aliada que defendió y explicó su proyecto al mundo cuando más lo necesitaba.
Pero, ¿por qué un proyecto tan prometedor como el de Babbage nunca llegó a concretarse en su época? Esa es la verdadera pregunta de fondo y, pues, resulta que la historia revela una combinación de obstáculos: oviamente los tecnológicos, junto con la falta de apoyo sostenido y la propia personalidad del inventor.
Sobre el primero, las propias limitaciones técnicas del siglo XIX jugaron en su contra, pues, construir miles de piezas mecánicas con la precisión requerida era, además de costosísimo, extraordinamente lento e impreciso. Sin duda que la Inglaterra victoriana dominaba la maquinaria de vapor, pero aún no existía la infraestructura de precisión de hoy para fabricar computadoras mecánicas del tamaño que Babbage imaginó. Cada tornillo y engranaje de la máquina Diferencial debía ser hecho a la medida, pero los estándares industriales del momento simplemente no estaban a la altura de sus diseños vanguardistas.
Por otro lado, hubo obstáculos humanos y sociales ya que dependía del mecenazgo gubernamental para financiar sus máquinas, y la paciencia de las autoridades se agotó tras años de gastos sin un prototipo funcional completo. En 1842, cuando intentó nuevamente conseguir fondos, el primer ministro Sir Robert Peel le negó el apoyo económico y a cambio le ofreció un título de caballero honorario — propuesta que Babbage rechazó con desdén (Hyman, 1982).
Este episodio reflejaba la incomprensión oficial: sus contemporáneos en el poder no supieron valorar el potencial de sus ideas. Algunos colegas científicos incluso llegaron a considerarlo un demente por perseguir quimeras mecánicas (Hyman, 1982), y es cierto que Babbage no se esforzaba por disimular su postura heterodoxa. Era un pensador desenfrenadamente liberal en una sociedad hiper conservadora, crítico del establishment académico y poco hábil para la diplomacia personal (Coello Coello, 2025). Su temperamento áspero —impaciente con la estupidez y propenso a las polémicas públicas— tampoco le ganó muchos aliados.
En el plano personal, Babbage enfrentó tragedias que minaron sus fuerzas en momentos clave comoo la pérdida de su padre, en 1827, o la de su esposa Georgiana y dos de sus hijos pequeños en un lapso de pocos meses, golpe devastador del que tardó mucho tiempo en recuperarse (Hyman, 1982). Aun así, se refugió en el trabajo y viajó por Europa para difundir sus ideas y diversificar sus intereses científicos.
Pero hacia mediados del siglo XIX, con la máquina Analítica todavía incompleta y sin financiación en el horizonte, Charles se encontró cada vez más aislado en tanto que la sociedad disfrutaba de los frutos de la Revolución Industrial —ferrocarriles, telégrafos, fábricas— pero no alcanzaba a imaginar la revolución informática que aquel excéntrico proponía. Babbage terminó sus días en 1871 con la frustración de no haber visto ninguna de sus grandes máquinas funcionando, pero sus papeles, diseños y planos, repletos de dibujos de engranajes y números, quedaron como el testimonio silencioso de una idea adelantada a su tiempo.
A pesar de no haber conocido el éxito en vida, Charles Babbage dejó un legado intelectual invaluable que el tiempo finalmente reconoció. Sus diseños pioneros establecieron los principios de la computación mucho antes de la electrónica, de hecho, cuando las primeras computadoras reales se construyeron en el siglo XX (como el Harvard Mark I en 1944 y la ENIAC en 1946), sus creadores miraron hacia atrás y se dieron cuenta de que Babbage había imaginado muchos de esos conceptos fundamentales. El ingeniero Howard Aiken llegó a afirmar que Babbage “vivió 100 años demasiado pronto”, admitiendo que sus propias ideas para la Mark I habían sido precedidas por las máquinas de Babbage. En retrospectiva, se reconoce que si la máquina Analítica se hubiera construido con éxito, la revolución informática se habría adelantado varias generaciones (Swade, 2002).
