Conocí al escritor y editor tapatío Oscar Trejo Zaragoza a mediados de la década de los noventa, cuando tuve el privilegio de que publicara mi primer libro en el sello Ágata, Elías Nandino: Poeta de la vida, poeta de la muerte, a escasos años de la muerte del notable poeta coculense de la Generación de los Contemporáneos, con prólogo de nuestro inolvidable dramaurgo y gran maestro veracruzano Hugo Argüelles. Desde entonces hemos mantenido una cálida amistad fortalecida por múltiples pasiones y afectos compartidos, entre ellos la música y el teatro, porque Oscar también ha sido dramaturgo y actor, y por supuesto un no menos sensible melómano. Si bien lo he dejado de ver por varios años, siempre he guardado por él una admiración y un aprecio crecientes, porque sumariamente es un ser humano probo y generoso.
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