Hoy en día, Babbage es venerado como un visionario y la ciencia computacional lo ubica junto a nombres como Alan Turing o John von Neumann en la genealogía de la disciplina, aunque él operó en un mundo de ruedas dentadas y vapor. Instituciones y homenajes llevan su nombre: por ejemplo, el “Charles Babbage” Institute en Minnesota, dedicado a la historia de la computación, y el cráter lunar Babbage en la cara norte de la Luna (Coello Coello, 2025).
Su máquina Diferencial adorna el Museo de Ciencias de Londres asombrando a las nuevas generaciones que contemplan esa calculadora gigante de latón funcionando sin electricidad. Cada vez que usamos una computadora moderna, ahora mismo si es ques estás leyendo estas líneas en tu computador, en cierto modo estamos poniendo en práctica las ideas que germinaron en la mente de Babbage. La separación entre el procesador y la memoria, el uso de algoritmos programados, la impresión automática de resultados — todos son conceptos cotidianos hoy que Charles Babbage articuló en las primeras tres décadas del siglo XIX, por lo que su genio radica en haber imaginado la era digital con las herramientas de la era industrial y analógica.
Susideas than trascendido el tiempo y su época, aunque sus máquinas no cobraron vida sino hasta mucho después, los principios que él estableció son los cimientos sobre los que se erigió la computación moderna y permitió, por ejemplo, la llegada del hombre a la luna, por lo que comprender la esencia de su aporte, nos permite apreciar cuán adelantado estuvo a su tiempo y cuán profunda es su huella en la tecnología actual.
Su vida nos ofrece facetas pintorescas que complementan su faceta de matemático serio y que pocos cncoen, por ejemplo, tenía una fascinación por lo sobrenatural bastante inusual para un hombre de ciencia. En su juventud se obsesionó con la idea de invocar espíritus: intentó rituales para “tocar al demonio” en al menos un par de ocasiones durante sus años de estudiante, y quedó muy decepcionado cuando ningún ente infernal se le apareció (Babbage, 1864).
En contraste con esas aficiones ocultistas, también era enérgicamente racional en su vida cotidiana al punto de provocar la exasperación de sus vecinos. Detestaba el ruido y algunos tipos de música que consideraba “vulgar”. De hecho, libró una célebre guerra contra los organilleros de Londres por el constante sonido de estos músicos callejeros bajo su ventana. Emprendió una campaña para prohibirlos legalmente y aquellos se vengaron organizándose para tocar con más volumen frente a su casa cada vez que podían, enloqueciendo al inventor (Hyman, 1982).
De ahí que las memorias de la ciudad victoriana lo pinten como un excéntrico cascarrabias que perseguía violinistas y organilleros ambulantes, una imagen casi cómica del genio enfurecido porque no lo dejaban concentrarse.
Pero no vivía sólo de números y disputas, también ponía su mente a trabajar en problemas prácticos de su entorno. Un caso notable ocurrió en una inauguración ferroviaria: mientras presenciaba orgulloso el avance de la ingeniería de trenes, notó algunos riesgos en las vías y espontáneamente sugirió a los directivos varias mejoras de seguridad para prevenir accidentes.
Sus ideas fueron tan atinadas que la empresa ferroviaria lo contrató como consultor durante cinco meses y entre las innovaciones que propuso destaca el armazón delantero para las locomotoras que apartara obstáculos del riel —lo que hoy conocemos como el apartavacas o paragolpes de los trenes—, así como mecanismos para desacoplar vagones en caso de descarrilamiento (Babbage, 1864).
Abordaba así temas muy diversos, lo mismo diseñaba un sistema de códigos para evitar choques ferroviarios que analizaba la economía de las fábricas o descifraba mensajes secretos (fue pionero en romper cierto cifrado por sustitución que luego se llamaría “cifra de Vigenère”). Su mente inquieta saltaba de una idea a otra, siempre con afán de mejorar el mundo que le rodeaba, ya fuera mediante inventos o combatiendo aquello que le molestaba.
De esa personalidad polifacética quedan numerosas anécdotas, por ejemplo, se cuenta que recibía invitados en su casa los sábados por la noche para mostrar sus autómatas y experimentos, combinando tertulia social con demostraciones científicas. Gustaba de resolver rompecabezas matemáticos como entretenimiento y, pese a su fama de malhumorado, también era un irónico consumado. En una ocasión, ante la pregunta burocrática de cuántos organilleros había molestado él personalmente, Babbage respondió con exactitud pedante: “he ahuyentado a 164 músicos durante un periodo de 80 días, promediando 2,05 organilleros por día” —un ejemplo de su irreverencia matemática aplicada a la vida cotidiana (Moseley, 1964).
Sin duda fue un personaje único, un genio nacido mucho antes de tiempo, con pasiones que iban de lo científico a lo estrafalario y son pecisamente esas historias que humanizan al “padre de la computación” y nos permiten imaginar al hombre detrás del mito, a ratos un profesor huraño peleando contra la música callejera, a ratos un soñador invocando fantasmas, y siempre un ingenioso inventor ideando soluciones para todo tipo de problemas.
La historia de Charles Babbage nos invita a reflexionar sobre el destino de las ideas visionarias; su vida fue un recordatorio de que nacer demasiado pronto puede ser tan trágico como no haber tenido la idea en absoluto. Si él hubiese contado con la tecnología o el apoyo necesarios para construir sus máquinas, tal vez la revolución digital habría ocurrido en pleno siglo XIX, cambiando el curso de la historia por lo que cabría preguntarnbos: ¿habríamos tenido computadoras de vapor en la era victoriana, anticipando la era de la información por más de 100 años? Nunca lo sabremos con certeza.
Lo que sí sabemos es que el genio de Babbage no fue vano, sus planos y conceptos sobrevivieron para inspirar a generaciones posteriores y su legado demuestra que las semillas de la innovación pueden permanecer latentes hasta encontrar terreno fértil. En última instancia, Charles Babbage nos enseña el valor de soñar en grande aunque el mundo no esté listo. Sus máquinas imaginarias anticiparon nuestro presente, y con ello, Babbage se ganó un lugar inmortal en la historia de la ciencia y la tecnología. Es un legado que nos recuerda que las ideas adelantadas, tarde o temprano, encuentran su momento para cambiar el mundo.
* Periodista y editor especializado en gestión de la comunicación universitaria; maestro en Liderazgo y Gestión de IES; doctorante en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; miembro de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia y Premio Nacional de Periodismo 2024.
Referencias
• Agencia SINC. (2010, 14 de junio). 1822: Charles Babbage presenta la máquina diferencial en la Royal Astronomical Society de Londres. Servicio de Información y Noticias Científicas.
• Babbage, C. (1864). Passages from the Life of a Philosopher. London: Longman, Green, Longman, Roberts, & Green.
• Coello Coello, C. A. (2025, 2 de abril). Charles Babbage: padre de la computación [Conferencia]. Ciclo «Miedos, mitos y verdades de la computación», El Colegio Nacional, Ciudad de México.
• Fuegi, J., & Francis, J. (2003). Lovelace & Babbage and the creation of the 1843 “notes”. IEEE Annals of the History of Computing, 25(4), 16-26.
• Hyman, A. (1982). Charles Babbage: Pioneer of the Computer. Princeton, NJ: Princeton University Press.
• Moseley, M. (1964). Irascible Genius: The Life of Charles Babbage, Inventor. London: Hutchinson.
• Swade, D. (2002). The Difference Engine: Charles Babbage and the Quest to Build the First Computer. New York: Penguin Books.

Raúl Contreras Zubieta Franco
Premio Nacional de Periodismo 2024 y doctorante en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación (1990-1994).
- Raúl Contreras Zubieta Franco
- Raúl Contreras Zubieta Franco
- Raúl Contreras Zubieta Franco
- Raúl Contreras Zubieta Franco